La Familia Polla: Los gemelos Dante y Diego a pajas en el baño | Family Dick

Twin Time

Nadie mejor que un hombre para saber de primera mano lo que siente otro cuando se toca la polla, pero si encima tienes un hermano gemelo, la sensación de ser tú el que estás experimentando lo que el otro hace, se incrementa hasta grados extremos. Los morenitos Dante y Diego se llevan jalando las pichas desde que hace un añito les salieron pelos en los huevos, cuando un día estando en el baño, de repente se miraron ahí abajo y vieron que ya eran auténticos hombres.

No tenían reparos en mirarse el uno al otro, llevaban haciéndolo toda la vida. Eran clavaditos como dos gotas de agua en todos los aspectos, pero en el baño se empeñaban en descubrir si alguno de ellos había crecido con el sable más largo. Todavía estaban en edad de crecer, pero de extremidades iban más que sobrados. Largos brazos, piernas largas sosteniendo unos sencillos calzones de color y unos rabos que, ellos aún no lo sabían, todavía les crecerían durante otros dos largos años o más.

En cuanto a carácter sí eran diferentes. Uno de ellos estaba hecho todo un bicho y en cualquier momento su hermano le sorprendía pajeándose la polla. Solía tenerla morcillona desde que se levantaba, se bajaba la goma del calzón con el dedo gordo y se la empezaba a masturbar con amplios movimientos de la mano recorriendo todo el tronco y poniéndosela bien dura.

Su hermano, algo más tímido, se contagiaba de las ganas y al final siempre terminaba pajeándose con él cerca del espejo de los lavabos. Ellos intentaban buscar diferencias, pero cualquier otro chico jamás las vería. El mismo troco largo y gordo, la misma tonalidad, incluso los huevos les colgaban de la misma forma. Lo dicho, clavaditos, como un espejo.

El más locuelo de los dos, quizá por costumbre y por ser más pajillero, era el que terminaba ganando siempre la batalla de aguante. Su hermano se corría el primero, con un gemido apagado para que no le oyeran sus padres, con la lefa resbalando entre sus dedos. Al otro le gustaba gozarla más, retorcerse el pezón, darle ritmo a la paja, resistirse, acumular leche en los huevos. Por eso su corrida final molaba más, porque escupía semen a chorro, calentito y espeso, mojando el piso.

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