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Jordi El Niño Polla, Alberto Blanco y Robin Reid se zumban las almejas y los culitos de cinco chavalas con sus enormes pollas lecheras en la piscina | Reality Kings

Ellas tomaban el sol en bikini mientras ellos jugaban en la piscina. El calorcito y la tranquilidad apacible de aquel rincón de la piscina estaban a punto de hacer que aquel día fuera una buena ocasión para montar una orgía. A los chicos se les estaba poniendo morcillona en las bermudas por debajo del agua, porque había algunas de ellas que marcaban la raja del chochito por la parte baja del bikini. A otras directamente se les veía todo el coño igual que los pezones, porque no les cabían las tetas en la parte de arriba.

Una de las chavalas que estaba más caliente, llamó a filas a Jordi El Niño Polla y pudo descubrir bajándole el bañador por qué le llamaban así. Alberto Blanco, el más super dotado de los tres, se envalentonaba y mostraba su gigantesco pollón duro, larguísimo y firme a las tres tías que estaban en el bordillo. Acudieron como perras en celo hacia su grandísima polla y se la iban pasando como si aquello fuese el juego del cubito de hielo de boca en boca.

Robin Reid se conformaba con la más tetona de todas. Ella se moría por sacarle el rabo mojado del bañador, pero él necesitaba que le enseñase las peras, tocarlas y pesarlas con sus manos. Los tres habían encontrado ya su harén particular de chavalas. Tenían las bermudas por las pantorrillas y sus rabos y huevos empezaban a inundarse de babas refrescantes.

Particularmente la de Jordi estaba preparada para meterse por cualquier hueco a tiro. La tia que se la estaba chupando le estaba dejando tal cantidad de saliva que al chaval le colgaban las hileras de babas por los cojones. Alberto zorreaba dando de comer polla a las tres más guarrillas y la tetona terminaba de descubrir la majestuosidad del enorme rabo de Robin, ligeramente cargando hacia la izquierda, como un buen pollón de macho que era.

El que se adelantó a todos fue Jordi. Era de los tres el más jovencito y el que tenía las hormonas más revolucionadas. Poco le importó que la tiarrona que se la estaba chupando le sacase casi una cabeza y tuviera la abertura del coño bien grande. Tumbó a la chavala en el cesped y la rellenó con su enorme polla. No sería tan alto ni fornido como otros tíos, pero de rabo andaba más que sobrado y pocos podían competir con su dote.

El primer chochito follado a pelo, pero por poco tiempo. Alberto se levantó de la roca en la que estaba sentado disfrutando de la mamada de la rubia de pelo largo. La puso de espaldas pegadita a él, la cogió una pierna y se la elevó con la mano para abrirla y le metió su enorme tranca entre las piernas. Primero le rozó los labios del coño con el cipote y después la metió enterita dentro de ese hueco calentito hecho a medida para él.

A Robin se le insinuaba la tia meneando el culazo delante de él. Estaba tan buena que no pudo resistirse a retirarle la tela del bikini de la raja del culo y se la metió por la puerta trasera. Se aseguró de que al menos esa parte quedaba grabada para la posteridad con su cámara go pro, porque sería un buen material para pajas cuando los tres estuvieran a dos velas, cosa que por suerte no solía ocurrir a menudo.

Acabaron todos retozando sobre el cesped. El que no estaba tumbado disfrutando de la montura y de unas buenas tetazas rebotando delante de sus ojos, se encontraba follando como un perro salvaje encima de su hembra. Tres rabos enormes para cinco coños calientes. Iban pasando de uno a otro como si la piscina se hubiera convertido en un buffet libre, probando el tacto de las almejas de aquí y de allá.

Pronto las almejas les supieron a poco e investigaron, como buenos exploradores, otros terrenos inexplorados. Aquellos cinco agujeros de vicio se convirtieron en diez, poque las tias les dejaron penetrar en sus aventureros culitos. Alberto se lo estaba pasando de vicio. Se agarraba la trompa y propinaba un pollazo al coño, la sacaba mojadita y la metía a la fuerza por el culo de la misma tia. La suavidad con la que el chochito le apresaba la polla contrastaba con lo apretado del agujero de atrás y esa combinación de emociones le volvía loquito.

Las tias se arremolinaban en torno a su rabo. Sabía cómo ponerlas cachondas. A la más jovencita le encantaba las guarradas que le hacía, porque Alberto le cogía el chochete con los dedos, le juntaba los labios y a eso lo llamaba su “hamburguesita“. Habían comenzado la fiesta todos un poco dispersos a su aire, pero ahora estaban dándose calor unos cerca de otros.

Todo lo que había ahí ya era de todos. No había rabo que tuviera dueña ni chavala que tuviera dueño, apenas perduraba el pacto entre caballeros, aunque seguro que si las hubieran preguntado, las chicas hubieran disfrutado de alguna perversión entre ellos. La mayoría del tiempo iban a su aire, follándose el agujero que se les ponía por delante, pero también tenían ese momento entre colegas en que se miraban y pensaban en alguna que otra cerdada.

Los tres se agarraron cada uno a una chaval, las pusieron en fila a cuatro patas y se las zumbaron por detrás al estilo perrito. Esa camaradería les hacía sentirse más unidos. No era como estar en los meaderos de un baño en el que miras a un lado y otro y comparas tu polla con la de otro tio, pero casi. Aquí echaban una ojeada al de al lado y lo que veían era mucho mejor, un buen pitorro duro entrando y saliendo de un agujero, lo que les animaba a ser mejores folladores.

Las chicas empezaron a sentir debilidad por el niño polla. Lo veían tan adorable que se lo camelaron entre tres. Una le chupaba el rabo, la otra le ponía ojitos y la tercera le daba el pecho como si fuera un niño de teta. Era algo que Jordi provocaba en las tias de forma innata y a él le venía de lujo para lo suyo.

Primero en follarse un coñito, Jordi fue también el primero en descargarse las pelotas. Llamó a filas a las tres chavalas, se pajeó sobre sus caras y las regó a todas con su abundante esperma metido con chorrazos a presión. El siguiente en soltar la leche fue Robin, que regreso a por la tetona para donarle todo su semen. Gimió como un machote, colocó la raja de su cipote pegadita a la lengua de la chavala para que no se escapase nada y unos segundos después le estaba depositando toda la lefa calentita encima de la lengua. Se estrujó la polla para darle hasta la última gota y la tia se quedó de rodillas con el semen colgando y cayendo en el cesped.

Antes incluso de que aquella fiesta comenzase, un pajarito les había chivado a las chicas que Alberto era un lanzador de pro y ellas que eran unas buenas cerdacas, querían ver si era cierto. Alberto terminó de follarse a saco a la rubia hasta que le entró el gustillo. Se puso en pie quitándose del cipote una brizna de hierba que también quería fiesta y cuatro de las cinco tias acudieron para ponerse de rodillas frente a su gran polla (la otra estaba magreándose las tetas todavía con el semen de Robin).

La rubia le comió los huevos, él se cascó una paja delante de ellas, expectantes por ver lo que salía de aquel cipote, y tras un gemido de gusto, Alberto retiró la polla hacia atrás para que la rubia dejase de comerle las pelotas y tener otra boca más que alimentar. Una lluvia de potentes lefazos salió a toda hostia de su polla, fostiando las cuatro caritas que cerraban los ojos cuando les golpeaba un buen chorrazo de semen. Hasta nueve disparos potentes de lefa que les dejaron las caras y el pelo inseminados. Pues parece que el pajarito les había dicho la verdad.

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