Siren Santiago se folla sin condón el grandísimo y flipante culazo del guaperas de Miles Fallon | MEN

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Era habitual en los deportistas de élite que cuando tenían que hacer un gran esfuerzo, la polla se les pusiera bien dura. En el caso de Siren Santiago ocurrió por eso y por la falta que le propinaron en pleno partido desde el equipo contrario, tanto que tuvieron que asistirle en mitad del campo en camilla Miles Fallon y su compañero, especializados en cuidados médicos.

Tuvieron que cortar la transmisión y los comentaristas se quedaron sin palabras al ver cómo el jugador tendido en el suelo montaba una tienda de campaña que no dejaba dudas acerca de su virilidad. Lo que nadie supo fue lo que ocurrió de puertas para adentro, pero tú sí lo vas a saber, y es que Siren fingió más de la cuenta el dolor de la falta para quedarse a solas con el camillero. En cuanto el compañero de Miles salió a llamar a los servicios médicos, Siren se incorporó por su propio pie, se bajó los pantalones y le enseñó todo el rabo largo a Miles, que se quedó también con la boca abierta.

Las miraditas en el campo entre los dos habían sido más que evidentes. Miles no paraba de mirarle el culito y el frontal, poniendo esa sonrisa encantadora que tenía en su guapísima y atractiva cara cada vez que veía campanear el rabo de Siren colgando entre sus piernas, sabiendo que no llevaba calzones que apresaran a esa fiera. Ahora le tenía delante, se acababa de quitar la camiseta, mostrando un cuerpo de escándalo, un torso en el que se marcaban milimétricamente unos abdominales perfectos, lamibles, manoseables.

La tenía super tiesa, apuntando hacia arriba. Miles no tuvo que cogerla con la mano para sostenerla y enderezarla antes de llevársela a la boca. Ese pibe ya iba armado. Le encantó chuparle la pirula con una mamada de tornillo. Siren miró hacia abajo y disfrutó de cada segundo en el que Miles le miraba con esos ojazos desde abajo, de cada relamida de lengua, de cada vez que el cabrón se la intentaba colar por la garganta y le dejaba ciego de gusto, gimiendo en alto como si se le fuera a escapar toda la leche de las pelotas.

Definitivamente le molaban los tios como Miles, con ojazos, picarones, con una bonita sonrisa, atractivos, con los biceps y los pectorales bien enfundados en una camiseta donde ya no había espacio para nada más, todo en su sitio. El paramédico se bajó los pantalones y le enseñó su erección. La tenía de tamaño medio, como la de cualquier tio de a pie, pero con lo que no podía compararse ninguno de los otro mortales era con su enorme y flipante culazo.

Dios, qué cosa más bonita. Siren tuvo que agacharse y desplegarlo con sus manos para caer en la cuenta de que era de verdad, de que no era un culo que se había colado en sus sueños más húmedos. No, ese culazo era real y lo estaba tocando. Redondo, algo peludito, más peludo alrededor del ojete. Era un pandero de los que apatecía empotrar una y otra vez hasta dejarse todo dentro.

Inclinado sobre la camilla, le adoró el ojete y ya de paso, como tenía el pito bien duro apoyado sobre el borde de la camilla empujándolo hacia afuera entre sus muslos junto con las pelotas, le hizo la triple comida. A base de lengua, dedo y buen hacer, Siren consiguió que ese tio se abriera para él. Lo tenía ahí a cuatro en la camilla de la habitación, esperando recibir polla.

Qué pedazo de culo, menuda bombona. Cogió bien de lubricante porque lo iba a necesitar, se msajeó con él todo el rabo hasta tenerlo bien engrasado, empoderó las caderas y se lo fue metiendo por todo el ano, poquito a poco. Culo grande y encima con el ojete estrecho, una mezcla explosiva. La sensación de meterla hasta el fondo, notar el apretón de las paredes de ese esfínter rodeando su pene con fuerza, el gemidito de zorra que exhaló Miles, eso no se lo quitaría nadie.

Una vez se acostumbró a estar bien apretado por ahí adentro, empezó a follárselo. Joder, qué culazo, cómo se desplazaban sus nalgas musculosas cada vez que se las zumbaba con las caderas. Ese tio estaba buenísimo, follable a tope. Le quitó la camiseta dejándole completamente desnudo y le hizo volver sobre sus pasos poniéndose nuevamente a cuatro. Se subió con él a la camilla y le cubrió por detrás empotrándole y propinándole un merecido azote con todos los huevos.

Luego se tumbó en la camilla y le dejó cabalgar de espaldas, siempre con ese hermoso culo a la vista, viendo cómo su rabo entraba y salía con todo lujo de detalles. Cuando Miles se dio la vuelta para seguir cabalgando, vino la parte difícil. ¿Se podía sentir aunque fuera un poquito de amor por un tio al que no conocías? Siren llegó a dudar. No sabía si era amor, pero al ver a ese tio encima de él, tragando rabo por el culo, desvalijándoselo cada vez que se sentaba encima, tan entregado, tan atractivo, con esos ojazos y esa sonrisa, le besó y sintió una extraña conexión inexplicable.

Acabó tal y como lo había imaginado desde que urdió toda esa trama de la falta exagerada en el campo. El camillero abierto de piernas y él jodiéndole a pelo. Miles se agarró el rabo, concentró la mirada en todos los puntos del cuerpazo de Siren que más le gustaban y se corrió encima, soltándose los lechotes en el puño, la barriga y el muslo.

Siren se inclinó sobre él para comerle la boca, para devorarle esa sonrisa que tanto le gustaba. Eso es lo que quería ver cuando se corriera, su carita guapa de pillín, cómo le sonreía desde abajo. Unos lefazos totalmente descontrolazos salieron despedidos por todas partes, cada vez con más potencia. El primero directo al bigote, el segundo con gran alcance, dibujando una parábola sobre su frente en dirección a la patilla. El resto sucumbió sobre la boca, le salpicó los pectorales. Le dejó bien guapo. El compañero de Miles llegó justo a tiempo para ver a su colega de curro una vez más de rodillas, salpicado de semen. Su pasión por los futbolistas no tenía arreglo.

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