Emilio Reynolds y Tommy Clapton se comen los rabos y comparten una buena tarde de pajeo | Bel Ami Online
No podían estar mejor combinados, Emilio Reynolds con sus speedo de color azul con motivos que le quedaban sorprendentemente bien amoldados a su culazo y tirando hacia abajo por la parte delantera a causa de un buen paquetón en el que, así por encima, parecía intuirse la forma de una polla de buenas dimensiones pegadita a los huevos, algo así como le ocurría a Tommy Clapton con su bañador rojo a juego.
Al darse la vuelta estaban para recibir una ovación. Los bañadores por la parte de atras les quedaban tremendamente ajustados, tanto que por la parte media se hundía la tela marcando unas buenas rajas. Pero no fue hasta que no hicieron unos calvos que salió a relucir la verdad, la que venía a decir que esos bañadores no mentían, que todo lo que ocultaban debajo era cierto.
Como tampoco mentían los exagerados bultos en los paquetes. Porque no, no tenían relleno de calcetines, señores, era todo natural, solo que al girarse para enseñarlo, ya no eran esas colitas dormiditas con sueño ahí colgando entre sus piernas, mimosas, sino que habían trempado y ahora se habían convertido en poderosas bestias dispuestas a colarse por todos los agujeros.
La de Tommy tenía un atractivo especial, distinta a cualquier otra, torcidita hacia la izquierda, distintos grosores todo lo larga que era, con la parte final del cipote tipo gancho mirando ligeramente hacia abajo. Una delicatessen perfecta para los más juguetones a los que les gustase tener diferentes sensaciones tanto en el gusto como en el interior de sus esfínteres, tocando puntos que jamás les habían tocado, eso seguro.
Lo de Emilio era un señor pollón, largo, grande, gordo y perfectamente cilíndrico que invitaba a plantar la mano encima y recorrerlo con fuerza de arriba a abajo hasta obligarlo a escupir toda la verdad y nada más que la verdad. A la luz del sol de atardecer, los dos tumbados sobre la tierra a la puerta del establo, Tommy le empezó a comer la polla a Emilio. Sus gruesos labios arropando ese maravilloso y grueso pene y con cada chupadita le latía le ojete del culo, que tenía totalmente suavecito, libre de pelos, rosáceo, de apariencia virginal, con una abertura como la de la pupila de un gato, como la del ojo de Sauron.
Cuando le llegó el turno a Emilio de comerle el rabo a Tommy, no supo bien cómo colocar la cabeza y encontró la mejor opción, mirar cara a cara a su cipote y chuparlo como un helado antes de dejarla pasar dentro de su boca. Nunca antes había visto una polla tan amorfa pero a la vez tan lujuriosa. Emilio seguía prendado del ojete del culo de Tommy y no era para menos. Cada vez que le desplegaba las nalgas para verle la abertura del ojete, la piel del agujero se retiraba despegándose como celo para dejar a la vista un agujero de vicio por el que entrar a darlo todo.
Uno sobre el otro, retozando, sintiendo el calor de sus cuerpos desnudos, besándose, frotando muy juntos sus penes firmes y lozanos, saboreando el placer de una pajilla por presión. Se comieron las pollas hasta que flaquearon y acabaron la tarde haciéndose unas pajillas, corriéndose encima, dejándose la leche por debajo y por encima de sus ombligos con unos buenos lefazos, observándose de cerca el uno al otro para ver la forma que tenían de fecundar sus propios torsos.
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