El arqueólogo Kane Fox penetra a fondo y sin condón el precioso culito del Dios Hermes Seth Cain y se corre encima de su atlético cuerpazo | Cocky Boys
Gods & Heroes Episode 2
Profesor Atticus Rex, Departamento de arqueología clásica. Así rezaba el cartel que descansaba sobre una mesa repleta de libros sobre arquelogía griega, estatuas y una gran variedad de antigüedades de todo tipo que también poblaban todo el despacho por doquier. Viendo eso, uno podría imaginar que el arqueólogo en cuestión tendría ya una edad avanzada, barba cana y gafas, pero no, el profesor Kane Fox estaba en la flor de la vida, era un joven lozano, apuesto y de cuerpo atlético que justo en ese momento estaba entrando por la puerta de atrás directa al estudio de su casa apartada de la gran ciudad de Atenas, Ohio.
Había llegado todo sudado y lo primero que hizo fue quitarse la camiseta. El cabrón tenía un cuerpazo, con unos pectorales cuadrados bien definidos decorados con unos precioso pezones en el lugar exacto para que resultara la mar de atractivo y se le marcaban los abdominales de lujo. Le gustaba salir a correr con unos pantaloncitos bien pegados y sin calzones, por lo que ahora, sin la camiseta tapándole el paquete, se le dibujaba todo el contorno de la polla hacia abajo, dándole la vuelta por debajo de los cojones, o eso parecía, porque se veía la curva pero no el grueso del cipote.
Se arregló con sus mejores galas de explorador y salió a hacer trabajo de campo a una zona alejada en la selva donde acababa de suceder un terremoto. Los terremotos sacaban a la luz vestigios del pasado. Haciendo mediciones, al mirar por el aparato creyó ver a un chico joven de pelito corto moreno, musculadito, con un gran collar al cuello que le colgaba hasta por debajo del pecho y vestido con una toga de rayas blancas y azul marino. Al dejar de mirar ya no estaba. Pestañeó fuerte varias veces. Quizá salir a correr tan temprano le había dejado cansado, pero al acercarse al lugar donde había creído ver al chico, se encontró con algo inesperado en el arroyo.
La figura de bronce de Hermes, el mensajero del Olimpo. Atticus tenía una igual en su despacho. Esa conexión no podía ser casualidad. En ese momento algo le empujó por detrás y cayó al agua. Hubiera jurado que el arroyo apenas cubría la planta de los pies cuando lo pisó con sus zapatos, pero ahora estaba como en un océano inmenso, incapaz de salir a flote por sus propios medios.
Entonces todo acudió a su mente. Pudo verse a sí mismo en el pasado, años atrás, puede que decenas de años atrás. Los recuerdos aparecían en color sepia. Estaba de excavación y el mismo chaval tan guapo que había visto antes estaba justo a su lado, sentado en una roca, sonriéndole. El chico le estaba entregando un jarrón con motivos griegos. No, no era él, el recuerdo de la foto de un antepasado suyo en la habitación, un chico entregándole el jarrón, pero podía sentir el amor de ese antepasado por ese chico, estaban juntos o en algún momento lo habían estado y se habían enamorado.
Al momento estaba otra vez en el agua. Salió a la superficie. Estaba mojado completamente, pero el arroyo volvía a cubrir solo los pies. No podía entender qué había ocurrido. Se montó una chocita para tender la ropa y se quedó en calzones. Observó detenidamente la estatua de Hermes. Estaba llena de herrumbre. Hermes llevaba su casco, su bastón y corría dando grandes zancadas, completamente desnudo. Atticus se fijó en su culito. Le gustaban los culitos. Mucho. Demasiado.
Se le puso tan tocha que se la tuvo que sacar de los calzones. La polla cayó toda pesada, larga, grande y gruesa hacia abajo. A Atticus le gustaba su pene. Era enorme, tenía un cipote descapullado bien chulo y lo que más la diferenciaba era esa vena bien marcada que le recorría el tronco por la parte de arriba, cada vez más gruesa, bifurcándose antes de llegar a la punta. Precisamente ese punto era la marca a batir de los chicos cuando se la chupaban y se la intentaban meter entera dentro de la boca.
Empezó a a hacerse una paja. Qué rica sabía en un lugar apartado como ese, en plena naturaleza, salvaje. Cerró los ojos y volvió a suceder. Estaba en aquella otra época, en el mismo lugar, con la spiernas ligeramente abiertas y el rabo colgando duro entre ellas. El chico estaba agachado. Una mano que no era la suya, pero que podía sentir como tal, se posaba bajo la mandíbula del zagal y le acompañaba en el camino hacia su entrepierna. Se la metía en la boca y chupaba. Podía sentir las caricias de sus labios sobre el pene. Qué gustito.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero estaba de nuevo en el presente. O no. Todo a su alrededor había cambiado. Estaba tumbado en una cómoda cama. No llevaba calzones, estaba completamente desnudo, apenas con una toalla blanca y suave cubriéndole los muslos y las partes nobles, rodeado por pedestales con figuras griegas y antigüedades que parecían sacadas de su estudio en casa. El mismo chico con el que había soñado estaba ahora mismo enfrnete de él. La misma cara, la misma sonrisa. No podía ser, quizá era alguien que se le parecía.
La hostia puta. Le reveló que era Hermes, inmortal como todos los dioses, enamorado de su antepasado, que como buen mortal ya no estaba en ese mundo y que cruzaba las épocas para buscar a sus vástagos. Y sí, Atticus, por si te lo preguntabas, tu padre también. Kane frunció el ceño. No imaginó nunca a su padre follando con un jovencito, pero de la extrañeza pasó al alivio y sonrió como si hubiera ganado una pequeña batalla. No, no estaba solo en eso. No había sido el único gay en la familia.
Hermes Seth Cain se echó encima de él, le besó. Estaba desnudito y tenía su precioso culito respingón al alcance de la mano, se lo tocó y enseguida volvió a tenerla dura. Al sentir la erección, el chaval se sentó sobre sus piernas cogiendo un buen sitio. Podía sentir su rabo y sus pelotas pegaditas a su pene tieso y grande, aunque seguía separándoles la puta toalla. Miró hacia abajo entre los dos, él también la tenía empalmada ya. Estaba deseando follárselo, meter la polla a pelo por el mismo agujero apretadito por donde la habían metido todos sus antepasados.
Hermes se retiró un poco hacia atrás gateando sobre la cama, miró a Atticus a los ojos y le comió toda la polla. Cuánto la echaba de menos. Atticus volvió a sentir la dulzura de esos labios apretados contra su pene, succionándoselo, humedeciéndolo con una intención, la de darse el gusto y la de prepararlo. Solo que esta vez todo eras mucho más vívido y real.
Sin toalla de por medio, Hermes volvió a sentarse sobre las piernas de Atticus. Bajó el culete hasta que la polla quedó toda entera dentro de él, al desnudo, y comenzó a hacer movimientos hacia adelante y hacia atrás masturbándola. Hermes estaba acostumbrado a esa postura, a que se le corrieran dentro estando así, pero todo había evolucionado, incluso los hombres que ahora tenían más recursos en la cama y más aguante, algo que pilló a Hermes de nuevas.
No dejaban de sorprenderle los humanos, por eso le gustaban tanto. Ahora estaba gimiendo, probando algo nuevo, a cuatro patas en la cama. Atticus le estaba acariciando el ojete del culo con la lengua. Le daba mucho gustito. Nadie le había hecho antes eso nunca. Esa se la apuntaba. Luego vio a Atticus por el rabillo del ojo con toda la polla tiesa de rodillas detrás de él, apuntando hacia el agujero. Se la metió en barrena sin dejarse nada y empezó a darle por culo.
Atticus se puso cachondo y cada vez estaba más entregado, dando más rápido, más duro, más fuerte. Le flipaba ese culito que se estaba follando. Se puso en posición de flexiones y le dio caña. El culo rebotaba ante la fuerza de sus pollazos. Le estaba dando barra limpia, aparte de una buena paliza con los cojones entre las piernas. Hermes cayó de bruces en la cama y Atticus encima de él, metiendo sin parar, reventándole el ojete, pasándo al chaval un brazo por delante del cuello, haciéndolo suyo. Nadie jamás podría convencer a Hermes de que eso era lo mejor que tenían los humanos. El sexo.
Hermes se quedó sin saber qué decir y con la boca abierta cuando Atticus se coló entre sus piernas y le comió el pene tieso. Era el primer humano que se la chupaba. Hermes se había dedicado toda su eterna existencia a satisfacer, la elocuencia era una de sus insignias, y ahora estaba recibiendo por primera vez atenciones por el otro lado. Daba gustito, pero duró poco, porque Atticus le abrió el culo a tope llevándole las rodillas hacia el pecho y se lo fornicó.
Toda la barra dura perforándole el ano, sus grandes y colgantes pelotas cayendo hacia abajo, rebotando en su culo. Sabiendo que había hecho un trabajo de campo excelente e intachable en la cama, Atticus sacó el rabo, se pajeó duro apuntando sobre le cuerpo de Hermes y se corrió como una bestia sobre su atlético y apolíneo torso dejándole encima toda su estirpe. Una vez más.
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