Cole Connor da culo al simpático y jovencito pollón Jack Desfeux para que se lo folle a pelo en la consulta del dentista | MEN

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Puede que tener una compañera dentista dotada de unas buenas peras no fuera tan mala ideal, así, mientras ella se inclinaba sobre los chavalitos jóvenes y altamente influenciables, Cole Connor podía entretenerse mirando cómo a esos cabroncetes como Jack Desfeux se les ponía dura por debajo de los pantalones. Lo que pasaba era que lo que Jack tenía por ahí abajo no era normal como la de cualquier otro chico de su edad, sino que tenía un pedazo de rabo descomunal que le sobresalía por el forro del bolsillo cuando le crecía de lado y ver esas mingas tan grandes a Cole le ponía cachondísimo. Le subía la temperatura, le entraban los sudores imaginando tocarla y sentir su dureza.

El hecho de conocer a sus padres y de que pudiera ser su hijo, no quitaba que pensara que el chaval estaba buenorro, que tuviera una cara amigable y una sonrisa encantadora, esa era la realidad. Su compañera les dejaba a punto de caramelo y al final él se ocupaba del resto, porque por supuesto ningún chico al que se le pusiera dura dentro de su consulta terminaba saliendo con el bulto entre las piernas, ya se encargaba él de rebajarles el rabo dándoles lo que querían.

Al final lo que menos hacía en la consulta era ejercer su oficio. Jack, que en ese momento estaba empalmado y con una ganas terribles de follar, aprovechó para agarrarle de la nuca mientras con la otra mano se sacaba la polla larga y dura de los pantalones y la zarandeaba dejando claro lo grande que la tenía. A Cole no le dio tiempo ni a pensar. En cuestión de un segundo se encontró atragantándose con esa pirula gigante, mucho más larga y gruesa de lo que le había parecido ya cuando la vio toda dura marcándose bajo la tela.

Unos segundo más tarde la había dejado toda llena de babas, del puto hambre que le despertaba ver rabacos así de hermosos. Recordó entonces por qué le gustaban tanto los jovencitos, porque estaban calientes todo el rato, porque con tal de tener unos labios que les chuparan las pollas, les daba igual si eran los de un hombre o los de una mujer, estaban abiertos a recibir cariño por todas partes sin importarles por dónde les llegara.

No era una simple mamada lo que le estaba haciendo, se la estaba succionando a tope, tragando, sacándola, mirándole a los ojos, sintiendo en su propia boca cómo se le ponía aún más dura, más grande. Le comió los huevos, escupió encima, puso carita de amor sosteniendo la mirada sobre ese cipote enorme y descapullado y pilló desprevenido a Jack con una mamada de garganta profunda digiriéndole todo el rabo hasta la base.

Una vez superado el tope, volvió a hacérselo una y otra vez dejándole loquito sobre la camilla, con la polla a punto de reventar todo el rato. La idea de saber que en cualquier momento ese chaval podría soltar la semilla sobre su jeta o dentro de su boca, puso más cerdo al doctor, que se la siguió jalando a un ritmo cada vez más endiablado y aplicando todavía más succión a la mamada, sobre todo cuando Jack decidió levantarse un poco la sudadera y dejó a la vista su torso atlético marcando abdominales. Le parecía tan mono y estaba tan rico…

La escupía, la pajeaba mirándola de cerca, le chupaba los cojones. Cómo le estaba gustando ese pollón y todo lo que tenía para ofrecerle. El chaval se puso exigente cogiendo a Cole de la pechera, lanzándole de espaldas contra la pared y bajándole los pantalones. Cole puso los ojos en blanco al sentir un dedo de Jack introduciéndose por la profunda raja que marcaba la separación entre sus nalgas. La idea de que ese chico se lo follara le volvió loco.

Sí, claro que le iba a dejar hacerlo, por qué no. Pero antes debía prepararle la polla para la ocasión. Cole tenía un culazo enorme, se había comido buenos rabos, pero ese merecía toda su atención. Ocupó el lugar de Jack en la camilla tumbándose en ella y animó al chaval a dar un pazito hasta dejar el rabo cerca de la cara. Volvió a chupásela, o mejor dicho, a devorársela.

Al doctor también se le había puesto bien dura. Se bajó los pantalones y se la empezó a cascar mientras Jack le follaba la boquita y le hacía un gag the fag buscando la profundidad de su garganta. Claro que sí, cómo no ponerle el culo a placer y elevar una pierna en la camilla para dejarlo bien abierto al ver a ese chavalote completamente desnudo, con ese cuerpo delgado y atlético, marcando six-pack, con ese pechote peludo que dejaba claro que ya se estaba convirtiendo en todo un hombretón.

Le puso el culo y le animó a metérsela dándose unos cachetazos sobre la nalga derecha. Que ni se le ocurriera perder tiempo yendo a coger un condón del bolsillo de los pantalones que había tirado por el suelo de la consulta. Ya, le quería dentro a la de ya. El chaval fue muy obediente, se acercó por detrás y se la enchufó a pelo toda larga, gruesa, dura y caliente.

El culazo de Cole era tan grande que a algunos les imponía respeto por no saber si serían capaces de estar a la altura con el tamaño de sus rabos, pero para Jack no supuso problema alguno. Su rabo era tan jodidamente grande que encajaba perfectamente en panderos exigentes como el suyo, ajustadita, lo suficiente como para crear fricción y dar mucho gusto.

Puede que Jack todavía estuviera en esa edad de decidir entre un sexo u otro, o de no hacerlo directamente. Cole iba a hacer entender a ese chico que había algo más allá, un mundo de posibilidades, mucho más placentero que ver tu rabo a la cubana entre dos tetas. Le tumbó en la camilla, se subió a ella, hizo una sentadilla, se ensartó en su pollón y empezó a bombeárselo.

Qué, ahora ya no sonreía tanto, ahora le temblaban las piernas y estaba entre la espada y la pared, viendo cómo ese culazo le machacaba la polla y se la ordeñaba una y otra vez sin darle descanso. Si al final el chaval explotaba de gusto, para Cole sería un placer recibir su semen dentro de él, pero algo le decía que ese le iba a aguantar más de un asalto, lo llevaba en los genes, como su padre.

No todos los chavales de la edad de Jack aguantaban eso, la mayoría se corrían de gusto como principiantes, algunos incluso al ver los labios o la lengua de otro hombre en contanto con sus penes duros. Cole bien lo sabía, que a menudo acababa con la cara llena de leche cuando todavía no se había metido ni el rabo en la boca. Jack estaba hecho de otra pasta. Le aguantó la mamada con succión completa, le aguantó el bombeo y ahora se habá ganado a pulso hacer con él lo que quisiera.

Y Jack quiso que el doctor se tumbara sobre la camilla de lado para atravesarle con su gran pene. Cole acabó abierto de piernas, mirando cara a cara al chico, disfrutando de la sensación que le provocaba sentir ese pene abriéndose camino una vez más a través de sus entrañas, tan fornido, tan grueso, tan grande para su edad. Un vicio tremendo para la vista que le dejó con los ojos en blanco.

Las cosas no solían terminar así en la consulta, siempre eran ellos los que acababan primero, pero en esta ocasión fue Cole el que sintió la llamada de la naturaleza y, tras un sonoro gemido de placer, empezó a correrse encima, catapultando toda la leche sobre su torso mientras ese cabroncete seguía dentro de él y le miraba con cara sonriente, guapísimo.

En cuanto le dijo «úsame«, Jack se encendió y empezó a encular como un pro, metiendo y sacando ese rabo enorme que tenía todo entero dentro y fuera del ojete del doctor a un ritmo endiablado. A Cole le encantó escuchar el soniquete de las caderas estampándose contra sus nalgas. Se lo estaba follando como el gamberro que era y tuvo la decencia, mientras lo hacía, de advertirle que estaba ya bien cerca, que si quería que se le corriera en la cara.

Por supuesto que sí. Donde él quisiera. Y Cole sabía que a los jovencitos les gustaba la cara, siempre la cara, porque eso les hacía sentir más poderosos y adultos de lo que eran. Cole se tumbó en la camilla ladeando la cabeza hacia el borde, abrió la boca, sacó la lengua, Jack se empezó a pajear efusivamente apuntando hacia la cara, avisó de que se iba a correr y empezó a soltar lechazos mojando de lefa los labios del doctor, su perilla, los morros, el cuello, el hombro, disparando sin control.

El doctor le cogió la polla que todavía estaba corriéndose y se la metió dentro de la boca, saboreándola entre sus labios. Se tragó su semen, miró a Jack a los ojos y abrió la boca sacando la lengua para que comprobara que lo había hecho. Volvió a meterse el cipote en la boca y lo succionó como si fuera la tetilla de un biberón, apurando la leche que todavía salía por la enorme raja de ese despampanante cipote. Vio que el chaval entraba en ese estado de emoción en el que todos los hombres entramos al corrernos, riendo de gusto. Jack cogió una toallita y tuvo la decencia de limpiar sus restos de la cara del doctor antes de irse, no sin antes recordarle que se verían dentro de seis meses.

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