Arad Winwin penetra el apretadísimo culito de Zane Kazan sin condón | Cocky Boys
Ante la sana curiosidad del jovencito Zane Kazan por descubrir el pollón que alzaba la telita del frontal de los pantalones, Arad Winwin le ayudó en la tarea bajándoselos. Esperó que al chico le gustaba, que no esperara de él un rabo descomunal porque no era el caso. Es suyo era de tamaño medio, si bien sí que superaba a otros en cuanto a grosor, porque la tenía bastante gordita en comparación y con un buen cipote.
Había ventajas en tenerla así tamaño estándar y gruesa y es que siempre se ponía bien dura cuando hacía falta, aparte de que se convertía en un manjar exquisito para glotones. Con esa dote, el cuerpazo musculoso que tenía, con unos pectorales de lujo, prominetentes y cuadrados, pelazo y carita guapa con los morritos enmarcados en un bigote y barba frondosos, Arad era el especímen perfecto ante el cual todos los hombres caían rendidos.
Zane se la comió metiéndose la polla en la boca y degustándola a beso de tornillo, paseando sus lindos labios por toda la mazorca dura y venosa, permitiéndose el lujo de meterla entera dentro de su boca, rozando los pelos de las pelotas con los morros. Arad también fue buscando su camino, desprotegiendo al chico de la parte de atrás de los calzones, metiéndole mano, paseándola por encima de su trasero, alcanzando el calor de su ojete y comprobando su valía metiéndole unos cuantos dedos.
Joder cómo tragaba el culito. Se la endiñó a pelo y le impresionó la forma en la que entraba y salía su rabo de ahí dentro, ajustadísimo, desplegando y replegando la piel que protegía la entrada de su ano. Cuando le tuvo cabalgando de espaldas, se quedó enganchado de esa maravilla, el culete subiendo y bajando, tragando y soltando su pene, apretadísimo.
Algo grande y duro le rozó los muslos y es que Zane iba muy bien dotado. La tendría el doble de larga y el triple de gruesa. El cabrón tenía un pedazo de cañón entre las piernas. Lo descubrió e ese momento y luego al tenerle abierto de piernas. Zane no pudo resistirse a los encantos de Arad, a su guapísimo rostro, lo musculado y buenorro que estaba, ahí dándoselo todo, follándoselo a pelo, bombeándole con el rabo bien duro. Gimió contemplando a ese hombre y se cascó una paja encima.
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