Ridick y Kinkoer se abandonan al placer y se follan sin condones en el taller | Raging Stallion
The Shaft Shack
A través del retrovisor del vehículo en el que Kinkoer estaba trabajando en el taller, podía mantener vigilado a Ridick. No lo hacía porque nadie le hubiera asignado esa tarea, sino porque ese cabrón estaba de vicio. Mira que había tios guapos y cachas trabajando allí a menudo, pero este tenía para él un atractivo especial, aparte de que sentía que su mirada le decía fóllame en todo momento. Si ya estaba bueno con la camiseta de tirantes marcando esos biceps más fuertes que el vinagre, con esa vena recorriendo sus brazos, terminó de enamorarse perdidamente de él cuando se quedó desnudo de cintura para arriba y pudo ver su sonrisa.
A Kinkoer lo tenían por un tipo duro debido a su rostro serio e impasible, una cara de macho empotrador que venía acentuada, además de por su expresión y estar super cachas, por esa barba que le sentaba tan bien y le daba un aspecto tremendamente viril. Podía parecerlo y seguramente lo era, un lobo solitario como él se consideraba, pero al final, cuando le ponían un buen postre ante los ojos, era un hombre como otro cualquiera que se rendía ante los placeres de la carne.
Con Ridick cayó con todo. En cuanto el tio se acercó y lo tuvo cerca para tocarlo con sus manos, cuando acercó la cara hacia la suya invadiendo su espacio, le echó el aliento buscándole la boca y el mundo se detuvo por un momento mirando a sus ojos, cuando el tio le echó arrestos y metió sus manos por detrás por debajo de los pantalones de Kinkoer y le sobó todo el culazo peludo a placer, cuando el cabronazo empezó a restregarle el paquete por el muslo.
En el fondo Kinkoer siempre había creído que los hombres éramos como los cerdos, pero un buen día dejó de creerlo para saberlo a ciencia cierta. Puede que algunos pongan ciertos límites por no ir más allá, pero al final casi todos caemos en la debilidad de una buena comida de sobacos, en comer una buena polla sudada, en esnifar el frontal de unos calzones o unos calcetos bien sucios, en abrir la boca para recibir la lefa de otro tio, saborearla y si te gusta mucho hasta comértela. Sí, los hombres, sobre todo en cuestiones de cama somos unos cerdos.
No era fácil que alguien entrara en el mundo del lobo solitario, pero Ridick lo logró y como recompensa empezó a darse el lote con él. Tras darle un buen morreo, levantó el brazo y gimió de placer al sentir la lengua y el raspado con la barba y la nariz de ese tio explorando su sobaco peludete. Ya que Ridick parecía haber trempado primero, Kinkoer se agachó y le esnifó todo el paquete. Joder, juró por su padre que jamás había visto de cerca unos calzones tan sucios y cuyo olor le atrajera tanto.
Lo miró de cerca y pudo intuir que en esa huevera había acumulados al menos tres días de trabajo y sudor, de meadas y de corridas. El perfume le embriagó bien fuerte. Le desplazó la tela con los dedos y le comió los huevos. Ridick se encargó de retirar el resto. Kinkoer le cogió el rabo, le esnifó el pegamento del cipote y se la metió dentro de la boca mientras Ridick empujaba para follarle la boquita y le plantaba los calzones en la cara para que siguiera impregnándose de su aroma.
Siendo sinceros, Ridick jamás pensó que esa situación se daría así de primeras. A juzgar por la cara de macho de Kinkoer y su porte, imaginó que sería él el que caería de rodillas a sus pies, pero ya que le tenía así no iba a desperdiciar la oportunidad. Le palmeó la cara con la polla y se fijó en los cachondo que estaba, con la nariz sonrojada, soltó un escupitajo desde arriba que le cayó en toda la jeta mojándole la mejilla y la barba y pareció disfrutarlo, porque se la volvió a meter en la boca con más ganas que antes.
Intercambiaron los papeles. Al ponerse de pie, Kinkoer la tenía bien tiesa apuntando hacia arriba, super dura y coronada por un anillo que tenía por piercing en el cipote. Ridick nunca se había enfrentado a eso antes. La miró fijamente y la rodeó con la cara esnifándola, lo que hizo que la polla se pusiera más dura por el morbo, ya que Kinkoer le miraba fíjamente desde arriba, deseando el momento en que Ridick se la calzara en la boca y la arropara entre sus labios.
No le hizo esperar mucho. Se la zampó y entonces Kinkoer soltó un gemido de placer intenso, cerrando los ojos y echando la cabeza ligeramente hacia atrás. Ridick se levantó. Cogió las pollas de los dos entre las manos y se encargó de masturbarlas, paseando su cipote alrededor del de Kinkoer, sintiendo el frío metal en su pene. Le dio la vuelta. Kinkoer se apoyó sobre uno de los vehículos, levantó una pierna apoyando el pie sobre el neumático y dejó que Ridick le comiera todo ese pedazo de culo de macho que tenía, bien grande y algo peludo.
Ante uno así ningún hombre podía resistirse. Ridick se levantó e inmediatamente le clavó la polla sin condón y empezó a follárselo. Kinkoer desvió la mirada hacia atrás asintiendo con la cabeza. Le estaba gustando. Aunque Ridick tenía curiosidad por saber qué se sentiría teniendo dentro del ano un pene con piercing, tenía sus dudas y miedos, de hecho había mamado con cautela por temor a que el anillo se quedara encajado en su garganta.
Aún así, se llevó a Kinkoer a otra zona del taller, le dio la espalda, levantó un poco la pierna y le dejó el culo para que se lo follara a pelo. En cuanto tuvo dentro su rabo, empezó a disfrutar de los placeres que proporcionaba. Era como ser follado con un plus, como si aparte de sentir el pene atravesando tu agujero, algo duro adicional te forzara y te hiciera sentir algo más de lo que habías sentido antes con otro tio cuando te la metía.
Mira que tenían lubricante a su alrededor, a punta pala, pero era para otra cosa, así que Ridick tuvo que parar en boxes y bajar a chupársela a Kinkoer antes de volver a pista. Cuando volvió, se entregó a ese macho a cuatro en el suelo. Si quería culo iba a tener que pringarse. Y Kinkoer se pringó. Dobló las rodillas hasta tener las caderas a la altura de ese culazo y le penetró.
LLevaba un buen rato sin probar le rabo de Ridick, pero encontró la oportunidad de volver a hacerlo cuando este se acomodó en la parte de atrás desvencijada de un camión, echado hacia atrás y apoyado sobre los codos. Kinkoer se subió a la plataforma, hizo una sentadilla dándole la espalda y se clavó su pene. Las vistas para Ridick eran inconmensurables, con ese culo enorme subiendo y bajando, tragándose su rabo. Decidió que Kinkoer también se merecía esas vistas, así que cambiaron posiciones y le cabalgó de la misma forma.
Pero no contó con que en esa postura el anillo de los putos huevos le daría tantísimo placer, porque ahora le estaba rozando la próstata una y otra vez. Ridick se pajeó, empezó a soltar gemidos por la boca y leche por la polla, blanca y espesa, saliendo a chorrazos cortitos y bien guapos, con el semen deslizándose entre los dedos de su puño.
En cuanto Ridick se sacó la polla de Kinkoer del culo, este se puso a machacársela efusivamente. Mientras expulsaba toda la leche, su cuerpo cachas y varonil temblaba de puro placer. De repente el tipo serio e impasible sucumbía al placer como cualquier otro hombre. Debido al anillo, la leche salía de su cipote y s ele quedaba recubriendo la polla.
Ridick se dio cuenta de ese pequeño detalle y se inclinó para relamerle los quesitos, recogiendo con la lengua los lefotes. Se preguntó si Kinkoer aceptaría de buen grado compartir con él ese regalito. Acercó la boca a sus labios sacando la lengua. Kinkoer vio sus propios lefotes en ella. Abrió la boca y los aceptó. Ridick sonrió y volvió a hacerlo, recogió semen de su rabo y los alrededores y le alimentó con ellos depositándolos en su boca.
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