Johnny Sins se convierte en el último rabo en la Tierra y se folla y mete un facial a las doctoras Anna Bell Peaks, Rachel Starr, Romi Rain, Nicole Aniston | Brazzers

The Last Dick On Earth: Remastered

Anna Bell Peaks, Rachel Starr, Romi Rain y Nicole Aniston estaban tomando un café en la sala de descanso cuando una de ellas recibió una llamada. Era de una de las enfermeras, que con la respiración muy agitada pedía que por favor se dirigieran enseguida a la sala de urgencias. No fue hasta que llegaron que se encontraron el percal y la gran sorpresa.

UN HOMBRE. Sí, era un hombre el que estaba tumbado en la camilla, no había duda. Hacía tanto tiempo que no veían unos brazos tan fuertes, ni unas piernas tan peludas, ni un rabo y encima tan enorme que casi se desmayan. Ya lo hacían las enfermeras por ellas. Estaban todas espatarradas en el suelo alrededor, haciéndose dedos, gimiendo. Otras se habían atrevido a acercarse a ese último especímen y usaban cualquier parte de su cuerpo para darse placer.

Una se había sentado encima de su cara, otra encima de su torso, imaginando que cabalgaba. Otras tres pugnaban por chuparle la gigantesca verga mientras otras dos hacían lo mismo con los huevos. A los lados de la camilla había otras dos, que cogían las manos de ese hombre y se metían sus dedos por el culo y el coño. Lo mismo hacían otras dos, que usaron los dedos gordos de los pies grandes para el mismo propósito.

Las doctoras, también excitadas y deseando hacer lo mismo que esas guarras, se vieron obligadas a poner orden y les mandaron a todas a sus obligaciones. Por primera vez vieron a ese macho en cuyo cartel al pie de la cama rezaba el nombre de Johnny Sins. Estaba sedado y esas cerdas le habían dejado todos los fluídos encima. Tenía un porte que casi se corren de gusto. Varonil. Hacía mucho tiempo que no veían una polla, pero no recordaban haber visto en su vida una tan grande.

Si sobrevivía, estaba destinado a forjar una nueva estirpe en la Tierra y muchas mujeres poderosas serían las que pujarían por tener ese pedazo rabo dentro de sus coños, sentir de nuevo el gusto de una polla caliente en la boca, recorriendo el interior de sus vaginas y sus anos, probar otra vez el sabor olvidado del semen y sentir la espasmódica corrida de un buen pollón sobre sus caras.

Las doctoras estaban obligadas a comunicar el ingreso a las autoridades, pero no estaban dispuestas a que otras se dieran el gusto antes que ellas, así que hicieron un pacto de silencio para no comunicarlo hasta que él despertara y se las hubiera follado a las cuatro. Johnny despertó esa misma tarde. Romy era la que estaba de guardia. Fue ver esos ojazos azules y deshacerse de gusto. Le agarró la polla y empezó a masturbársela y mamársela. El tio estaba confuso, no sabía dónde estaba ni cómo había ido a parar ahí, pero en cuanto la tia se sentó encima de su verga y se la clavó a pelo, al sentir el gustito de su polla dentro de un agujero dejó de preguntarse cosas.

Para cuando llegó la segunda doctora, Romy ya le había comido la pija y le había cabalgado. Al verla entrar por la puerta, se sacó el pollón del coño y se lo enseñó orgullosa a la otra. Ya se la habían visto la primera vez, pero no a pleno rendimiento, cuando Johnny recobró el sentido y pudo empalmar como era debido. Era lo más puto grande, largo y gordo que habían visto nunca.

Llegaron las otras dos doctoras. Las cuatro se agolparon alrededor de la gigantesca polla y empezaron a jalarle la verga y los huevos. No podían parar de chupar. Estaba durísima y caliente. Los huevos le colgaban de una forma que sólo podía ser debida a lo grandes que los tenía y lo cargados que iban de leche. Bien cachondas, se sentaron en la camilla juntitas, subieron las piernas y le enseñaron las cuatro almejas.

Johnny fue fusilando a pollazos una a una mientras ellas se besaban y se magreaban los enormes pechotes. Era el último hombre en la Tierra, la última y codiciada polla que se las follaría a todas hasta que llegara el relevo de sus vástagos. El puto amo. Las cuatro doctoras se arrodillaron frente a él y se cascó la polla sobre sus caritas sacando leche para todas, mirando ciego de gusto cómo su lefa resbalaba por sus lenguas y bocas y caían sobre sus medias y al suelo, cómo se pasaban las unas a las otras los lefotes jugando con toda su leche.

Ahora sí a hacer la llamada a las autoridades, pero cuando esa polla procrease, cuando esa gigantesca verga se rebozara por las tetas y dentro de los coños de las más grandes y poderosas del país, siempre recordarían que antes que nadie ellas tuvieron ese enorme pollón dentro de ellas, cerrarían los ojos y se harían unos dedos recordando el sabor del semen de la última polla en la Tierra.

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