Harry Alexander se envicia con las enormes pollazas de Tyler Jenkins y Jessie Taylor | Spritzz

En el colegio siempre había sido el debilucho de la clase, al que todos insultaban. Su apariencia de chico delgadito, con gafas, camisa dentro del pantalón, cinturón y pantalón de pinzas, hacían de él el blanco perfecto. Pero esto fue así hasta que se armó de valor, decidido a acabar con todo. Ocurrió en le meadero del baño de chicos entre clase y clase, cuando se colocó justo en el hueco que quedaba libre entre dos de esos matones de barrio, les cogió las mingas grandotas y largas y se las sostuvo para que measen mientras se las acariciaba.

Al principio vio cómo se miraban los dos con asombro y uno de ellos se ponía a mirar alrededor por si entraba alguien. Enseguida retiraron las manos y las de Harry Alexander fueron las únicas propietarias de dos generosas pollazas que empezaron a crecer más y más. Les condujo a uno de los retretes, echó el pestillo, se agachó y empezó a comerles las pollas hasta que se corrieron encima de su cara. Aquello fue el principio de un nuevo rumbo, el día en el que Harry pasó de ser el incomprendido a convertirse en la putita más codiciada del instituto.

Envidiado por muchos y también por muchas, porque se llevaba a la cama a los tios más chulazos del insti y mejor dotados, los que daban en llamarse “el club de los tres patas”. Tiarrones guaperas como Tyler Jenkins y Jessie Taylor, los dos jugadores de fútbol más codiciados, que a pesar de ir alardeando del número de coños que se habían follado, tenían más experiencia como pajilleros que otra cosa.

Las pollazas de esos tios no eran normales, eran tremendamente largas y macizas. Apenas le cabía el cipote y unos pocos centímetros en la boca, las agarraba con la mano abierta y aún así le sobraba para colocar otra mano más encima. En cuanto se ponía a comer, se volvían loquitos y jugaban a pasarse su cabeza de un rabo a otro como si fuera una pelota. Mientras que el resto de chicos de su edad la tenían encapuchada, al menos la mayoría, los del club estaban peladitos, con un buen cipote al descubierto, cipotes que escupían una abundante cantidad de leche con la que Harry ya se había malacostumbrado a desayunar todas las mañanas. Y siempre se las daban de dos en dos.

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