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Apolo Adrii y Legrand Wolf se intercambian a sus chavales Hugo Dupre y John Jai para follárselos a pelo | Carnalplus X Gaycest

Son swap Vol. 1: Pleasures

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Empezaron a dar forma a la idea de sus fantasías de cachondeo, tumbados sobre las toallas junto a la piscina mientras Hugo Dupre y John Jai se hacían aguadillas amistosas como cachorritos demostrando su fuerza. Apolo Adrii se estaba dando cuenta de que cada vez que su zagal salía del agua, Legrand Wolf se fijaba en él, pero no como el que ve pasar a alguien por la calle sin más, sino mostrando cierto interés, paseando la mirada por el paquete y el culito que se le marcaban bajo el bañador.

«¿Te gusta mi hijo?«, le preguntó directamente Apolo. «No está mal, tiene un culito bien rico«, contestó Legrand sonriendo y a la vez llevándose la mano al paquete. Estaba claro que se le había puesto morcillona a ese cabrón mirando a Hugo. Apolo llevó la conversación hacia un terreno más pantanoso. «¿Te atreverías a follártelo, al hijo de tu mejor amigo?«. Y entonces lo vio en su mirada. La idea lo entusiasmó y se le puso dura, creando una tienda de campaña en los speedo.

No sabía si alegrarse de que su chico tuviera tanto éxito entre los de su edad y los daddies o si dar una hostia con la mano abierta a ese pervertido. Apolo no era un tipo agresivo, para nada, pero cuando se trataba de su chico, lo daba todo por él. Su ira se rebajó cuando pensó en la idea de ver a ese armario empotrado de Legrand, tan alto y fuerte, con su descomunal pollón, tomando el culito de su hijo y él viéndolo de cerca. El morbo le incendió la polla, que se le puso tiesa como una roca.

Los dos papis empalmados y los chicos pasándolo bien en la piscina. Pensamientos incestuosos. La mente de Apolo funcionaba rápido. «Hagamos una cosa, nos vamos todos a la habitación de matrimonio del apartamento, se lo proponemos a los chicos y si ellos están de acuerdo nos los intercambiamos. Tú te follas a mi hijo y yo al tuyo. ¿Hace?«. ¿Dónde había que firmar para eso? Pensó Legrand. Cogió apresuradamente sus cosas, se levantó llamando a los chicos y les propuso pasar un buen rato en el apartamento antes de comer. Qué cabrón está hecho, pensó Apolo. Sólo piensa en follar, le da igual si con ello tiene que regalar a su familia.

Tenían suerte de tener unos hijos tan cariñosos. Comprendieron enseguida para qué estaban allí. Nunca les dejaban entrar en la habitación de los mayores. Se lo contaron todo sin dejarse detalle y enseguida ellos también, aunqnue contrariados, se pusieron cachondos. Estaban en edad de follar y no se paraban a pensar mucho en si lo que hacían estaba bien o mal.

Dieron mimos a sus respectivos padres besándoles los cuellos. Esos dos estaban tensos. ¿Pues no habían tenido ellos la idea de hacerlo? Cuanta más edad tenía un hombre, más pensaba en las consecuencias de sus actos. Por suerte para eso estaban ellos, los dos jovencitos, para hacer que dejaran de pensar tanto. Se arrodillaron delante de sus padres, dispuestos a dejarse hacer de todo. De todo.

Precisamente esa fue la idea que caló en la cabeza de Legrand y de Apolo al instante. De todo. Podían tomarles y hacerles cualquier cosa. Casi a la vez, alargaron los brazos y desnudaron a sus hijos por detrás descubriendo sus culos. Les besaron en las bocas mientras sus manos se dedicaban a deleitarse con la suavidad y textura de esas excelentes nalgas.

A esas alturas, ya eran incapaces de gestionar el tamaño de sus rabos aprisionados en los pantalones. «Mi padre la tiene más bonita que la tuya«, soltó Hugo mirando a John. Estaba claro que habían trasladado la batalla de la piscina a la cama. Alardear de lo que tenían les hacía sentir mayores e importantes. Para demostrar de lo que estaba hablando, Hugo sacó la polla de su padre de los calzones y la miró echándole el aliento. Larguísima, ligeramente dobladita hacia la izquierda, de un grosor envidiable, dura como una roca, encapuchada, con apenas un resquicio por donde asomaba el cipote.

Hugo sacó la lengua y la lamió. Justo en ese momento a Apolo se le salió un buen chorrete de precum que su hijo se apresuró a recoger con la lengua antes de meterse la polla en la boca y empezar a mamársela. Hasta ese punto estaba cachondo Apolo, hasta el punto de tener las pelotas llenas a reventar. Y eso que la fiesta apenas acababa de empezar.

Perro ladrador, poco mordedor. Eso pensó Apolo al escuchar a su hijo alardear del tamaño del pene de su padre. Apolo sabía que si alguien la tenía grande en esa habitación era Legrand y su hijo estaba a punto de averiguarlo. A John no le hizo falta alardear frente a Hugo, porque saltaba a la vista lo que Legrand guardaba bajo los calzones. Ya estaba de pie, con todo el rabo duro estirando la tela del frontal de los calzones y su hijo chupándosela por encima, dejando cada vez menos lugar a la imaginación porque se le transparentaba todo.

Lo vio en su mirada, Apolo miró a Hugo y vio cómo mientras le comía la polla y se hinchaba los mofletes con ella, él no quitaba ojo al momento en que John tiró de los calzones hacia abajo y descubrió el poderoso pene de su padre. Aquello no era una polla, era un pollón de caballo, con unos cojones colgando que daban para mucho juego. Apolo se puso de pie. Si Hugo quería comparar que lo hiciera. Legrand le sacaba casi una cabeza y por ende también le ganaba en tamaño de rabo, era un hecho.

Durante un rato los papis gemían silenciosamente, embriagados por el sonido de las bocas de sus hijos comiéndoles los rabos. Se suponía que era Legrand el que más ganas tenía de intercambiar a sus chicos, pero fue Apolo el que dio el paso primero. «¿Puedo ir con tu hijo?«, le preguntó con su voz grave y varonil que abría culos y levantaba pollas.

La respuesta fue un sí rotundo. Legrand se encargó de prepararle el terreno, desnudando a su propio hijo, sacándole los pantalones por los pies antes de cederle a otro hombre. Hizo lo mismo con Hugo. Dejó a los chavales desnudos de cintura para abajo, con las camisetas de tirantes puestas marcando su creciente musculatura.

De esta guisa, los dos se tumbaron bocabajo sobre la cama, sus culitos juveniles y tersos ahí al fondo meneándose, los dos mirando hacia el borde, donde sus padres les esperaban con las pollas bien preparadas. Apolo ladeó la cabeza para mirar a su hijo, que en ese momento se llenaba la boca del rabo de Legrand, apenas abarcando el cipote y poco más de lo grande que era. Lejos de avergonzarse o sentirse confuso, Apolo se puso cachondísimo. Le encantaba que a su hijo le molaran los rabos y que ahora tuviera en la boca uno bien grande. Le gustaba compartir cosas con él y qué mejor que algo tan íntimo como el sexo.

El pequeño granuja de John tenía buenas tragaderas. Cuando Apolo volvió a fijar la atención en su boca, se la estaba jalando entera, hasta las pelotas, sacándola y soltando una arcada. Se ve que su padre lo tenía acostumbrado a eso. John se puso de rodillas y entre Apolo y su padre le tocaron la polla. La tenía dura y a él también se le escapó algo de precum. Legrand posó la yema del dedo sobre le cipote, lo recogió y llevó ese dedo directo a la boca de Apolo, al que sabía que le molaba y mucho el sabor de la leche.

Se acabaron los jueguecitos. Era hora de ponerse las botas. Los cuatro completamente desnudos sobre la misma cama, los chicos seguían bocabajo, Legrand y Apolo se colocaron detrás de ellos y se inclinaron para prepararles los culitos, unos culitos alucinantes, tan parecidos, blanquitos, con nalgas redondeadas, musculosos. Podían haber atacado en ese momento y Apolo y Legrand haber tenido su particular batalla por ver quién follaba mejor, pero eso era tiempo pasado y ahora no se trataba de presentar batalla, sino de gozar.

Y gozaron, vaya si gozaron. Cuando Apolo penetró a John sin condón, el pequeño cabrón soltó un gemido bien alto. Legrand quiso a Hugo bocarriba, para ver su carita guapa, abierto de piernas, con un buen pollón y unos buenos cojones descansando sobre su vientre. Qué dura se le puso y cómo empezó a masturbarse con rabia cuando Legrand empezó a meterle el pene a presión. Era enorme, gigantesco.

Apolo ya llevaba un buen rato follándose a su hijo, incluso le había dado la vuelta y tomado el mando de su rabo cuando Legrand todavía estaba metiendo la barra. Era complicado tenerla tan grande en ciertas situaciones. Hugo estaba cerrado, no a cal y canto, pero para el tamaño del pollón de Legrand, como si lo estuviera. Y no era porque Hugo no tuviera ganas de tener todo ese cirio dentro, que le apetecía un montón, ya era cuestión de poder o no poder.

Poco a poco, Legrand fue tomando el control. Ya eran muchos años taladrando como para no saber cómo hacerlo. La paciencia era la madre de la ciencia y la persistencia también. El que la sigue la consigue. A cada pollazo un centímetro más. Se inclinó sobre el chaval y una sonrisa inundó su rostro al sentir cómo los cojones ya tocaban el culete de Hugo al metérsela. Eso era siempre buena señal.

En el fondo a Legrand le daba rabia no poder follarse a ciertos tios como Apolo, meter a toda mecha, pero no podía tenerse todo en esta vida. La naturaleza le había dado un pene sorprendentemente grande que dejaba las bocas abiertas y cada uno tenía que lidiar con la parte mala y la parte buena de todo este asunto de la virilidad. Colocaron a los chavales bocarriba, uno junto al otro, bien abiertos de piernas, con las rodillas al pecho y forzaron sin condones las preciosas hendiduras de sus tiernos ojetes.

No tenía que hacer nada, los papás ya se encargaban de todo, de penetrarles y de cogerles las colas bien duras para masturbarles. Apolo era un cabrón redomado. Se flipó con la polla de John y se la pimpló sin darle descanso apretándosela fuerte y dándole bien duro. La cara de John lo decía todo. Paseaba la mirada de la cara de Apolo a esa mano prodigiosa que se la estaba cascando. Sentía su pene duro y poderoso dentro del culo.

Abriendo la boca y gimiendo como una putilla, el pequeño cabroncete se corrió encima. Apolo iba recogiendo la leche con los dedos y se los llevaba a la boca para saborearle. Se dejó caer sobre John, todavía follándoselo, miró hacia su lado y se fijó en el pedazo de rabo de Legrand inundando el ano de su hijo. «Demuestra las ganas que tenías de follarte a mi hijo«, le dijo. Y eso le incendió y le dio alas. La metió más fuerte, más rápido y gimió estando dentro de él.

Ese hijo puta acababa de preñar a su chaval. Cuando sacó la polla del culo, la tenía morcillona, cayendo a saco por su propio peso, mojada. Apolo observó la raja del culo de su chico, con un agujero tremendo y el poso del semen de Legran en la entrada del ojete. De nuevo esa sensación, de no saber si pegarle una hostia o si tomarse la revancha. Y decidió tomarse la revancha.

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