Alvaro Flores recibe un masaje a pajote limpio y se corre a lefazos disparándose en toda la jeta | William Higgins
Massage
Aunque los pelos en la parte baja de la espalda de Alvaro Flores le hacían intuir a Filip Cervenka lo que encontraría por debajo de la parte de atrás de los calzoncillos, no contó con lo mucho que le impresionaría bajárselos y encontrarse cara a cara con un culazo tan grande y peludo para la edad que tendría ese chaval, porque lo tenía ya como el de un auténtico macho.
Le dio bien de aceite, se recreó paseando sus manazas por esas dos cachas grandiosas, se tentó con la rajita, le separó un poco las piernas y le hizo elevarlo un poco para sacarle entre los muslos los huevos y la picha. Volvió a darle aceite dejándolo caer en cantidad sobre las pelotas y el rabo. Le masajeó las bolas y luego se resarció con su pene, que cada vez se volvía más largo y duro creciendo entre sus piernas.
Cuando se le puso completamente tieso, le hizo ponerse a cuatro con el culo en pompa, usando las dos manos para darle placer, una para dedear su apretado culito varonil, observando los gestos de su cara, la de un zagal jovenzuelo disfrutando de los placeres mundanos, la otra mano entre los muslos, apresando su polla, ordeándola como si fuera la ubre de una vaca, pues esa era su intención y su cometido, sacarle la leche.
Filip le hubiera echado más centímetros a ojo a esa pollaza cuando Alvaro se dio la vuelta, no es que dieciséis estuvieran mal, pero por lo gruesa y grande que la tenía, parecía más grande todavía. Alvaro se puso cómodo, a cuerpo de rey, la cabeza apoyada en un cojín, las manos alzadas por detrás de la cabeza y la mirada fija en la mano de ese colega que no paraba de zurcírsela a pajotazo limpio.
Mucho aguantó observando cómo la mano subía y bajaba con rapidez, el soniquete del fru fru de esa mano desplazando la piel resbaladiza de su pene erecto con todo el lubricante encima. Luego estaba ese pequeño gesto de Filip, que con la mano libre le rozaba los huevetes. Un cóctel perfecto para que Alvaro no pudiera controlar ya sus instintos y acabara exhalando un gemidito por la boca abierta, aflojando y disparando a toda hostia un buen lefazo directo a su jeta, al que siguió otro que le dibujó un lechazo blanco entre la sien y la ceja. Filip siguió masturbando ese pollón durísimo y gordo, sacándole hasta la última gota.
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