El yogurín Dax se casca pajote mientras se mete un dildo por el culo | Sean Cody

Se llama Dax y con tan solo veinte añitos es ya todo un rompecorazones. Le da mucho morbo que un tio se excite mirándole y les da todas las razones del mundo para hacerlo. Ojazos, guaperas, barbita de machote, una sonrisa capaz de derretir hasta al más pintado y cuerpo fibradito. Con la época con la que más disfruta es el verano, cuando puede ponerse sus pantalones cortos y fardar de paquete. Le gusta que le miren la entrepierna cuando está sentado, porque se le marca toda la dote.

Por si acaso siempre va preparado con unos calzones abiertos por detrás, porque a pesar de sentirse orgulloso por tener un rabo bien gordo, también le gusta que le protejan por detrás. Su momento preferido del día es llegar a casa y relajarse jugando con su mino yo, aunque ya no es tan mini cuando lo deja escapar de los gayumbos y lo atrapa con la mano.

Con su mirada romperá corazones, pero tiene un pirulón que rompe culos. Aunque con sus colegas se las da de empotrador, a solas sabe cómo disfrutar de todos los placeres de su cuerpo. Se sienta en el sofá y mientras se la zurce con una mano, la otra ya la tiene con los dedos introduciéndose por la raja de su culo y alguno que otro más juguetón metiéndose un poco más hasta el fondo.

Sus colegas todavía no están preparados para escuchar en los vestuarios el placer que da explorarse el ojete. Que seguramente alguno lo haga como él, en silencio y a solas, pero nadie lo confiesa. Tiene los mofletes sonrojados del calor que empieza a hacer en el salón. Gime como una putilla. Casi le da tanto o más placer meterse un dedo por el culo que masturbarse la polla.

No es consciente todavía de la cantidad de tios que están por él, de los que intentan esconder una erección repentina estando en las duchas, cuando le ven agacharse a por el gel, su culo en pompa y entre sus piernas la polla y los huevos colgando. El chaval tiene una follada para perder el sentido. Eso es lo que piensan. Pero eso él todavía no lo sabe, porque nadie se lo ha dicho.

Tiene un juguetito bien guardado, una polla de goma casi tan grande como la suya. Algún día pedirá a un tio que se lo folle y dejará de ser virgen. De momento se contenta con ponerse a cuatro patas en el sofá y auto satisfacerse con su juguete preferido. Da gusto, mucho gusto. Eso ya no es un simple dedo juguetón, es un señor pollón. Para ponerse a tono y seguir con la fantasía, piensa en todos sus compis de equipo, uno a uno pasando por detrás y follándoselo.

Termina gozándola con la espalda apoyada en el sofá, abierto de piernas, a base de paja y dildo. Los gemidos se intensifican, algo viene ya, echa la cabeza hacia adelante y disfruta viendo salir de su polla un rico lefazo que le deja los alrededores del ombligo llenos de esperma. Segundos de placer le siguen, disfrutando del simple hecho de ser hombre y poder cascarse una paja. Esa felicidad, esa sonrisa involuntaria de placer. De la excitación se había metido la polla de goma entera. Ahora, más relajado, sacársela duele.

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