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Ralf Popu se divierte con su grueso pollón en la habitación del hotel | Bentley Race

Ben no podía sacarse de la cabeza una imagen que se le quedó grabada hacía ahora casi un año, cuando Ralf Popu hundió su polla entera dentro del fleshjack aplastando los huevazos contra la goma. El soniquete de la fricción casi le hizo soltar la cámara y ayudar al chavalín, que recién cumplidos los dieciocho le escogió a él para mostrar sus encantos, a terminar la follada.

Los chavales como él crecían rapidito. En cuestión de meses se había hecho todo un hombrecito, con su misma cara risueña, divertido, muchas ganas de sexo, la misma gorda pollaza entre sus piernas pero un cuerpecito más delgado, musculoso y definido. Ben adoraba fotografiar de frente esa carita tan atractiva enmarcada en mostacho y barbita de varios días.

Le dejó tumbarse en el sofá de la habitación de hotel, con los calcetos y los shorts puestos. Ahí estaba el tio, con las rodillas dobladas y la spiernas abiertas, enseñando el paquete de su gran huevera. Las bermudas se le abrían por los laterales y dejaban ver sus calzones apretaditos contra los muslazos. Se los quitó y se dejó sólo las bermudas puestas. Como buen provocador, le encantaba que otros hombres le miraran la entrepierna adivinando sus huevacos y su polla por los laterales de los pantaloncitos cortos.

Antes de enseñarla entera, la escondió por debajo de la camiseta. Después de formar una buena tienda de campaña, se encargó de marcar con la mano los cojones y la gorda porra por encima de la tela. Despojado de cualquier prenda que despertara más fantasías, comenzó a divertirse con su tranca, gruesa, muy dura y venosa. A punto estuvo Ben de volver a soltar el objetivo, alargar una mano y calzarla haciéndole una buena puñeta como se merecía.

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