Dante Colle y Jake Porter inflan a pollazos a Michael Jackman sin condones | Next Door

The Roommate Tour

Desde bien pequeños y debido al trabajo de sus respectivos padres, que se dedicaban a la compra venta de pisos y chalets, Dante Colle y Jake Porter habían recorrido innumerables vecindarios y viviendas. Compañeros de vida y de estudios inseparables, lo hacían todo juntos y cuando digo que todo, es todo, desde compartir ducha concienciados con el medio ambiente para no gastar más agua de la necesaria, hasta ayudarse con las gayolas, animadas con revistas guarras que escondían entre las páginas de los libros de mates.

Las pajas fueron la transición en su adolescencia, hasta que descubrieron el gustito que daba meterla en un agujero real y más calentito que el hueco de una mano. Jóvenes, atractivos y guaperas, descubrieron que su apariencia gustaba a muchos tios y se aprovecharon de eso en el instituto, donde en los descansos solían llevarse a los chicos del equipo de rugby a los baños para hacerles descargar toda la adrenalina.

Después de varios meses chupando, dejándose follar por los mismos rabos y metiéndola en los mismos culos, necesitaron nuevas experiencias y decidieron hacer la calle, no porque de repente se convirtieran en un buen par de putillas, que lo hacían de gratis por el puto morbo y las ganas, sino hacer la calle recorriendo casas, como hacían de peques, aprovechando los archivos de los portátiles de sus padres para localizar casas demasiado grandes para hombres solteros.

Nada les apetecía más que hacer compañía y provocar un confortable ambiente de lo más familiar. Así llegaron hasta el chalet de Michael Jackman con la intención de que les enseñara cómo eran las casas de ese vecindario. El tiarrón les sacaba media cabeza y tanto Dante como Jake, después de varias semanas, descubrieron que cuando un tio sobrepasaba los veinte, no tenía novia formal y tenía una casa grande, es que le gustaba follarse a todo bicho viviente.

No sólo habían ganado en conocimientos, sino también en experiencia. Juntos formaban un tándem perfecto y aprovecharon el momento en que les condujo hasta el dormitorio para ponerse uno a cada lado, sobarse los paquetes y mirar con ojos tiernos al nuevo miembro de ese futuro trío. De nuevo triunfaron. Michael miró con cara extrañada, pero en cuestión de segundos hincó las rodillas en la moqueta y se puso a comerles las pollas, pajeando una con la mano mientras se metía la otra en la boca.

Lo que les gustaba a estos dos emparedar a un tio con sus rabos, follándole el culo y dándole de comer por deñante y por detrás, mientras ellos se enganchaban a besos, esnifando el aliento de sus gemidos. Después les gustaba no dar respiro ni al culo ni a la polla del nuevo chaval, dejando que se sentara sobre sus piernas de espaldas, clavándose sus pollas a pelo y chupándole la pija mientras él saltaba sobre la minga de uno de ellos.

Buenos en mates y buenos en lengua, no se consideraban unos buenos dibujantes, pero cuando se les inflaban los huevos, sacaban las pollas del hueco donde la tuvieran metida y metían unos buenos brochazos de lefa, ya fueran sobre una carita nueva o desfilando por el cuerpo, la polla, los cojones y el culo de un buen machote. Una cosa estaba clara. No había dos tios con más follamigos que ellos en toda la ciudad.

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