Samuel O’Toole se casca un pajote frente al espejo y le mete de lefa | Next Door

Toning The Cock Muscle

Debo ser el único chico de mi clase que no se la casca mirando fotos de revistas porno ni vídeos en el móvil de páginas guarras. Es más, ni siquiera me hace falta cerrar los ojos y darle a la imaginación, porque lo que veo a través de mi ventana cada noche supera todo lo que yo pueda imaginar. Me preparo con lo básico, alguna prenda sucia para limpiarme cuando haya terminado, apago las luces y espero a que dé la medianoche, justo cuando mi vecino Samuel O’Toole llega de trabajar del gym.

Se encienden las luces en el chalet de enfrente y entonces se me acelera el corazón. Tengo unas vistas privilegiadas. El cabrón tiene algo que me la pone durísima. Quizá no sea el tio más guapo del planeta, pero tiene un atractivo especial que me pone cachondo. Ojazos, cejas abundantes, nariz grande, ese corte de pelo dejándose unas patillas gordas. Debería haber supuesto la primera vez por qué todo en ese tio era tan grande a simple vista.

Hoy lleva una camiseta ceñida gris de tirantes que me dejan verle los sobacos peludos cuando se pone a hacer ejercicios en el salón. Cierro los ojos y me la empiezo a cascar rápido. Podría correrme ahora mismo pensando que los esnifo como un auténtico cerdo. Le gusta mirarse al espejo mientras ejercita músculos, pero lo que más me gusta es cuando acaba, cuando hace posturitas viendo el resultado de su esfuerzo, cuando se levanta la camiseta y dejo salir a las nenazas que llevo en mi interior, todas gritando a la vez como putas al ver ese torso musculoso, varonil y perfecto. Cuando se lo miro, lo único que quiero es abrirme de piernas delante de él y que me empotre hasta el fin de los días.

Se sube un poco más la camiseta mostrando los pectorales y las tetillas. Los vaqueros se le han caído un poco por la cintura y queda a la vista la goma de sus calzones bien ceñidos a la cintura. Está buenísimo y muy sexy. Se quita la camiseta por completo y me vuelvo loco mirando su cuerpo. Va tocando acabar la paja, antes de que se retire a la ducha donde yo no tengo privilegios. Porque cuando acaba de ejercitar y mirarse, suele irse. Suele.

Hoy no, hoy se queda frente al espejo más de la cuenta y se empieza a tocar. Pestañeo varias veces para ver si es real y me pongo a doscientos. Acaba de desabrocharse los vaqueros y se está metiendo las dos manos por debajo tocándose el paquete. Se quita las zapas y se baja los vaqueros por las rodillas dejando a la vista los gayumbos ceñidos a un hermoso culo, al culazo más hermoso que he visto jamás en mi vida y ahora su mano se mete por debajo de los calzones amasando su polla. Paro de zurcírmela para no correrme antes de tiempo.

Libre de tanta ropa, con una mano sigue amorcillándose el rabo y con la otra se toca su musculoso cuerpo, sin dejar de mirarse al espejo y gustarse a sí mismo. Se la saca y veo que hace un doble esfuerzo sacándose las pelotas, como si le pesasen de lo grandes que las tiene y me quedo con la boca abierta, babeando. Incluso teniéndola todavía flácida, es lo más impresionante que he visto jamás.

Menuda caída de polla, larga y gorda, completamente descapullada. Mientras va andando hasta el sofá, le rebota sobre los enormes huevos. Se sienta en el sofá de cuero y entonces toda esa masa entre sus piernas toma asiento también. Juraría por un momento que ha alzado la vista y ha mirado hacia arriba, hacia mi ventana.

Empieza a masturbarse su enorme miembro y puedo ver cómo crece de forma exponencial ante mis ojos. Ahora ya es cuatro veces más grueso y dos veces más largo. La polla más grande y bonita que he visto en mi puta vida. Su capullo es simplemente espectacular, gordísimo. Sé que si se la chupase, se me llenaría mi pequeña boca ya solo con eso.

Su pollón es ahora un gigantesco cilindro que se eleva hacia el techo, tan exageradamente gordo que hasta a él le cuesta ceñirlo por completo con el puño. Mientras se la casca lentamente, de vez en cuando veo un pequeño destello iluminando la raja de su cipote. Aprecio que se amasa con fuerza la parte alta del rabo, hasta sacarse una gota de precum.

Quiero correrme vivo. Casi puedo saborearla en mi boca, cuando pone la yema de su dedo índice en la raja del cipote, lo levanta llevándose consigo una deliciosa hilera de miel de néctar de hombre y lo vuelve a bajar lubricándose todo el capullo, sigue sacándose más miel, ahora con el dedo índice y el pulgar, intentando atrapar otra gota, cambia de mano y con el pulgar masajea su cipotón mojado.

Se levanta y la deja caer mirando su tamaño. Menudo macho y menudo pollón se gasta. Es tan grande que no puede permanecer recta en ángulo de noventa grados. Con un movimiento de caderas, la menea de lado a lado y yo salivo como una perra en celo. Se da la vuelta, sube un pie al sofá y agacha la espalda. Ya había visto antes su culazo por encima de los calzones pero ahora me vuelvo loco al observarlo desnudo. Es algo peludete, redondito y enorme.

Pone su mano izquierda sobre el muslo, la derecha empieza a trabajarse la polla que le cuelga enorme entre las piernas. No se la masturba, se la ordeña. Aprieta fuerte del rabo hacia la punta y una hilera brillante de esperma cae al suelo lentamente, descolgándose de su cipote. Imagino cómo debe tener de cargados esos enormes huevazos.

Vuelve frente al espejo. Su cara demuda en un gesto de dolor y gusto, su frente se arruga, incrementa el ritmo de la paja. Acerca su polla masturbada al espejo y lo lefa con unos abundantes chorrazos cortos de leche caliente y espesa. Parte del cristal queda empañado por las hileras de semen cayendo hacia abajo. Acerca el cipote al espejo y se lo restriega contra él. La lefa se va acumulando en el borde inferior de madera. Pienso en lo más cerdo que se me viene a la cabeza y le acompaño en la paja, en esa y en todas las que están por venir cada medianoche.

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