William Seed y Harrison Feels se follan sin condones el acojonante y redondito culazo del guardabosques Mike Monroe | Raging Stallion
Shore Things
La vida en el lago, la vida feliz. William Seed no sabía lo que era la felicidad hasta que llegó a esas tierras rebosantes de naturaleza. La soledad le hacía bien, le acariciaba el corazón y era él el que escogía a sus amigos, buenos vecinos que no molestaban demasiado. Si acaso el único que tocaba un poco las pelotas, pues ese era su oficio, era el guardabosques Mike Monroe, que en cuanto Will salía a pescar en canoa, el tio estaba al acecho, asegurándose de que se usaran cañas de pescar y anzuelos ecológicos y no se pescaran pezqueñines.
Con el tiempo, William había aprendido a pillarle el punto. De hecho creyó que le gustaba al guardabosques, porque de todos los pescadores de la zona, qué casualidad que siempre acababa vigilándole a él. A ver, Will no era creído ni nada de eso, pero joder, solo le hacía falta mirarse al espejo para saber que estaba cañón, que tenía un cuerpazo, era guapo y atractivo, tanto como para enamorar a cualquier hombre.
Para comprobar si a Mike le iban los rabos, William contactó con su buen vecino Harrison Feels. Algo le decía que ese día, como tantos otros, el guardabosques querría echar un vistazo al material que guardaba en el garaje, así que le dijo que estuviera preparado y que luego hiciera lo posible por camelárselo. Podría haberlo hecho él, pero antes quería ver si Mike picaba el anzuelo con alguien que a todas luces era irresistible, negrazo, fuerte, con buenos labios y pollón. Si a Mike le iban las pollas, no podría resistirse a una grande, larga y negra.
Lo mejor para William fue tener que hacerse el sorprendido cuando pilló al guardabosques comiéndole el tronquito al negrazo, que ya estaba completamente desnudo, dispuesto para la acción. Se acercó a Mike y rozó su paquete contra su brazo, su hombro. Sintió la miradita del chaval, lo mucho que le gustaba que le hicieran eso, así que se bajó los pantalones y le puso un segundo rabo a tiro.
Dios le librase de comparar tamaños, que cuando uno se la medía junto a alguien como Harrison, salía perdiendo, pero Will estaba orgulloso de su verga, más larga que la media de hombres, gordita y afortunadamente tan jodidamente dura que se le empinaba hacia arriba del todo. Juntos desnudaron a Mike, que resultó tener un increíble torso musculadito, con hombros redondeados y un buen bosque en los pectorales. También ahí abajo.
De rodillas, siguieron dándole rabo. Polla blanca o polla negra, por qué no las dos. Mike las cogió con cariño, las acercó a su boca y plantó los cipotes sobre su lengua, paseándola por ellos, empapándolas de saliva. Le encantaba que dos hombres lucharan por meterla dentro de su boquita.
Si el torso de Mike era divino, su culo era una obra maestra de la ingeniería de la naturaleza. Qué cosa tan bonita. Redondísimo, blanquito, con pelitos suaves y negros recorriéndolo por todas partes. El primero en explorarlo fue Harrison, que nada más plantar sus manazas negras y varoniles en esas nalgas, sintió en todo su ser un amor secreto y fantasioso.
Se puso en pie y disparó primero, metiendo su enorme polla negra sin condón por el interior del ano del guardabosques. William, que en ese momento estaba dando de comer rabo a Mike, se inclinó para ver cómo Harrison la metía. Luego le miró a los ojos, preguntándole sin palabras si le gustaba la textura de ese culazo. Tampoco recibió una respuesta verbal, pero en la cara de Harrison se veía el gustazo que sentía.
Le apremiaba dar la vuelta al chaval y follárselo él también. Cuando tuvo el culo a tiro le recordó al momento previo a abrir los regalos de reyes, pura fantasía. Ese culazo era mejor y estaba más rico cada vez que lo miraba. Fue fácil meterla a pelo, porque Harrison había allanado el camino. Era una regla no escrita entre hombres cuando varios perforaban el mismo agujero, que el que la tuviera más grande fuera el primero para dejar luego vía libre a los demás.
Si algo caracterizaba a William era su forma de follarse a los chicos. Se podría decir que él no era de esos hombres que van con cuidado y que le lo hacen a fuego lento, que también sabía hacerlo. No, él si se ponía, se ponía en serio y le encantaba dar el doscientos por ciento, dar por culo con toda su fuerza, taladrar, destrozar. Machacó el culazo de Mike usando todo el poder de su cuerpazo musculoso.
Esta vez, cuando Harrison volvió a tomar el mando, William no se apartó de su lado. Quería ver cómo otro tio la metía, estar ahí con su rabo para rozar el culo del guardabosques, acariciárselo con su minga, pajearse. Además, estar uno al lado del otro les permitió intercambiarse más a menudo, primero tú, luego yo, rabo blanco, rabo negro, perforando el orificio de ese joven zagal que tenía un cargo demasiado alto e importante para su temprana edad.
Llovía ahí fuera, las gotan tintineaban contra el agua del lago. Lo estaban haciendo sobre la mesa, con la ventana abierta. William se tumbó y Mike se sentó sobre su polla, saltando y meneándosela con ese pedazo de culo. Enseguida Harrison ocupó su lugar y comprobó la valía del chico. William no se había dado cuenta, pero se la estaba pelando encima de Harrison, con su cabeza entre las piernas.
Cosas que pasan cuando se está follando, que los roces de pollas entre hombres son inevitables. Tentó un poco a la suerte cuando dobló un poco las rodillas y plantó la huevera a Harrison en el entrecejo, masturbándose, rozando con el puño su nariz y su boca. Como respuesta, Harrison le agarró por los muslos y le invitó a bajar un poco más para poder chuparle la minga y las pelotas.
No llegó a mucho más, pero aquello sembró una semilla importante en su amistad, abriendo nuevas vías. Lo olvidaron de momento y se dedicaron a completar el trabajo con el guardabosques, poniéndolo sobre la mesa de lado y follándoselo. Como no podía ser de otra manera, William reventó de gusto en el culazo, depositando su semen en él.
Ver esas nalgas grandiosas, peluditas, despampanantes, con su leche encima, le puso tan cachondo que acabó penetrando una vez más al chaval. Harrison eligió lefarle la cara. El cabrón cerró los ojos justo al ir a correrse, por lo que la lefa salió descontrolada, dejándole la mayor cantidad de semen en el pelo. Tumbado sobre la mesa junto a la ventana, con el culete mojado y gomina en el pelo y la cara, Mike se rebajó la polla. Tenía las mejillas sonrojadas cuando se incorporó. Había disfrutado mucho. Al ver a esos dos maromos tan interesados en él, se dijo a sí mismo que les dejaría vía libre para pescar, pero les tendría muy controlados, para vigilar de vez en cuando sus utensilios y toda la pesca.
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