Erik Thrust cumple su sueño húmedo tragándose el pollón negro de Harrison Feels por la boca y por el culo a salvo en la cabaña | Falcon Studios

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La lluvia les había pillado en mitad del campo, justo volviendo hacia la cabaña. A pesar de separarles de ellas menos de doscientos metros, llegaron empapados, sobre todo Erik Thrust, que nada más entrar por la puerta se quitó la camiseta con una doble intención, una porque si no lo hacía iba a coger frío y algo peor, el segundo motivo porque haciendo esto quizá conseguiría que Harrison Feels le siguiera los pasos, se la quitara y pudiera ver su alucinante y fornido torso de negraco potente.

Dos cosas se preguntaba Erik al calorcito de la chimenea y dejándose procurar los cuidados de Harrison, que a pesar de ser un tio grandullón, era todo un padrazo y ya estaba empezando a quitarle las zapas y los calcetines después de echarle su propia camiseta por encima del hombro: por qué bajo la misma lluvia parecía haber gente que apenas se mojaba los hombros mientras que otros terminaban calados hasta los huesos en cuestión de segundos y si Harrison haría honor a su raza y tendría una cacho pollas de esas gigantes que casi no te caben en la boca.

Aparte de quitarle la ropa para que se secara, Harrison le dio un masaje por la espalda. Dios, qué manos, pensó Erik al sentir su calor y esas manazas grandes masajeándole el cuello. No fue lo único que sintió, porque de repente notó algo duro por detrás del hombro izquierdo. Giró la vista y vio que con tantos cuidados y tanta caricia, Harrison estaba empalmado por debajo de los vaqueros y no quedaba duda por la forma del paquete, que cargaba con todo el peso a la zurda.

Al verlo, Erik empalmó también al instante y tuvo que recomponerse el rabo dentro de los calzones. Sin saber muy bien qué esperar de todo eso, Erik alzó la vista hacia Harrison, se miraron a los ojos y detectó en él el mismo punto de «qué hostias, estamos aquí dos tios solos en una cabaña perdida en el monte, empalmados, con ganas de hacer cositas, disfrutemos de nuestras colas«.

No hizo falta decirle nada, se bajó los vaqueros dejando claro que no llevaba calzones y la minga negra, larga y gordita salió rebotando, acariciando el hombro de Erik, que se la cogió con la mano y, después de deslizar la lengua por su cipote rosáceo, la engulló para hacerle una buena mamada. Se la estaba chupando a un negrazo, el sueño de todo hombre. Cada vez la sentía más dura y más grande en la boca y al tacto. La separó de su cara para verla en toda su grandeza. Así que así se sentía uno al tener delante un pollón negro como es debido, como una putilla incapaz de controlar su líbido.

En cuestión de segundos la polla se le había puesto durísima. Ya no era ni la sombra de aquella que le acarició el hombro al salir de su encierro, que ya era grande entonces, ahora era mayúscula, estaba toda empalmada y había ganado en longitud y grosor, convirtiéndose en una de esas que a duras penas te cabe en la boca. Pero Erik la abrió a tope para ese jamelgo.

La de veces que había visto en las porno a esas tias rubias con tetas enormes tragando rabos negros gigantes por todos sus orificios. Por supuesto que Erik no lo veía por ellas, sino para ver esas mingazas enormes y dichosas que escapaban a la comprensión humana en lo que a tamaño de pene se refiere, entrando por agujeros que eran imposibles. Erik se levantó, dio la espalda a Harrison, se bajó los calzoncillos, se inclinó un poco hacia delante apoyando las manos en los reposabrazos del sillón que tenía enfrente, separó ligeramente las piernas y esperó impaciente a comprender por fin que sentía cada una de esas bellezas rubias de las pelis cuando un negrazo se la mete.

Pues un poquito de dolor, pero hay tanta hambre que el ojete la recibe con gusto y sobre todo la sensación de que te están metiendo por detrás lo más grande, que jamás nadie te ha abierto tanto el agujero ni llegado tan hasta el fondo. Todo eso sintió Erik y mucho más. Le gustó que Harrison se comportara como un perro en la cama, sin mantener las formas, palmeándole el culo de vez en cuando, arrreándole, dejándole la marca roja de sus manazas en el pompis, dándole duro pensando en su propia satisfación.

Cuando Harrison tomó asiento en el sofá, Erik fue detrás a sentarse sobre sus piernas, a clavarse su polla desnuda sintiendo dentro de él toda esa erección bien ajustada dentro de su ano. Le cabalgó de frente, dejando que Harrison marcara un poco el ritmo con sus manos grandes agarrándole las nalgas, subiéndole y bajándole para que se tragara todo su pene.

Ni qué decir que era tan grande que no le cabía entera ni por la boica ni por el culo. Todo hombre tenía un tope y el suyo con ese rabo había llegado a su límite, al menos de momento, porque con lo que a Erik le gustaba el porno, había llegado a ver cosas increíbles, a tios que se habían tragado lo inimaginable. Esperó ser uno de ellos, que el roce hiciera el cariño y llegara a rozar con la parte interior de las nalgas sus dulces pelotillas, pelotazas.

Miró hacia abajo. Harrison hizo lo mismo. Los dos fijaron la vista en la misma parte. Erik también la tenía super dura y apretada contra el torso de hierro de Harrison. A cada saltito, la fricción entre su cuerpo y el de él le hacían un buen pajote por presión. Su polla blanquita y rosácea destacaba toda empinada contra ese torso negro, masculino, poderoso, musculado, sudado.

Con la comida no se juega. Cuántas veces le habían dicho eso a Erik de pequeño, pero cuando Harrison le abrió de piernas encima de la mesa del comedor y le penetró a conciencia con toda esa pollaza sin condón, no se quejó. Qué pedazo de polla. Le estaba dejando los alrededores del agujero rojizos. Erik se cogió la cola y se la zurció a pajotazos. Con la polla de ese negrazo dentro del culo, gimió de placer y se deshizo como la mantequilla cubriéndose el costado y el muslo izquierdo con la nata montada de los cojones.

Se la había dejado suelta y le descolgaba un chorrete de lefa por la punta al mirar a Harrison, que estaba sonriente y seguía follándoselo, todavía con batería suficiente como para seguir varias horas más sin cansarse. Por mucho que pudiera aguantar, era de recibo que si un tio se corre, tú le sigas los pasos. Harrison comprendió su situación y aceleró el ritmo de la penetración fatigando la polla a toda hostia dentro de ese agujero, empujando sin compasión.

Por un momento Erik pensó que le iba a preñar, cosa que no le hubiera importado que hiciera. Pero no, Harrison sacó su miembro justo a tiempo para verter toda la leche sobre el muslo uniéndola a la suya. Abierto todavía de piernas, corrido, Erik no podía dejar de mirar el cuerpazo potente de Harrison, el tamaño de su cola empinada soltando lefa. Era casi hipnótico. Estaba lloviendo fuera y acababa de llover dentro.

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HARRISON FEELS & ERIK THRUST TRAILER «HAPPY CAMPERS»

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