Metí en mi cama a un chaval de Burgos y le dedeé el ojete de su culazo hasta que se corrió encima
Corría el año 1997 en pleno mes de mayo, ferias. Durante esa época había dos formas básicas de comunicarse con las personas que no estaban en tu ciudad si no podías permitirte viajar, por teléfono, fijo, que todavía no se habían comercializado en masa los móviles a precios baratos y los que había eran unos ladrillos de la leche, y por carta.
A día de hoy pienso cómo podía sacar tiempo entre los estudios y mis aficiones para escribir e intecambiar decenas de papeles manuscritos a boli, pero lo hacía. Tampoco puedo entender ya la vida sin tener una comunicación real y al instante, cuando antes tenías que esperar mínimo entre tres días y una semana para saber del otro. Eso sí, la ilusión de ver una carta con sello en el buzón y abrirla, no me la quita nadie, cosas que sólo vivimos los que ahora disfrutamos de los nuevos veinte.
Habrían de pasar todavía cinco meses para que tuviera mi primer ladrillo, tres años largos para que me decidiera a viajar y conocer a esa gente con la que llevaba carteándome años, pero antes de todo eso, fui yo el que recibí la visita de uno de ellos, un chaval de Burgos bastante guapo al que daré en llamar Diego, si me lo permitís para mantener su intimidad.
Ni siquiera avisó, sonó el telefonillo, lo cogí, me dijo su nombre y no caí en la cuenta hasta que no soltó la coletilla «el de Burgos«. Bajé y subí con él en el ascensor con nervios y sin saber muy bien qué decirle, igual que en nuestras cartas, cortitas y con las palabras justas. Al subirle a casa no sabía muy bien cómo presentarle: «un amigo de Burgos«, dije, como si eso lo explicara todo, cuando yo era el ser más solitario sobre la faz de la Tierra.
Por suerte Diego, con el carisma que protege a todo niño de a bien, con su apariencia de chico bueno, del novio perfecto para las hijas, supo ganarse el cariño de mis viejos cuando sacó de una bolsa unas morcillas típicas de su tierra. Todo lo que ocurrió después está algo borroso en mi cabeza. No sé de qué hablamos, qué hicimos, más allá de que esa noche fuimos a las ferias junto con mi prima y otra chica y que durante toda la noche, por más que mi prima intentaba meterle con calzador a la otra chica, él volvía a mi lado.
Sacó de una de las bolsas unas morcillas típicas de su tierra
Lo que sí recuerdo perfectamente es esa noche tras volver de las ferias. Le dejé mi habitación para dormir y yo me fui a otra. En mitad de la noche se abrió la puerta de la habitación. Estaba allí de pie. No te voy a negar que me asusté, pensando en quién habíamos metido en nuestra casa. Le pregunté qué pasaba. Me contestó que estaba buscando el baño. ¿El baño? Qué extraño, si ya sabía dónde estaba el baño.
Entre lo dormido que estaba, las señales que no había visto durante nuestro garbeo por las ferias y que yo para las relaciones soy un fracaso, no me di cuenta. Me levanté y le señalé que tenía el baño justo detrás. Entonces se acercó a mí, me miró fijamente y nos quedamos cara a cara sintiendo nuestra respiración. Diego tragó saliva antes de atreverse a tocarme el paquete.
Ahora todo tenía sentido, que huyera de la otra chica en las ferias, que hubiera ido a conocerme sin ni siquiera avisar, con ganas de algo más, incluso la morcilla tenía sentido. Cerré la puerta para que no escucharan mis padres y le sondeé acercando todavía más mi cara a la suya, dirigiendo mi mirada de sus ojos a sus labios. Nos besamos, todo a oscuras, le puse contra la pared y me flipé con sus labios. Besaba rico el chaval.
Tragó saliva antes de atreverse a tocarme el paquete
Lo llevé a la cama y le bajé los calzoncillos boxer que llevaba. Mi mano fue por instinto a tocar su polla morcillona, sus huevos, se me abrió de piernas y me deshizo por completo cuando me mostró ese culazo. Mi rabo estaba preparado para meter, pero ni un condón por casa, no al menos que yo supiera, y mi mente tampoco estaba preparada para ese momento, en plena adolescencia, habiendo escuchado tantas cosas acerca de hacerlo a pelo, por eso decidí hacerlo a mi manera.
Me puse encima, le pasé un brazo por el cuello atrayéndolo hacia mí y me quedé pegado a su cara frente con frente, le puse la otra mano en el culo y empecé a dedearle. Le tapé la boca en cuanto empezó a gemir. Me hubiera encantado que estuviéramos solos, dejar que expresara abiertamente el gusto que sentía, pero no estábamos solos. Igualmente me encantó su mirada fija en la mía, aprobando cada movimiento de mis dedos dentro de su ano.
Empecé a dedearle. Le tapé la boca en cuanto empezó a gemir
Unos pocos minutos fueron suficientes. Noté su polla dura y caliente frotándose contra mi antebrazo. Se corrió sin manos, desperdigando su semen entre los dos. Le saqué el dedo del culo. Un poco sudados y excitados, nos tomamos unos segundos para recapacitar sobre lo que había pasado. Le di un beso de buenas noches, él se levantó y fue a recoger los boxer que estaban por el suelo. Vi la silueta de su precioso culo antes de que abriera la puerta y se marchara de nuevo a mi habitación.
Al día siguiente se marchó y no volví a verle más. El chico de Burgos había venido a casa con un propósito, más caliente que un churro en la sartén y yo no había visto las señales que me lanzaba hasta que las tuve enfrente y bien claras. Las cartas se fueron diluyendo en el tiempo y que yo me largara a la Universidad hizo que no tuviera tiempo para nadie. No sé si Diego se marchó contento, si era o no lo que esperaba. A mí ese momento de mirarnos y provocarle placer me puso cachondo, pero sí, me hubiera gustado metérsela, follarme ese culazo y mandarle a Burgos con otras sensaciones. Sólo espero que ese encuentro nocturno lo disfrutara.
No supe ver las señales hasta que las tuve enfrente









