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Mi malote me desvirga y me da por culo en los vestuarios del gym en mi dieciocho cumpleaños

Anoche en mi cama se acostó un adolescente y hoy se ha levantado todo un hombrecito. Ayer tenía 17 y hoy me he levantado, igual de empalmado que todos los días, pero con la mayoría de edad cumplida. Miro a través de la ventana de mi habitación y todo lo veo con distintos ojos, como si fuera algo más libre que ayer. Levanto con el pulgar la goma de los gayumbos y lanzo un silbido de júbilo al ver mi polla tan grande. Ella tiene ganas de ser utilizada y yo estoy deseando sacarla a pasear. Presiento que los días de pajas delante del ordenador están a punto de acabar y de dar paso a algo más grande.

Me llamo Javi. Como ya sabes acabo de cumplir los 18 y, al igual que mi rabo, mido más en todo que la media de los de mi clase. Mis amigos dicen que suelo vestir muy al estilo Cayetano, vamos, lo que se diría muy pijito, con mi camisa de manga larga arremangándome los puños hasta poco antes del codo y pantalones de pinzas que me lo marcan todo muy bien, mi culito y mi estupendo paquete. No soy mucho de hacer deporte pero, al estar tan delgado, por poco que haga enseguida se me marca músculo. Es lo que tiene estar en plena edad de crecimiento. Es lo que tiene estar convirtiéndome en un hombre.

Siempre me he considerado un chico muy tímido y con preferencia sexual por las chicas, aunque no voy a negar que algunas veces me han puesto bastante cachondo algunos compañeros del colegio, sobre todo cuando tocaba educación física. Esos días siempre iba con la bolsa de deporte, para poder cambiarme y luego ducharme en los vestuarios.

Desde primeros de año me cruzaba cada lunes, miércoles y viernes con un chico que había repetido curso. Se llamaba Jordi. El tiarrón tenía una complexión tan fuerte que me sacaba un palmo por cada lado. De no ser por mi altura, podría haberme parapetado detrás de su cuerpo en cualquier momento. Jordi era el típico malote de clase, repeinadito, engominado, rapado por los lados, con los pelos en punta, ojos de color verde intenso y toda una rata de gym, de los que se machacaba en el gimnasio día sí y día también, invirtiendo ese tiempo en darse el culto al cuerpo en lugar de estudiar. Así que ya sabéis por qué repetía.

Como los de su especie, pese a ser un poco gilipollas cuando estaba con sus amiguetes, a solas se convertía en un tio encantador. Has estado en un instituto y lo sabes, sabes que a pesar de estar todos juntos hay clases y clases y los de mi clase no se juntaban con tios así de rudos. El único momento en que cruzábamos alguna palabra era en el vestuario mientras nos cambiábamos de ropa.

El día de mi dieciocho cumpleaños tardé mas de la cuenta en salir de las duchas. Lo hice con la toalla anudada a la cintura, y con otra secándome la cabeza. Tras secarme la cabellera y levantar la vista, vi que Jordi estaba ahí solo, en uno de los bancos de la pared cerca de la sauna, mirando el teléfono, sin camiseta, sin pantalones, solo unos calzoncillos rosa chicle de Calvin Klein que dejaban entre poco y nada a la imaginación. Se podía ver perfectamente la silueta de su capullo bien marcada en la huevera. La bolsa con mi ropa estaba justo a su lado y no me quedó más remedio que sentarme cerca, tanto que se rozaron nuestros muslos.

Pensaba que no había nadie– me dijo.- ¿Cómo que aún sigues aquí?

Duchandome. No me gusta vestirme recién sudado, aunque de aquí me vaya directo a casa. ¿Tu que haces aquí?

Nada. Los imbéciles de clase, que no me apetece encontrármelos en la puerta.

¿Y eso?– le pregunté.

Me han visto los apuntes de clase, con muchísimas faltas de ortografía, y ahora no hacen otra cosa que descojonarse de mí.– Mientras me lo contaba, asentí y entendí por todo lo que estaba pasando, por todo lo que los gilipollas de sus colegas me hacían pasar a mí todos los putos días.- Dicen que hasta los de tercero de primaria escriben mejor que yo y todas esas mierdas, y la verdad es que me han tocado mucho la polla.

Cuando dijo la palabra “polla” no pude evitar echar un vistazo a su entrepierna. Me di cuenta de que se había coscado, pero no le di mucha más importancia. Intenté consolarle igual que me hubiera gustado que alguna vez él hubiera hecho conmigo cada vez que sus colegas se reían de mí.

Mira– comencé a decir-, los conozco desde que tenía tres años, y en este colegio parece que no gusta la gente que saca malas notas. Ponte las pilas. Yo si quieres te puedo echar una mano… obviamente no te voy a cobrar.

¿Me lo estas diciendo en serio?– me miró y exclamó algo entusiasmado.

Lo cierto es que no supe identificar si le molestaba lo que le había dicho o si se alegraba. Sólo sé que se puso de pie y dejó justo a la altura de mi cara ese monstruo que intuía que tenia entre las piernas, su enorme paquetón con el cipote bien dibujado. No iba muy desencaminado.

Claro– dije-, lo único que quiero es que pongas de tu parte un mínimo de compromiso. No voy a estar explicándote las cosas mientras tú te tocas los huevos a dos manos.

Jordi soltó una carcajada y, mientras me levantaba del banco en volandas para darme un abrazo de agradecimiento, tuve el segundo presentimiento de mi gran día, uno en el que intuía que mi relación con el que fuera uno de mis mayores enemigos del instituto estaba a punto de cambiar para siempre.

Con la efusividad del abrazo, la toalla se me cayo al suelo. Mis manos habían ido a parar a su culo con la intención de agarrarme a algún sitio y si alguien hubiera salido por sorpresa de las duchas en ese momento se habría quedado de piedra. Yo, completamente desnudo, los dos abrazados, y por si eso no era suficiente, mis 17 cm de rabo empezando a ponerse contentos entre sus piernas, ahora sosteniendo los huevazos de su paquete…

Joder tio– me empujó separándome de su cuerpo-, ¿hace mucho que no te la cascas o es que eres marica?

Yo sabia que no era marica, o eso pensaba. Me puse rojo como un tomate y empece a tartamudear.

N-nn-no sé que me ha pasado…

A ver, tio, que si eres marica tampoco pasa nada.

Tú eres tonto– intenté desviar su atención- cómo voy a ser marica. Aparte, si lo fuera, ¿por que crees que me gustaría un tio como tú?

No sé Javi– me contestó-, pienso que estoy bastante bueno, y además, esto– continuó señalando sus abdominales- es lo que hace que todos los coñitos se derritan en cuanto lo ven.

Entonces se bajó los calzoncillos, dejando al aire una polla aun pegada a sus pelotas por el sudor del ejercicio, una que no debía bajar de los 14 cm cuando estaba totalmente desinflada. Un olor muy fuerte, ese que cualquier tio reconocería al instante, ese que sale de entre la polla y las pelotas cuando te quitas los calzones después de varias horas, inundó mis napias y mi polla se puso durísima de lo cachondo que me puso.

A ver– repitió Jordi restándole importancia- que si eres gay no pasa nada. Ven aquí.

Me acerque a él pensando que me daría una hostia, pero en lugar de eso me cogió del cuello y forzó mi cabeza hasta dejar mi cara pegada a su polla.

No me hace gracia– mentí como un condenado.

Pero si estas cachondo perdido, pedazo maricón.

Cuanto más decía esa palabra, cuanto más me insultaba como si fuera una puta barata, más cachondo me ponía, no sabía cuánto.

Jordi coño déjame– volví a mentir.

Se le estaba poniendo dura y, madre mía, que preciosidad. Larga, venosa, circuncidada. Debía medirle por lo menos 20 cm, con unas pelotas perfectamente depiladas.

A ver– tuvo el valor de seguir hablando mientras me rebozaba su miembro erecto por la jeta- a mi me sabe mal que me des las clases gratis, así que te quiero dar algo a cambio. Ademas ahora no tengo ningún coñito para descargar y no me gustaría tener que cascármela, ¿aceptas?

Joder que si aceptaba, con los ojos cerrados. Pero ¿y si alguien se enteraba?

Por favor– me aseguré- nadie puede saber nada…

Javi, tranquilo…

En ese momento y con esa enorme polla a la altura de la cara, se la empecé a mamar. Jamás había chupado una polla, hasta ese día era virgen, pero todo surgió de repente, como si supiera lo que debía hacer en cada momento. El instinto masculino. Succioné, relamí y cuando intentó colármela por la garganta me dieron una cantidad de arcadas increíbles.

A ratos me la sacaba de la boca para coger aire. Otras veces, sin previo aviso, pegaba un caderazo y me la metía hasta que la mitad de su falo estaba a la altura de la nuez de mi garganta. En esos momentos me tapaba la nariz, para abrirla más e intentar meter esos gordos y relucientes cojones que el cabrón tenía colgando y que no paraban de joderme la barbilla con cada pollazo.

Al cabo de un rato noté que su mano descendía por mi espalda mientras yo seguía con su polla dentro de la boca, sin poder articular palabra, sólo gemidos. Sin avisar, sin pedir permiso, me metió uno de sus dedos en el culo. Mira que mis manos son grandes, pero para que sus dedos midieran en torno a los 11 cm anda que no tenia yo que correr.

Empezó a meterme mas dedos, dilaté rapidísimo de lo caliente que estaba. De repente me sacó la polla de la boca y me escupió en la cara. Creo que nunca saqué tanto y con tantas ganas la lengua de la boca como en aquella ocasión, ni siquiera el día en que recibí la primera comunión para que se viera bien en la foto cómo entraba la hostia consagrada. El gapo de Jordi entró de pleno.

Joder, para no ser gay, no lo estas pasando nada mal, ¿eh?

Jordi– hice un breve silencio para tomar aire digiriendo el gazapo-, ¿puedo pedirte algo?

No me la vas a meter si es lo que quieres, no soy un marica como tú.

Tranquilo, eso quiero que lo hagas tú – le dejé claro-, ¿te puedo comer el ojete?

Puaj, me da cosa– dijo con cara de asco- aparte tengo la raja del culo bien sudada.

Y te dejo que me hagas lo que quieras– hice incapié en ese “lo que quieras“, dejando claro que podía hacerme cualquier cosa, dejándome llevar por lo excitado que estaba.

¿Seguro?– preguntó medio decidido.

Joder, ¡sí! ¡Pedazo cabrón, déjame comerte ese culazo de futbolista que tienes!

Aunque me dejé llevar, el efecto de mis halagos hacia su bonito trasero tuvo su recompensa. Los tios como él que presumían de cuerpo, se dejaban regalar los oídos muy fácilmente. Jordi, algo reticente todavía, se fue dando la vuelta sin dejar de mirar hacia atrás, lanzándome antes una advertencia.

Tírale, y procura no meter ahí nada, eso es solo de salida, ¿entendido?

Cuando se giró vi que no tenía nada de pelo en el culo, igual que en las bolas. Me pareció raro, pero no le di mayor importancia. Abrí con sumo cuidado esas nalgas durísimas, como un delicado regalo de porcelana y metí la nariz en su ojete sudado. Se lo esnifé y hasta mis oídos llegó un jadeo. Era una buena señal. Por muy reticentes que fueran algunos tios, a todos nos encantaba sentir placer en el agujero del culo, iba en nuestra naturaleza. Comencé a lamer ese precioso culazo blanquito y duro. A pesar de que me advirtió de que no metiera nada, le reventé el ojete con la lengua, y me tiré chupándoselo como unos veinte minutos, hasta que se dio la vuelta y me dijo que quería follarme.

Sí, por favor, hazlo y te dejo que te corras dentro.

Al decirlo, los ojos se le abrieron como platos. Era algo que yo podía ofrecerle y una tia no, por mucho que con ellas se pusiera un condón.

¿Quieres fuerte?

Sí.

En ese momento el Jordi que yo conocía volvió a ser el mismo de la calle, el mismo despreocupado, borde, duro, malote de barrio que era estando con sus colegas. Noté su glande húmedo contactando con el agujero de mi culo, la mezcla de su precum y mi saliva. Unos segundos después, sus huevos golpeaban mis pelotas y un dolor que jamas había sentido antes me daba a la vez un placer imenso. No podía pedirle que parase. Al cabo de unos pocos minutos empecé a correrme sin control, sin tocarme, tan sólo por la excitación de tener semejante tranca partiendome el culo en dos, algo rozando mi próstata por primera vez.

¿Ya te has corrido?– preguntó con su polla todavía dentro de mí.

No podía más– contesté mirando hacia atrás, mirándole fijamente a los ojos, pasando mi mano sutílmente entre mis piernas y rozando hábilmente con mis dedos la bolsa de sus pelotas y el agujero de su rico culito. El efecto de mis caricias fue inmediato.

Me vengo, ¡ya!

El cabrón se había tomado al pie de la letra lo de la preñada. Noté cómo se le hinchaba el capullo y llenaba todo mi recto de leche. Cuando me la sacó, mi ojete chorreaba su esencia de macho que comenzó a resbalar entre mis piernas. Se acercó y se puso delante de mí para que se la limpiase. Se la dejé impoluta.

Tío, me voy a la ducha– dije intentando levantarme, con sus cuajarones de leche todavía colgándome de las pelotas.

Nada de eso– me frenó, colocándome una mano sobre el hombro, obligándome a quedarme donde estaba, de rodillas-. Te voy a mear.

No me jodas– acerté a decir asombrado.

Sí que te jodo, te acabo de joder, te acabo de preñar el ojal. ¡Tira a la ducha, cerdo!

Me metí en la ducha acatando sus órdenes y me empezó a mear encima. No podía dejar de mirar su pene, mucho más grande y largo que cuando lo tenía flácido, por el efecto de la corrida. También más rojo de desvirgarme el culo, aunque él no tenía ni puta idea de que había sido el primero. Se zarandeó la verga sacudiéndosela frente a mí como si yo fuese un meadero de motel.

Relato Mi Malote parte 1

Al acabar, salió de las duchas y me dejó allí solo, con el chorro del agua cayéndome encima y su meada colándose por el desagüe. Pensé que me estaría esperando. Cuando tuve cojones a levantarme del suelo, volví al banco y me encontré con sus calcetines y una nota, con una caligrafía aun peor que su ortografía:

Profe, ¿cuando bamos a dar la proxima clase?“.

Me empalmé solo de pensar en la siguiente vez si ya la primera había sido tan fuerte. Me vestí y mientras salía del vestuario, me fijé en que había un poco de lefa en la pared del pasillo de los vestuarios. A esas horas ya estaban casi todas las luces apagadas. Cogí mi mochila y eché a andar hacia casa, por primera vez con una notable molestia en el ojete, como cuando de pequeño me rozaba los tobillos al andar. Al llegar a casa me duché de nuevo y le mandé un WhatsApp:

Oye, en dos días empezamos a dar las clases, vente a mi casa a las 16.00, tomamos café y empezamos“.

Él se limitó a un simple:

Dame la dirección y prepárate“.

A mí ganas no me faltaban, pero metí mi mano por detrás de mis pantalones, me sobé el ojete desgarrado a pollazos por esa enorme verga descontrolada y le consulté si estaba dispuesto a otro asalto así. Puede que esta vez hasta tuviera más cuidado.

Basado en el relato “Primera vez con un malote” de la serie de relatos “Mi malote” de joseperez20

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