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Los calzones sudados

Algunos habían hecho trampas dándoles la vuelta o quitándoselos mientras dormían, pero yo había sido fiel al ritual. Era ya el tercer día, con sus veinticuatro horas, que llevaba esos gayumbos puestos. Al levantarme esa mañana y sacarme la chorra para mear por un lado, subió hasta mis napias el olorcito a rabo encerrado, ese por el que nos moríamos el grupito de colegas que, desde que aprendimos a cascárnosla, no habíamos faltado a la cita pajera ni una sola semana.

Éramos trece tios, así que más o menos una vez cada tres meses nos tocaba hacer a uno diferente la cerdada. Fue el miércoles cuando elegí ponerme unos boxer negros. Ya había tenido la experiencia de ponerme los blancos la primera vez y me daba reparo que viesen la huevera amarillenta, aunque los cabrones lo disfrutaban igual, pero no me daba la gana. Negros no se notaría nada, sólo el olor.

El sábado por la tarde, antes de la quedada, sólo me los quité el rato justo para darme una ducha y arreglarme. Tenía que estar guapete y presentable. Esa noche era mi noche y todos estarían pendientes de mí. Todo comenzó una noche del sábado de hacía cinco años, cuando el último del grupito de amigos que quedaba por cumplir los dieciocho, celebró su esperado aniversario y a los demás no se nos ocurrió otra cosa que regalarle una noche de pelis de putas y pajeo entre colegas. Desde entonces, cada semana habíamos quedado en su casa para masturbarnos como monos.

Cinco años daban para mucho y más a esa edad en la que estábamos, en la que todo nos crecía tan rápido. Veíamos nuestras trompetas cambiantes, cómo nos empezaban a crecer los pelos en los huevos, cómo se hacían más largas, más gordas, cómo algunos se convertían en auténticos lanzadores de esperma mojando sin querer a los demás.

Algunos tiraron más por los coños y otros por las pollas. En ese encuentro entre hombres todo quedaba al descubierto y era casi impolsible fingir, aunque algunos lo conseguían. Pero no hacían falta palabras. Había miradas entre nosotros de más que amigos que ya lo decían todo. Con el devenir de las semanas, las noches de peli y pajas se nos quedaron cortas, así que inventamos un juego que a todos nos puso cerdos.

La regla era la siguiente. Cada semana uno se ponía unos calzoncillos y tenía que llevarlos puestos sin quitárselos durante tres días enteros. Todos sabíamos lo que eso significaba, cualquier tio lo sabía. Después de varias meadas y algunas corridas, la huevera de los calzones iban a oler a macho que te cagas. Y eso era precisamente lo que pretendíamos.

Aquí es donde intervenía la siguiente regla, pero para decirla, prefiero contaros lo que sucedió ese sábado. Llegamos a la casa del colega que ya había cumplido los veintitrés. Los sofás estaban en semicírculo alrededor de la tele para dar cabida a los trece. Trece hombretones, bien arreglados y con pantalones cómodos para poder sacarnos las pijas y un par de pelis, una de porno hetero y otra de porno gay, porque aunque algunos no querían decirlo, sabíamos que entre nosotros había de todo. Pusimos primero la de gays y la mayoría de banderas se alzaron al instante, entre ellas la mía. Más claro el agua.

Todos estaban vestidos menos yo, que a medida que me iba calentando, me iba quedando desnudo. Aguanté esos veinte o treinta minutos que solía durar la sesión de pajas. La última prenda que me quité fueron los calzones sudados. Ellos eran la clave de nuestro juego. Era una cerdada, pero a todos nos ponía bien cachondos.

Se los dí al colega que tenía al lado y vi cómo los cogía con la mano y se los acercaba a la cara. Después escuché cómo aspiraba, acercando bien las narices a la huevera. Los demás nos lo quedamos mirando, pajeándonos cada vez más rápido y duro. Le pasó los gayumbos al siguiente y así uno tras otro hasta completar la rueda. Todos sin excepción olisquearon como perros el aroma de mis pelotas sudadas.

Los calzones regresaron a mis manos y entonces comenzó lo que determinamos en llamar “la rueda de la felicidad“. Planté sobre mi polla la tela de la parte delantera de los calzoncillos y me la casqué hasta correrme. El semen empezó a transpirar desde el lado oculto y salió a la luz como chorrazos blancos de lefa contrastando con el color negro.

Después de sacarme hasta la última gota, los retiré de mi polla. Unos buenos goterones cayeron sobre mi pierna y mi mano derecha estaba completamente mojada de leche. Así como estaban, se los pasé al siguiente, que cogió los calzones haciendo un cuenco con la mano por la parte de la huevera recién calcificada. Se cascó la polla de lado, apuntando hacia los calzones, y soltó todo su esperma encima uniéndolo con el mío.

Después de siete corridas, mis gayumbos estaban más mojados que una bayeta. Los goterones de lefa caían sobre las piernas y las pollas de los que recogían el testigo. El siguiente cada vez tardaba menos en correrse que el anterior y después de trece corridas, los gayumbos regresaron a mí como una bendición. Y no uso esta palabra en vano.

El último en correrse, cogió los calzones sudados y ahora lefados, como buenamente pudo, los alzó delante de mi jeta y me los plantó en la cara rebozándomelos por encima. El esperma mezclado de trece tios, incluído el mío, empezó a resbalar por toda mi cara y a impregnarme los sentidos. Todavía podía esnifar el olor de mis pelotas, pero a él se habían sumado los olores de mis doce colegas.

Era como esnifar olor a pegamento, no podía despegarme de ellos. Sabía que era el centro de atención y que algunos se la estaban jalando, como yo, por segunda vez por culpa de esa puta guarrada. Entre varios me cogieron en volandas y me colocaron encima de la mesita que había en el centro. Olía a cerveza y a cenizas de tabaco. Todavía llevaba los gayumbos sobre la cara y apenas podía ver nada, pero sí sentirlo todo.

A través de la tela de los calzones vi que algunos me cercaban y se agrupaban en torno a mí, haciendo un círculo. Empezaron a gemir y me regaron con las segundas leches de sus cargadísimos cojones. Cada uno se corría de una manera, la mayoría eran gotas de lefa que caían sobre mis piernas y mis brazos por ser la segunda vez, pero otros se sacaban de la chistera otra tanda de lefazos de la misma calidad y potencia que la primera, solo que esta vez la tela a cubrir era mi cuerpo.

Me quité los calzones de la cara cuando escuché las primeras risas. Lo primero que vi fue el culazo del cumpleañero agachándose para quitar la peli. Menudas pelotas le colgaban al cabrón entre las piernas. La lefa empezaba a quedarse reseca sobre las partes en las que tenía pelos, por lo que notaba en ellos una cierta resistencia inusual. Todos se fueron acercando a mí para saludarme, con las mingas colgando, dándome una palmadita en el culo, en la espalda o agarrándome cariñosamente del cuello.

El último que me plantó los calzones sudados de lefa sobre la cara iba a ser el anfitrión de la próxima semana y entre risas ya les estaba diciendo a los demás que el miércoles se iba a poner un tanguita. Me fui al baño a pegarme una ducha y, mientras el agua caliente se llevaba el semen de mis doce colegas arrastrándolo a través de mi cuerpo, pensé en el tanga tapando el enorme cipote de ese cabronazo, en su leche traspasando la fina tela hasta dejarlo mojado por completo. Y cuando pensé en dónde o cómo coño nos íbamos a correr los otros doce en ese mismo y reducido espacio, me casqué la tercera.

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