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Gay Motel: El del chulazo loco y pollón de las putas toallas que me folló el culo con un dedo y se corrió en mi cara

Fuera del motel llovía a cántaros. De noche, el exterior apenas se iluminaba con las bombillas cercanas a las puertas y por algún que otro relámpago que, segundos después, iba acompañado por un estruendoso trueno que me ponía los pelos de punta. En días así, en los que apenas había clientes circulando por la carretera, me aburría mazo en la recepción.

Apoyé los codos sobre la mesa releyendo una y otra vez los pocos nombres que había escritos en el libro de entrada de esa semana. Por suerte, debajo había escondido una revista porno de tios comiendo rabos y follando. La saqué estando pendiente en todo momento del sonido de algún coche que se acercara y fui pasando las hojas. Justo cuando me arriesgué a bajarme los pantalones un poco para poder hacerme una paja, las luces largas de un todoterreno se colaron por la ventana y un resplandor cegador llenó toda la habitación.

Nervioso, mientras escuchaba el sonido fuerte de una puerta cerrándose y el del cierre automático del coche, apenas me dio tiempo para abrocharme el botón de los pantalones y esconder un poco la revista, cuando un hombre entró por la puerta. En el corto trayecto hacia la recepción, se había calado hasta los huesos. Era grandote y fuerte, con el pelo corto rapado por los lados. La parte del flequillo le caía sobre la frente. Levantó la mirada. Entonces se me aceleró el corazón y me entró un extraño hormigueo en el estómago y en la entrepierna.

Quería acercarme para observar tanta belleza, pero sin darme cuenta, por instinto, los mismos pasos que ese hombre daba hacia el mostrador, yo los desandaba en dirección opuesta, como intentando alejarme de una tentación irresistible.

Buenas noches, quiero alojarme en una habitación… – se presentó con una voz profunda y masculina desarmándome por completo – y si es posible un juego de toallas secas aparte del que ya haya puesto en el baño.– Sonrió mostrándome lo mojado que estaba.

Claro. E…en… enseguida se las llevo. – Tartamudeé mientras me volví hacia atrás hacia la cajonera y casi se me escaparon de las manos las llaves de la habitación 5 de los putos nervios. – Aquí tiene las llaves. Es la habitación que queda libre aquí mismo a la izquierda. Si me firma aquí, por favor.

Señalé el lugar donde tenía que poner su nombre, con miedo a que notara el temblor de mi mano. Quizá debería haber temido otra cosa, porque aquel hombre se fijó en parte de la revista porno que sobresalía por debajo del libro. Después de mirarla durante un tiempo que a mí se me hizo una eternidad, levantó la mirada y se encontró con la mía. Me sentí desnudo por unos momentos, como cuando le confesé a mi mejor amigo mi homosexualidad, solo que ese era un completo desconocido. Volvió a sonreirme, se dio la vuelta y salió de la recepción con una pequeña mochila.

Me había comportado como un completo gilipollas. Mira que dejar que me pillaran así. Fui hasta la lavandería para coger un juego de toallas. Salí de recepción y mi corazón volvió a revolucionarse. No podía quitar de mi cabeza la cara de ese daddy chulazo, su voz. Podía cerrar los ojos y notar cómo el gusto me inundaba todo el cuerpo. Llamé a su puerta después de esperar varios segundos respirando hondo para no parecer todavía más gilipollas de lo que ya lo había sido.

Me recibió sin camiseta. Tenía que haberle mirado a la cara, pero es que la vista se me fue a su torso musculado y con los pectorales peludos, a sus potentes biceps. Alargué los brazos para entregarle las toallas, porque las piernas comenzaban a flaquearme, pero no las quiso coger. Me invitó a entrar. Un trueno resonó cerca. Dí un respingo y me colé en la habitación, dejando las toallas al pie de la cama.

¿Necesita algo más? – le pregunté.

Más por cortesía que por otra cosa, esperando recibir una negativa, el hombre se dirigió a la puerta y la cerró. Volvió sobre sus pasos y se quedó a pocos centímetros de mí. Acercó su cara a la mía, pegada a mi mejilla. Puso su mano izquierda en la parte baja de mi espalda y empezó a meterla por debajo del pantalón, por debajo de los calzones, deslizando su dedo medio por la raja de mi culo, encontrando el tesoro de mi agujero escondido y penetrándome.

Quiero esto. – Me susurró al oído, echándome su gemido aliento, acompasándolo con el mío.

Me tenía completamente poseído, follado con ese dedo grande, gordo y caliente, húmedo y mojado todavía por la lluvia. Dejó que apoyara mi cabeza en su hombro. Me agarré a sus brazos y me impulsé hacia arriba y hacia abajo cada vez que me lo sacaba y me lo metía bien adentro. Dejó de abrazarme. Se retiró y observó la erección bajo mi bragueta.

Sin sacar la mano de mi trasero, con la otra empezó a desabrocharme el botón de los pantalones. La cremallera ya la tenía bajada de antes, por no llegar a tiempo cuando intenté subírmela en la recepción. Bajó la parte delantera de los calzones hasta liberarme el rabo y comenzó a masturbarme. Tenía una manaza tan grande que acaparaba casi toda mi polla. No dejaba de meterme el dedo por el culo. Me miraba el rabo mordiéndose los labios y yo ya no sabía dónde mirar para aguantarme las ganas que tenía.

Levantó la mirada. Me entró un gustazo de la hostia. Lo notó en mis ojos. Con la mano con la que me tenía agarrado por el culo, me impulsó hasta el pie de la cama, hacia donde estaban las toallas y desperdigué toda la leche de mis huevos encima de ellas. Me estrujó el rabo hasta que no quedó una gota de leche y entonces me soltó. Le volví a mirar a la cara y algo había cambiado en su expresión. Tenía el ceño fruncido.

¡¡Pequeño cabronazo, te había dicho que me trajeras toallas secas!! – Me alzó la voz, cogiéndome con una mano por el cogote, con la otra levantando la toalla que estaba pringada en la parte de arriba y rebozándomela por toda la cara – ¡¿A tí te parece que esto está seco?! – Volvió a gritarme.

Volvió a colocar la toalla en su sitio, arrugada. Yo me quedé de pie, sin saber qué hostias le pasaba a ese tipo que tan paternalmente un minuto antes me había amado con las manos por delante y por detrás. Se desabrochó el pantalón, tiró de la cremallera hacia abajo y se los bajó con soltura. Un rabo larguísimo, enorme y enderezado empezó a rebotar entre sus piernas.

Me agarró del pelo y me hundió la cabeza de lado en las toallas sin soltarme. Durante unos cuantos minutos la única imagen que veía era la de un gigantesco pollón pajeado, la de unos huevos campaneando entre las piernas de ese macho y el único sonido el de la lluvia fuera y el de una respiración agitada y profunda dentro de la habitación.

Ahora vas a ir a por toallas secas, para limpiarme la verga. – Alargó la palabra “verga” en la última vocal más de lo necesario con un sonoro gemido de gusto y comenzó a disparar unos buenos trallazos de lefa sobre mi cara.

Con uno de los ojos ciego, acerté a abrir el otro para ver cómo se la sacudía encima de mi cabeza, desparramando las últimas gotas de semen. Me agarró fuerte por la camiseta para ponerme en pie. Noté su jugo de macho resbalando por mis mejillas, por el cuello. Puso su frente contra la mía, mirándome fijamente, casi retándome. Percibí que ese amable caballero de la recepción se había convertido en un auténtico cerdo y un animal. Todavía tenía la respiración agitada por la corrida.

Tráeme… las… putas… toallas. – Volvió a pronunciar en voz profunda y grave, separándome de él de un empujón.

Le miré. Estaba semidesnudo, con los pantalones por las rodillas, la polla todavía semierecta con un hilo de semen colgando del cipote. El tio estaba como un cencerro, pero más rico que un quesito y algo de mí se convirtió en una buena puta que deseaba retozar con ese macho dejando que me hiciera todo tipo de locuras. Regresé a la lavandería secándome la cara, después de relamer la lefa que me había dejado en el bigote y los labios y al volver a su habitación le encontré tumbado sobre la cama, durmiendo, con el rabo ya relajado dormitando sobre su muslo derecho.

Otro relámpago. Otro trueno. Dejé las toallas secas al pie de la cama, como antes y en lugar de salir por la puerta, la cerré y me quedé dentro. Me tumbé a su lado sobre la cama, mirando su cara, el pelo todavía mojado con el flequillo que le surcaba la frente. Me abracé a su torso. Al notar el contacto, se desperezó y se puso de lado, abrazándome fuerte. Le toqué el culazo, se me puso dura otra vez y me casqué un pajote sin que se diera cuenta, corriéndome sobre la pelambrera de su polla y su rabo. El hijo de puta al final sí iba a necesitar las toallas para limpiarse la verga.

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