Damon Dice se la mete a pelo en la cocina a la novia de su amigo Gina Valentina | Reality Kings

It's in the Bag

Acababa de ducharse, ponerse su mejor perfume y arreglarse para la ocasión. Damon Dice había perdido ya la cuenta de las novias que le había robado a uno de sus mejores amigos y en esa ocasión, tal y como ya ocurrió otras veces antes, tenía intención de conquistarla y de camelarla hasta terminar follándosela encima de sus propias narices. No se consideraba el mejor de los amigos, pero es que, como bien decían, le tiraban más dos tetas que dos carretas.

A veces eran imaginaciones suyas por ser tan caliente, pero la mayoría no fallaba. Gina Valentina le puso esa mirada de perraca, se pasó la lengua por los labios deseando comerle el rabo. Damon le pasó la botella de vino que había traído. Con eso y un surtido de quesos y fiambre iban a pasar una deliciosa velada. Esta vez la excusa que le puso a su novio fue que se había dejado el bolso en el garaje, pero en el garaje de su casa, lo que garantizaba un viaje de ida y vuelta suficientemente largo para que a los dos les diera tiempo a culminar una buena follada.

Damon se presentó en la cocina. Gina se acercó insinuándose. Él la puso de espaldas y la cogió de las peras, magreándoselas mientras le rebozaba por el culo toda su cebolleta. Se agachó para admirar su culazo. Tenía un tanguita blanco que ni podía cubrirle el chochámen. Se le había puesto durísima. Se levantó. La polla tiesa se le marcaba en los vaqueros, cargando hacia la derecha y empitonada hacia abajo, levantando la pata del pantalón.

Dejó que Gina se arrodillase, le quitara el cinturón y le desabrochara la cremallera. Salió despedida como un resorte, una enorme polla con un buen cipotón. Se la chupó como una perra y se dio la vuelta, levantando la patita sobre una silla de la cocina, mostrando su enorme coño abierto por el que Damon le enchufó toda la tranca.

Aliviadas las ganas de follarse un buen chochito, lo que más le gustaba, aparte de darse placer, era hacerles algo que sus novios seguro que no les hacían. Las volvía loquitas a todas cuando metía su atractiva carita de macho empotrador entre sus piernas. Un trabajo perfecto de lengua, unas miraditas y todas le dejaban los morros empapados, se corrían vivas al ver al guaperas.

Se la zumbó por detrás, sintiendo cómo sus huevacos se iban cargando de gusto. No quería sacarla antes de tiempo, pero tenía que tener cuidado para no dejarla preñada tampoco. Justo a tiempo. Esperó a que ella se diera la vuelta y se agachase para soltarle unos buenos trallazos. Dejó su boquita y sus tetas cargadas de leche. La cabrona le había dejado sudando.

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