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Tommy Dreams empala sin condón el culazo de Valentino Sistor con sus gigantescos 23 cm de polla y se corre encima de su cara | Tim Tales

Hasta qué profundidad tenía que tenerte un hombre la polla para sentir que dejabas de tener le control sobre tu cuerpo, que ahora el control lo llevaba el otro y que por un momento perdías la noción del tiempo y del espacio. Para Valentino Sistor esa profundidad tenía una medida, una que tenía entre sus piernas el tio que ahora la estaba sumergiendo a placer por el fondo de su ano. Adoraba a hombres como Tommy Dreams, pertenecientes al inestimable club de aquellos a los que les medía más de veinte.

Ahí estaba, abierto de piernas, con la mirada perdida, a veces poniendo los ojos en blanco cuando Tommy se arrancaba y el cabrón se la empalaba hasta el mismísimo fondo, desnuda y sin condón. Toda su barra de veintitrés centímetros, bien dura y gorda, masajeando su esfínter. Se preguntó cómo habían llegado a la cama. En su cabeza no tenía muy claro el recorrido, porque sólo se acordaba de estar en la azotea comiéndole todo el pijote, uno tan grande que le abría a cualquiera el apetito.

Recordaba la impresión que le había producido verle la polla tan jodidamente enorme cuando se la sacó, algo que no habría podido imaginar si se hubiera basado en la complexión delgada del sujeto. Y ahora estaba allí ofreciendo, regalando su pandero, con ese macho empotrador empujándole la cabeza contra el colchón mientras se lo follaba y le daba por culo.

Mira que Valentino tenía un culazo tragón que enseguida se acostumbraba a todo, pero lo de ese tio era admirable, no sólo por su gigantesco tamaño, sino por lo bien que sabía meterla, lo que podría catalogarle como el mejor amante francés. Fue un placer para Valentino sentarse sobre sus piernas y brindarle un pajote con el culo, con la pija saliendo y entrando limpiamente de él.

Disfrutó de su verga y de todo lo que salió de ella cuando se atrevió a plantarle cara. Un buen pepinazo de leche salió disparada más allá de su jeta, empapándole la cara y el pelo. Caldosa y a la vez blanquita y espesa, la mezcla perfecta. Escuchó el sonido de la lefa impactando contra las sábanas detrás de él. Iba bien cargadito el cabrón. A riesgo de atragantarse con tanta cantidad de leche, se metió el cipote en la boca y degustó los últimos lefazos. Para entonces ya tenía los mecos de ese machote colgando de los pelos negros de su barbita.

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