Abel Sanztin se folla a Oscar Marin sin condón con su enorme rabo y le baña la raja del culo con su leche | Tim Tales

Habían pasado la noche de fiesta. Abel Sanztin y Oscar Marin se despertaron con la resaca a media tarde. Oscar fue le primero en abrir los ojos. Los dos llevaban las toallas puestas, lo que quería decir que se habían quedado sopa después de tomar una ducha nocturna. La de Abel no estaba completamente atada a la cintura, se había abierto por un lateral. Oscar pudo ver su muslo desnudo y el dibujo del contorno de una enorme tranca bien crecidita debajo de ella.

Intentó hacer un ligero movimiento con el brazo con la intención de retirar la parte que lo cubría, pero Abel se desperezó y le quitó toda esperanza de hacerle una paja a un tio indefenso. Por suerte para él, con el movimiento al desperezarse, la toalla resbaló sola y el atributo gigantesco de Abel se puso duro como una roca y firme igual que todos los músculos de su cuerpo al bostezar.

Viendo las pecaminosas intenciones de su colega, le pasó una mano por detrás del cuello, lo atrajo hacia él y le pegó un morreo mientras con la mano que le sobraba se agarraba la trompa y se la pelaba bien a gusto, desplazando la manita hacia arriba y abajo por el contorno del gordísimo pito. Oscar se estaba poniendo cachondo y Abel podía notar ya la chorra caliente de su amigo restregándose por su pierna.

Se sentó en el sofá y dejó que se la comiera. Oscar se la zampó a bocados. Abel estaba hipnotizado con los amplios movimientos de esa cabeza succionando su polla, la mitad mojada de las babas de otro tio y la otra mitad seca, suficiente para darle por el culo sin usar un condón lubricado. Aprovechó el espacio del sofá para poner a cuatro patas a Oscar y se la metió a pelo por el interior de su cachondo y varonil culazo.

Recordaron juntos cuando jugaban en la calle a las carretillas, cuando uno de los dos ponía las manos en el suelo y el otro le cogía de los pies. Volvieron a esos juegos de niños, solo que ahora como adultos, como dos hombretones, Oscar cogiendo la postura y Abel taladrando su ojete con un enorme pene que de tan largo que era parecía no tener fin. Abel sacó el rabo de su pandero y le inundó la raja con su leche.

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