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Leander se folla el virginal culazo de Joey Mills y se corre en su cara | MEN

A Tale Of Two Cock Destroyers Episode 2

La encarnizada lucha entre Rebecca y Sophie, las dos Supremas Destructoras de Pollas, había comenzado. Rebecca había penetrado sin autorización en territorio enemigo utlizando al jovencito Johnny para atraer a JJ hacia sus filas poniéndole como cebo y tentación lo que más deseaba en este mundo, el culito apretado de un chaval como Ty. Pero Sophie no se iba a quedar quieta.

Al igual que la otra zorra había ido a por uno de sus mejores hombres, ella iría a por otro de los caballos ganadores del suyo. El pelirrojo Leander, con fama de pollón y empotrador, era su nuevo objetivo y al igual que a JJ, le gustaban los culitos prietos de los chavalitos más jóvenes, así que le iba a tentar con el mejor chico que tenía para esos menesteres, uno guapísimo llamado Joey Mills, con carita de cachorro y ojos azules, cuyo culito siempre tenía la apariencia de ser virgen. Y es Sophie entendía que nada le gustaba más a los hombres que poder abrir un regalo con sus propias manos.

A los hombres y en general a los chavales que utilizaban como peones, poco les importaba la guerra entre esas dos zorras y estaban más que encantados de ser sus caballos de Troya infiltrándose en territorio enemigo si el objetivo era comer pollas y abrirse de piernas. Con lo putas que las habían pasado en la calle comiendo un mendrugo de pan y agua al día, estar tan bien vestidos, alimentados y durmiendo en un colchón de lujo, siendo follados y amados, era el mejor de los regalos que la vida podía hacerles.

Infiltrarse en la mansión de Sophie fue pan comido. Todos los chicos ya se conocían entre sí y Ty le facilitó las cosas para meterse en el salón principal y tener una cita con el pelirrojo. Leander, como todos los hombres que alardeaban de ser grandes comedores de coños en la ciudad, se dejaba querer por los chicos en la intimidad. En cuanto se quedaba solo con uno de ellos, la polla se le ponía dura sintiendo los suaves labios en su cuello.

El jovencito Joey fue directo a comprobar si la leyenda de ese caballero era real, si la tenía tan grande como decían. Posó la mano sobre sus partes nobles y apretó, dibujando la forma de un buen pollón gordo y en plena forma. Leander se sentó en el sofá y dejó que el chavalito descubriera el regalo. Joey le bajó los pantalones y la pija salió como un resorte, completamente dura y potente, disparada hacia arriba.

Fue inmediato. Con un par de dedos enarboló esa bandera poniéndola en vertical y empezó a cabecear entre sus piernas. Se tragó la polla hasta sentir el cipote en la campanilla. Era tan grande que se veía obligado a hacer amplios movimientos con la cabeza de arriba a abajo y Leander puso los ojos en blanco, encantado observando esos labios apretados en su enorme polla.

Se detuvo un momento a mirar justo cuando Joey le chupaba el cipotón como si fuera una piruleta. Se metía le capullo dentro de la boca, ladeaba la cabeza y lo sacaba a presión por la comisura para volver a arroparlo con sus gruesos labios. El cabezón se le puso durísimo y rojo a punto de dejarle un poso de leche en los morros. Qué boquita de lujo tenía el mamón, era como meterla en un cojín de seda bien mullidito.

Seguro que se había ganado buen cobijo mamando rabos así cuando era un perro callejero, pensó Leander. Le cogió por la parte posterior de la cabeza y la apretó con fuerza hacia abajo para que ese mamón se tragara toda su santa polla. Por si no era suficiente, culeó desde abajó y no paró hasta escuchar el dulce sonido de las arcadas. Joey tomó un respiro después de eso depurándole las pelotas, succionándola entre sus precioso labios amándole cada huevo por separado.

Cuántos secretos se conocían esos cachorros. Leander tenía el pito a flor de piel, durísimo, con las venas marcadas. Joey le apretó el trabuco y tiró hacia arriba con la mano desde la base hasta hacer que la piel le recubriera el cipote. Metió la punta de la lengua en el hueco que había formado con el pellejo y la zarandeó con rapidez volviendo loco a Leander y sacándole una sonrisa.

Mucho se hablaba de los caballeros de la ciudad y de lo grande que la tenían algunos. Los chicos de las alcantarillas eran unos auténticos desconocidos y, aunque hacían unos buenos servicios en las casas, los tios que se los follaban no eran muy dados a comentar ciertas virtudes más allá de recomendar a sus amiguetes de taberna tal o cual culo para rebajar tensiones. Leander estaba a punto de descubrir que en ese salón él no era el tio mejor dotado.

Se puso de rodillas, bajó los pantalones a Joey y descubrió un auténtico y lustroso plátano duro y gigantesco que le llamó la atención porque no podía explicar cómo un chavalito tan delgado y menudo podía tener algo tan grande colgando entre las piernas. Desmesurada, enderzó la polla con una mano y comenzó a tragar sin fin. Tenía el cipote acoplado a la entrada de la garganta y aún así le faltaban casi diez centímetros de rabo por tragar.

Miraba a la carita del chaval, miraba a su polla de cerca, le sostenía las dos pelotas. Entrepierna de macho y carita de ángel, una combinación que a Leander le volvió loco. La forma del pollón era perfecta para metérsela hasta el fondo, curvadita hacia abajo. Hizo otro nuevo intento y se la coló por la garganta hasta que los pelitos pelirrojos de su barba rozaron la huevera del zagal.

Ahogado de polla gorda, por primera vez en su vida Leander sintió cómo el ojete del culo se le abría solo. Pensó en ponerse a cuatro patas y dejarse follar, pero si algo sabía de aquellos chavales es que después lo iban contando todo por la ciudad, que a ver si no de dónde venía la leyenda de su enorme rabo, así que, como lo último que le interesaba era ser la comidilla en la taberna y que cambiara su fama como empotrador, fue él el que hizo a Joey darse la vuelta y abrirse de piernas sobre el sofá con las rodillas hincadas en los mullidos cojines.

Blanquito, menudo, suave, con un ojal precioso que parecía totalmente virgen. Los que lo habían probado se lo habían descrito con total exactitud, pero verlo en persona era mucho mejor todavía. Y no era sólo el apretado culito lo que llamaba su atención, sino todo lo que colgaba entre las piernas del chaval. Le agarró la mancuerna pasándola entre sus muslos, pajeándola y comiéndole las pelotas antes de sumergir los morros entre esas nalgas duritas y apretadas.

Leander se incorporó de rodillas detrás de él, le introdujo la polla en el agujero y su cara se transformó en una de pura alegría observando cómo ese culazo, en apariencia casi imposible de penetrar con algo tan gordo, se tragaba la polla enterita sin rechistar.

Dio por culo a ese cabroncete con fuerza por detrás, como se merecía, como el perrete que era, aunque ahora viviera entre algodones. En la sucia mente de Leander, Joey volvía a ser ese muchacho que vendía su culo a cambio de comida y techo. Pues para ganarse su pan y su cama, iba a tener que merendarse antes un buen trabuco.

Se sentó en el sofá y dejó que el chaval se sentara en sus piernas clavándose la polla. No podía verlo, pero sí podía sentirlo. Cada vez que saltaba, una enorme y dura polla caliente le golpeaba el interior de los muslos. Leander pensó entonces en la cantidad de tios que se habrían follado ese virginal culazo en esa postura y habrían sentido el poder de una buena polla azotándoles.

Se quitaron las camisas blancas con solapas abullonadas y se quedaron totalmente desnudos retozando en la cálida alfombra. Joey se tumbó de lado con la cabeza a la altura de la entrepierna de Leander y volvió a comerle el pollón, un pollón que seguía completamente duro, venoso y con el cipote a punto de reventar en cualquier momento.

Saciado de rabo por la boca, Joey se tumbó bocarriba en la mesita frente al sofá. Se abrió de piernas. Leander sostuvo una de ellas con la mano para que no la bajara, mientras con la otra mano, doblando las rodillas hasta quedar a la altura de su culete, conducía el rabo hacia la entrada de su agujero. Zambulló su gordísima polla dentro del culazo del chaval partiéndole en dos el ojete.

Le folló duro, penetrándole hasta las pelotas, disfrutando de cómo el chaval se hacía una paja en su honor. Vio cómo las bolas se le ponían duras y se le subían hasta la base del pene, cómo la polla se le ponía completamente dura y cómo Joey se incorporó para ver cómo su rabo expulsaba toda la leche de sus cojones.

Como el perro obediente que era, en cuanto Leander sacó el rabo del culo y comenzaba a quitarse el condón, Joey acudió de rodillas frente a su amo. Leander agarró con una mano por detrás esa cabeza con esa cara tan bonita, con esos ojazos azules. Con la otra mano se zurcía la polla sin parar. Le jodía tener que ensuciar esa carita de ángel, pero necesitaba hacerlo.

Acumuló el gusto de la corrida en la polla y la leche tardó en salir, pero cuando lo hizo, comenzó a regar la jeta del chaval con chorrazos blancos de lefa que parecían no acabar nunca, disparando hacia todas las partes de su cara, ensuciándole de semen las orejas, los ojos y también la boca, cuando Joey gemía de placer sintiendo esa lluvia blanca sobre su cara y al abrirla los mecos se le colaban dentro.

Una vez acabó de exdpulsar todo el jarabe de sus pelotas, Joey se quedó de rodillas relamiendo la piruleta. Si algo le había enseñado la vida era que no tenía que desperdiciar nada, porque cuando no tenía pan que llevarse a la boca, su principal alimento no era otro que la pesada carga en los huevos de cualquier varón de la ciudad. Aprendió que para obtenerlo, sólo tenía que ponerse de rodillas y chupar, y chupar, y chupar.

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