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Capitán Rapid: Trevor Laster se zumba el culazo redondito y suave de Johnny Rapid en alta mar | MEN

Parte 1

Los putos placeres de la vida. Johnny Rapid acaba de meterse una buena comida en el estómago y ahora se encuentra digiriéndola en la bahía, entre montones de barcos de gente rica, a cuerpo de rey, con los brazos abiertos en el reposacabezas de los asientos de cuero de un yate escuchando música chill out. Apenas hay actividad en el puerto. El resto de los tripulantes se encuentran en el interior de sus barcos.

Junto con el sonido de la música, hasta sus oídos llegan ronquidos de siesta, algún pedo y los gritos y gemidos de quien está echando algún casquete. Un machote cruza por en medio como si aquello fuera una pasarela y a Johnny le hace tilín. Calvete, fuerte y musculoso, con unas bermudas azules de cordones amarillo fosforito. Según pasa por su lado, Johnny le mira el culo y la forma del paquete a medida que va andando.

Le llama para que se siente a su lado y conocerse mejor. Así de cerca, a Johnny empieza a ponérsele dura. Trevor Laster está tatuado y su torso parece de hierro forjado, con unos abdominales para quitar el hipo, perfectamente marcado un six pack que necesita tocar con las manos. Le propone un viajecito por el mar, por eso de enseñarle el yate, igual que acostumbran a hacer todos los navegantes de ese puerto.

Cuando están bien lejos y fuera de miradas curiosas, aprovecha que Trevor está tostándose al sol para proponerle algo mucho mejor, cositas de hombres. Le baja las bermudas hasta los muslos y empieza a comerle la trompa. El cabrón la tiene enorme, gordísima. Johnny se desvive tragándosela hasta los huevos y cuando se la tiene bien comida y babeada, es él quien se baja el bañador y se pone de espaldas.

Trevor se pone cachondo cuando ve ese culazo. Blanquito, contrastando con el moreno del resto del cuerpo, redondito, suave, prieto. Le hace abrirse ligeramente de piernas y le come el culete, dejando que las pelotas que le cuelgan a ese gañán entre las piernas le reboten y le rocen en la barbilla. Trevor se levanta y lo goza cuando se la clava. Pocas veces la ha metido en un hueco tan ajustado.

Suelta un rebufo, la cara roja, baja la marcha y se tiene que contener porque está a punto de expulsar la leche de las pelotas. Respira hondo, se recompone y le machaca. En un renuncio, a Trevor le apetece comer rabo. Da la vuelta al chaval y le merienda la polla como si fuera un plátano, llenándose los carrillos. Vuelve a meterla dentro de su culo y no para hasta correrse encima de ese pequeño gran capitán.

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