Bo Sinn penetra el culazo de Tony Carusso sin condón en los urinarios públicos | BROMO

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Bo Sinn comprendía que los tios la mayoría somos unos cerdos en el baño, pero ahora que le tocaba limpiar retretes, era cuando se empezaba a dar cuenta. Como tio que era, comprendía que apuntar por las mañanas en el meadero era complicado. Por las noches la polla se pone dura para oxigenarse, el precum se reseca en la raja del cipote y eso hace que en la primera meada del día sea complicado apuntar, nunca sabes por dónde va  a salir el tiro.

Pero en los urinarios públicos ya es la hostia. No sabe si es porque los tios enfocan mal cuando se ponen a hablar con el amiguete de al lado y no se dan cuenta de que mean fuera del tiesto, pero el suelo está encharcado de meadas. Colillas, papel higiénico y hasta algún condón anudado por las esquinas, seguramente de tios que matan el gusanillo petando el culo de desconocidos a horas intempestivas cuando nadie pulula por los servicios.

Lo que más odia Bo es la poca educación de la gente. Pues no va ese tio de Tony Carusso y se mete en el baño de chicos mientras lo está fregando, pisándole todo lo limpio, haciendo caso omiso a la señal de recién fregado. Y encima al cabrón no le basta con sacarse la chorra de la bragueta, que se baja los vaqueros dejando a la vista la rajeta del culo. Está a punto de abroncarle, pero se fija bien y joder, qué culazo…

Bueno, si el tio es gay, no podrá resistirse a una de sus infalibles técnicas de caza. Bo se baja la cremallera del mono de trabajo. Orgulloso del tremendo tamaño de su rabo hasta en estado flácido, se saca la verga y empieza a mear. Por el rabillo del ojo observa cómo el tio gira la cabeza y abre la boca en señal de asombro. Un hetero también miraría, es lo normal cuando se comparan atributos masculinos, pero este tio ya mira demasiado tiempo. Además la polla empieza a empinársele y sin darse cuenta ya se está meando fuera.

Bo ya tiene la excusa perfecta. «¿Te parece bonito mearte en el suelo?«, le abronca. Le hace arrodillarse sobre el charco de su propia meada y le pone a comer de su enorme y gigantesco rabo. Le mete la polla hasta las trancas. Al cabronazo se le estás poniendo la cara roja, pero no para de tragar. Tiene hambre de rabo y Bo le va a dar comida. Le agarra la cabeza para que no se escape y le penetra la garganta. Se la folla. Le mete una buena paliza en la barbilla con las pelotas.

«Mira el puto cartel, cochino, el que no has visto antes«. Bo dobla las rodillas, mete el rabo por el asa del cartel y lo levanta con la fuerza de la empalmada de su polla. «Ven y acércate a leerlo, pedazo de cerdo!«, le grita. Y entonces Tony aprende que la letra, con polla grande entra.

Le come la polla entera, con el cartel colgando. Vuelven a los urinarios, pero esta vez no para echarse una meada cada uno en el suyo, sino para compartir uno en concreto. Tony se pone de espaldas, encorva la espalda, separa las piernas, apoya las manos fuertemente sobre los azulejos, preparándose para el misil. Siente cómo la fuerza abandona sus piernas cuando nota ese cilindro robusto y enorme penetrándole por dentro sin condón.

Sí que tenía buen culazo el chaval. Suave, blanquito, redondito y tragón, pero lejos de mimarlo, lo único que le nace a Bo es joderlo a escopetazos con su gran tranca. Le obliga a ponerse a cuatro patas en el suelo, por supuesto en la parte que todavía está sucia. Le empuja hacia abajo la cabeza para que bese el suelo y mete el culazo entre sus piernas para pegarle una taladrada.

Aparte de lo que ocurre con la primera meadas mañanera, Bo es consciente de lo incontrolable que es correrse. Con el paso de las corridas, uno va adinivnando su grado de excitación y cómo va a disparar, pero a menudo es una sorpresa. Para no manchar mucho el suelo, se pajea con el cipote sobre la lengua del tio. «Quiero que te la tragues toda y que no escupas nada al suelo«, le advierte.

La enorme polla revienta de placer y los chorrazos y grumos de leche salen disparados hacia el interior de su garganta, depositándose encima de su lengua. El chaval, obediente y sin hacer un solo grumito o puchero, cierra la boca y traga semen. «Y ahora coges la fregona y friegas tu meada«, le ordena Bo, que se aleja con la chorra brillante y enorme colgando entre las piernas, a la zona de descanso para beber y comerse el bocata.

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