Pierce Paris, Remy Cruz, Dalton Briggs, Hunter Graham y más tios se hacen un pajote intergeneracional en grupo | Himeros TV

Around the Fire

Esta noche hay luna llena y mientras una manada de lobos se reunirá en algún bosque cercano al sur de California, un grupo de hombres se dará cita para practicar un rito tan ancestral como aullar a la luna, el de cascarse unas pajas, solo que esta vez no lo harán solos, como acostumbran frente al ordenador con la habitación a puerta cerrada, ni bajándose la bragueta por debajo de la mesa del despacho del trabajo, ni en los baños del gym, ni con los pantalones por los tobillos en mitad del campo sembrando el suelo con mecos fértiles.

Blancos, negros, altos, bajos, gordos, delgados, jóvenes, mayores, rabacos, pollitas. Las estrellas del porno Pierce Paris, Remy Cruz, Dalton Briggs, Hunter Graham junto a muchos más hombres diversos y anónimos  de edades comprendidas entre los yogurines de 19 y los super daddys de 72 tacos, todos gozando de la magia de agarrarse la polla con la mano, apretar y arrastrar el puño de arriba a abajo, demostrando que este arte milenario no conoce edad. Una super paja intergeneracional en círculo entre varones, hijos y padres alrededor del fuego disfrutando de uno de los mayores placeres del hombre.

Están todos semidesnudos formando un círculo, antes del ocaso. Pierce es uno de los primeros en bajarse los calzones y hace que todos se pongan cachondos. Su tremenda, larga y gorda picha cae entre sus piernas como una pitón, meciéndose lentamente por el peso. Algunos ya se han sacado el rabo dejando atrás todos sus complejos, otros prefieren seguir amorcillándosela bajo los calzones, para que al sacarla dé la talla frente a la de los demás.

Hay pollas de todo tipo, de todos los colores y los gemidos apagados del gustito de tocársela, empiezan a escucharse. Los más jóvenes lucen sus largas trompas con alegría. Miran la de sus mayores con respeto, aunque la tengan más corta. Pelotas que cuelgan de pieles suaves, otras más rugosas y peludas, cipotes de todos los estilos, incluso agujereados con anillos.

Toman asiento. Aunque consiste en cascársela, las técnicas son muy diversas. Alguno se pregunta cómo coño aprendió a masturbarse, porque no lo recuerda. Manos que agarran la polla del revés, los veteranos usan varias, usando tres dedos por debajo y el pulgar por arriba, los jovencitos se hacen la clásica, el motero se coge los enormes cojones y los estira hacia abajo.

No están en círculo porque sí, lo han hecho porque así, al abrir los ojos, miren donde miren habrá un hombre masturbándose, haciendo lo mismo que ellos. Deberían ser los más jóvenes, los menos expertos los que se corrieran primero al ver tanto rabo, pero es el más veterano el que se deja la leche. Se ve que la visión de tantas pollas buenorras y variopintas le han nublado la mente. El semen le sale a cuajarones de la minga, se pringa el puño y los huevos llenos de canas. Sigue corriéndose en un caos electrizante en el que su cuerpo y su barrigota enorme no paran de dar espasmos involuntarios.

Ahora, además del de Pierce, hay otro pollón que destaca entre los demás, un pollón negro que duro se ha vuelto gigante. Los chavales y los hombres miran a un lado y a otro, de la cara al rabo. Empieza a gustarles eso de compartir paja en grupo y sentirse observados. Sienten que cada movimiento que hacen sirve para poner cachondo al contrario.

El jovencito tiene a cada lado a dos daddys muy pendientes de él. Hay uno con gorrita militar que no le quita ojo, que ha convertido al chavalín en su fetiche especial de fantasías. Mira cómo se pajea con fuerza, cierra los ojos, respira hondo y convierte ese recuerdo en su retina en más comida para hinchar su verga.

El motero no gime, grita como un animal. Se pone en pie para demostrar a todos su virilidad y deja la corrida en el suelo, dentro del círculo, mojando el piercing que lleva de semen. Pues aunque no lo parezca, el tio ha puesto a todos burracos y ahora no hay quien pare esto. La cadena está a punto de partirse. El daddy negraco y pollón gime en alto para que todos le escuchen y se deja la leche encima del vientre.

El ocaso ya está aquí, hora para la nueva sangre. El más jovenzuelo, el pelirrojo, se levanta, se pajea su todavía virginal estaca y se saca la leche. Al daddy de la gorrita militar, al que parece que le molan los yogurines, se le viene todo arriba y se corre detrás. Uno tras otro se van corriendo hasta culminar la hazaña, hasta cumplir con el ritual. Dedos entre los que campa la lefa a sus anchas, pelos de la base del rabo con gotitas brillantes y chorrazos de semen caliente, el suelo ante ellos decorado con un nuevo tipo de fertilizante. En breve unas cervezas. Mientras tanto disfrutan de ese momento posterior a la corrida, tan gratificante, cuando después de ventilarse los huevos, todo se sume en la más absoluta felicidad.

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