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Cachorro Lozano y Alejandria Cinque hacen el amor en «Serodiscordantes» | Noel Alejandro

Tan corto y a la vez tan largo, perdido en un mundo de pensamientos, Miguel recorrió el camino de la clínica a casa como si no existiese un camino, como si su cuerpo, alejado de su mente, hubiera recorrido ese viaje él solo, por inercia. Como cuando separas la cabeza del cuerpo. Cómo sería su vida a partir de ahora era todo lo que le importaba. Un océano infinito de dudas le asaltaba y él estaba allí tirado, en una orilla, pero no de arena caliente de recreo en un resort, sino una orilla llena de algas y basura.

Ahora llevaba a un compañero de viaje indeseable que jamás le abandonaría y la única forma de sobrellevar ese duro trayecto pasaba por aceptarle y dejarle convivir junto a él. Y echando la vista atrás, después de unos años, comprendió que aquel bache en que recibió la noticia, era eso, un simple tropezón en el camino. Aprendió que poco a poco la basura y las algas que te quitan el oxígeno de la vida van abandonando la orilla para hacer visible la arena, que el tiempo trae las respuestas a su debido ritmo y que siempre, siempre hay gente que está ahí para quererte.

Evaristo fue una de esas personas que le daba la vida. Cuando se despertaba y lo veía dormido a su lado, le despertaba el mayor cariño del mundo y también la mayor atracción. Camiseta blanca de algodón de tirantes pegada a su cuerpo, marcando cada uno de sus exuberantes músculos y remarcando sus fuertes biceps. Y esos calzoncillos blancos que tan bien le marcaban el culazo por detrás y las bolas y la picha por delante. Lo miraba y unas palabras acudían a su boca que lo resumían todo: «estás tan bueno«.

Despierto era como un cachorrito. Siempre juguetón, con mucha energía, empalmado y con ganas de sexo, se ponía encima de Miguel y le invitaba a hacer cerdadas juntos como echarse el aliento. El cachorro metía las narices en la boca de Miguel y se lo esnifaba enterito. Era tan guarro. Mientras se lo hacía, podía sentir que se le estaba empezando a poner más dura de lo que ya la tenía cuando se despertó. Hora de hacer el desayuno y desempaquetar las cosas de su reciente mudanza a Madrid.

Si existía un ying y un yang, pensó que esos tenían que ser ellos. Miguel era más introvertido y se hacía preguntas más filosóficas. Para traerle de vuelta a la realidad, ahí estaba Evaristo, siempre contrarrestando sus preguntas con una estúpida broma que conseguía sacarle una sonrisa. A veces el optimismo se tornaba en pesimismo. Nada duraba para siempre. Tenía pesadillas en las que Evaristo dejaba de existir y a veces, para deshacerse de ellas, aprovechando sus juegos sexuales, le encerraba la cabeza en una bolsa de plástico y le salvaba abriendo una vía de escape para que pudiera respirar de nuevo. En el fondo le estaba matando lentamente y ambos eran conscientes, pero si el amor era mucho más fuerte que la muerte en ese momento, sólo cabía rendirse al destino que les había unido, aunque al final la guerra la ganase la enemiga del hombre.

Le gustaba desnudar a su chico fuertote, quitarle la camiseta y descubrir sus tatuajes, su olor de macho, desnudarle las piernas tan peludas y que tan cachondo le ponían. A Evaristo le gustaba llevar boxer slip y apenas unas caricias y besos bastaban para que se le pusiera tan grande que se le escapaba por un lateral. Le encantaba cuando se tumbaba encima de él y apretaba su durísima polla contra su cuerpo, tan varonil.

Nada le gustaba más que tocarla erecta y dura. Su mano se hacía tan pequeña y tan débil sosteniendo entre sus dedos un cipote tan hermoso, tan gordo, tan potente. A Miguel le gustaba llevar sus partes nobles más sueltas. Evaristo le quitaba los gayumbos, le empinaba el rabo en vertical y se lo chupaba. Aplicaba a esa polla ajena la misma fuerza que aplicaba a la suya, con la mano y los labios arropando cada centímetro del rabo. Miguel adoraba el momento en que se la metía entera por la garganta, el pelo de su cabeza contra su ombligo. Allí se quedaba unos interminables segundos que le hacían levantar el culo y clavársela más hondo.

Se volvían a encontrar sus bocas, con sabor a polla. Sus manos ocupadas pajeándose enérgicamente el uno al otro. Ahora era Miguel el que se encorvaba para comer rabo. El cipotón de Evaristo era tan gigantesco que ya le rellenaba la boca entera, pero a él le gustaba tragar más, sentir los pelos de su torso en la frente mientras se la mamaba, su miembro tan varonil entrando y saliendo entre sus labios, dejándole alguna muestra de precum en la lengua para hacer más placentero el paseo.

Disfrutaban de cada sonido en esa habitación en silencio. El sonido de sus lenguas húmedas trabajando pollas, del frotamiento de las manos contra los penes duros, de los gemidos apagados que evidenciaban el gusto. Miguel se moría por el culazo de Evaristo, igual de peludo que sus piernas. Le dejaba meterle unos dedos por la raja y acariciarlo, pero al final era él el primero que acababa volcado sobre las sábanas, con las piernas abiertas y Evaristo preparándole el camino con salivazos y la habilidad de sus dedos.

La polla gorda y venosa de Evaristo apuntaba recta hacia arriba en un ángulo casi perfecto. Sin condón, le pedía. Consciente de que su cipote era desmesuradamente gordo, se lo presentaba lentamente, empujando con algo de fuerza pero sin descanso, tumbándose sobre su espalda, susurrándole gemidos al oído. Al final cedía, rompía el molde y se metía dentro de su cuerpo una y otra vez con la polla.

Era su hombre, su empotrador, esa pintaca de macho alfa que tenía, bombardeándole el culo a pollazos en posición de flexiones, le volvía loco. Miguel apagaba los gritos contra el colchón. Cuando se había desfogado, cogía el testigo. La visión de su larguísima pollaza blanca contra ese enorme culo morenito lleno de pelos le hacía recaer en la mejor de las fantasías. Se la devolvía una y otra vez, metiéndosela hasta los huevos, tumbándose sobre su espalda y dándole cariño.

Cuando ya estaban tan calientes que el precum se adueñaba de sus cipotes a cada segundo sin poder aguantar más, les gustaba ponerse frente a frente, escuchar y sentir el aliento, agarrarse del cuello para tener un apoyo con una mano mientras con la otra se la cascaban. Miguel fue el primero en sacarse toda la leche. No pudo controlar los primeros espasmos, pero enseguida dirigió la fuente de lefa que le salía d ela polla para que cayese justo sobre el rabo y la mano de Evaristo, que se la seguía meneando.

Con la leche de Miguel endulzando su paja, Evaristo se corría dejando brotar el semen por el enorme cabezón de su polla. De nuevo caían rendidos sobre las sábanas, mojadas de esperma caliente. Miguel despertaría y vería a su chico, ahora sin camiseta de tirantes, ahora sin  esos calzones que dibujaban la forma de su fuerte culazo. Sonreiría al verlo desnudo, a su cachorrito inquieto, recreándose la vista en cada curva, cada centímetro de piel, cada pelo. Sonreía también al futuro, porque por mucho que a la otra le jodiese, ahora estaba ganando el amor y eso era lo único que tenía sentido.

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