Max Konnor empala a pelo el culito de Siren Santiago con su gigantesca pollaza de ébano | Cocky Boys
Un negrazo cachas y muy bien dotado, eso era lo que necesitaba Siren Santiago, uno de esos con un mástil imposible entre las piernas, de los que había visto tantas veces y se le antojaba cada vez que los veía en grupito follándose por todos los agujeros posibles a una chavala en las cintas de gang bang. Cómo se sentiría uno al tener dentro una barra tan grande. Con Max Konnor su fantasía iba a hacerse realidad.
En cuanto Max entró en la habitación del hotel y se despojó de su camiseta ceñida, Siren supo exactamente que quería entregarse a ese completo desconocido. Pectorales de hierro, hombros redondeados, biceps más fuertes que el vinagre y marcando abdominales. Una oleada de calor intenso y excitación le recorrió de pies a cabeza cuando el tio se bajó los vaqueros y se sacó la lanza. La tenía tan puto larga que la dejó descansar sobre una de sus nalgas mientras la otra se la azotaba con las manos. Podía sentir su erección dura y caliente.
Comer con los ojos. Siren creía que estaba preparado para recibirla enterita, pero una cosa era verla y desearla y otra distinta enfrentarse a la puta realidad. Sí, la simple visión de ese tremendo pollón de ébano le despertaba el apetito, le abría el ojete como ningún otro, pero en cuanto Max depositó su cipote en el agujero y comenzó a empujar, fue cuando Siren se dio cuenta de la gesta que tendría que afrontar.
Nunca le habían metido una tan grande. Dolía a veces, daba gustito otras tantas. Con los primeros centímetros soltó un gemido prolongado. Si bien no llegó a acostumbrarse a ese ingente tamaño, sí aprendió a aceptarlo. Se tumbó en la cama bocabajo dejando que Max le poseyera encima, en posición de flexiones. Juntó las piernas para hacer que esa gigantesca pollaza entrara lo más apretadita posible, desafiando a la imaginación.
Ni Max entendía cómo su ancha y enorme polla podía estar entrando por ese estrechísimo agujero, pero ahí estaba, gozándoselo y penetrando a pelo. Siren lo arriesgó todo para culminar el acto, cabalgándose ese pijote, pajeándolo a buen ritmo con su culo, echándose hacia atrás todavía bien empalado y haciéndose una paja, soltando un regalito sobre los abdominales de Max.









