Allen King la mete a pelo en el apretado y precioso culito del guaperas Jake Preston | MEN
Soledad Part 3
El joven corazoncito de Jake Preston se había resquebrajado por primera vez cuando pilló a su novio montándoselo a primera hora de la mañana con el tio con el que justo la noche de antes habían hecho un trío. Ahora directamente estaba a punto de partirse en pedazos si no llega a ser porque todo fue una confusión, y es que al ir a hacer una visita al bar a Allen King, el camarero al que había conocido el finde anterior y con el que había chingado en los baños, vio que intimaba con otro tio tras la barra al igual que había hecho con él antes.
Pero Allen le contó que no era otro chico cualquiera, sino su mejor amigo. De todas formas hizo entender a Jake que tenía que forjarse una armadura. No podía ser que con cada chico con el que se acostara una noche ya sintiera celos al día siguiente si le veía con otro. Tenía que diferenciar lo que era amor de lo que era puro sexo. Aun así, había algo en la carita de Jake que a Allen le enamoraba. Puede que fuera su mirada o lo tierno que le parecía el chaval, saber que bajo esa apariencia de chico enamoradizo y tímido tenía una buena minga colgando entre las piernas.
En apenas unos minutos que llevaban paseando por las calles de la gran ciudad, contándose historias, tomando unos helados, haciéndose selfies para colgar en sus redes sociales, empezó a quererle cada vez más, hasta el punto de creer que se estaba enganchando, algo que ya le sucedió en los baños. Terminaron la ruta viendo amanecer en un lugar romántico, como normalmente comienzan las relaciones, solo que la suya no comenzó ahí precisamente, empezó por donde suelen acabar, follando.
Le invitó a su piso y se permitió el lujo de desnudar ese cuerpo una vez más desabrochándole primero los botones de la camisa, descubriendo un torso delgado pero atlético de armar tomar, bajándole los pantalones, apreciando de nuevo la longitud y el tamaño de esa cola larga que caía flácida pero atenta por delante de sus huevos. Dulce para comérselo, tierno para tomarase el primer tentempié del día. Allen también se bajó los pantalones y le mostró lo enfilado que le tenía, con toda la pija ya levantada.
Recordó que aquello no era el bar, que no tenía por qué tomarlo y rematarlo, que había tiempo por delante, de hecho todo el día. Le cogió de la mano y se lo llevó hasta la ducha. Los dos solos, viendo el agua recorriendo sus cuerpos desnudos, besándose, notando cómo sus pirulas cogían fuerza, se levantaban, se rozaban por todas las partes bajas, duras y calientes. Le preparó un café, pero la imagen de ese chico tan bello sentado en la encimera con la toalla a la cintura le hizo dejarlo a medias.
Al acercarse, Jake se echó hacia atrás apoyándose en los codos, Allen le besó la barriga, luego los pelos del pubis y fue retirando la toalla hasta encontrarse con su pito. Le gustó lo que vio y como tal se le dibujó una sonrisa de gratitud en la cara, le cogió el rabo y se lo desayunó. Le encantó sentir cómo crecía a lo largo y a lo ancho dentro de su boca, la mirada de ojos azules de ese zagal en la nuca, atento a cada mamada que le pegaba. Lo que empezó siendo una colita larga descansando sobre su muslo derecho, acabó convertido en un pollón de los grandes, un mástil largo y gordo cuyas dimensiones parecía mentira que pudieran pertenecer a un chico con esa complexión.
Se tiró un buen rato chupándole los huevos y la cigala. Estaba claro clarinete que le gustaban largas y grandes como esa y que su promesa de catarle de nuevo se iba a cumplir más pronto que tarde. Se echó hacia atrás y le enseñó la erección por debajo de la toalla. Lo que Allen tenía ahí no era una simple tienda de campaña, era algo más, porque hay que ver cómo empujaba hacia adelante y a qué distancia. Quedó claro de qué tamaño se la gastaba cuando se despojó de la toalla y le enseñó todo el miembro.
Se lo llevó junto a los grandes ventanales del comedor, donde Jake empezó a besarle de arriba a abajo hasta agacharse y meterse la cola en la boca. Mientras chupaba, se meneaba la suya por ahí abajo con una mano. Ya habría tiempo para poner el culo por la noche, pero por el día Allen decidió que ese chico sería suyo. Le puso mirando contra los cristales y se colocó detrás de él metiendo el rabo entre sus muslos, acariciádoles la cara interna con él. Jake se volvió loquito cerrando los ojos, gimiendo de gusto. Allen le comió la oreja.
Le tenía abierto, no le hacía falta ni comprobarlo, él sabía de esas cosas de hombres. Le apetecía tantísimo hacer eso. Menudo caramelito. Se retiró un poco para agarrarse el pene y conducirlo hacia la entrada de su precioso culito. Cómo le temblaban las piernas al sentir eso tan grande y duro entrando dentro de él, sin condón. Echó la cabeza hacia atrás y exhaló un gemido por la boca. Alex empujó sintiendo un apretón inconmensurable en su polla hasta tenerla encajada dentro y a fondo.
Al sacarla se fijó en el ojete, de nuevo cerrado a cal y canto. Parecía mentira que un segundo antes la hubiera tenido toda dentro y sin embargo, al volver a plantarle el rabo en el agujero, pudo metérsela de nuevo como si fuera magia. Le dejó acostumbrarse a la sensación y Allen también aprovechó para hacerlo. Era algo nuevo para los dos. Le paseó el rabo por el culete blanquito y redondo. Le parecía precioso a todas luces.
Le dio por detrás y luego se sentó en una silla. Jake tomó asiento sobre sus piernas, frente a él, cabalgando, con sus caras pegadas frente con frente, mirándose a los ojos, sintiendo tantísimas cosas que sus mentes se embotaron de lujuria. Querían hacerlo, lo estaban haciendo. A veces la mirada de cerca de un tio que te gusta en actitud gamberra bien vale por una follada.
Allen le condujo por primera vez a su dormitorio. No solía llevar allí a nadie a no ser que le molara demasiado. Jake había entrado en su top y en su corazón. Le abrió de piernas y se lo folló de pie al borde de la cama. Su carita guapa, sus ojazos, su sonrisa, la cadenita de plata al cuello, todo a favor de obra. Qué bonito que era, por Dios.
Se estaba poniendo bien zorro. Acabó lamiéndole los pinreles. Jake también sabía cómo hacer amigos, levantando los brazos y pasándolos por detrás de la cabeza, dejando a la vista unos sobacos peluditos perfectos para tener sueños húmedos. Se tumbó junto a él en la cama y se morrearon haciéndose una pajas. Jake fue el primero en correrse. Los dos fijaron la vista a la vez y la mantuvieron sobre esa polla inmensa soltando leche. Allen aguantó un poco los machos esperando que lo soltara todo. Acto seguido se la machacó con determinación girándose un poco hacia Jake y le lanzó al chaval todo el esperma encima mojándole el antebrazo. Jake lo alzó y se lo relamió como un gatete.
Se despertó a solas de madrugada en la habitación. Jake ya no estaba. Allen no podía negar que le echaba de menos y estaba asustado porque ¿cómo se podía echar de menos a un tio con el que apenas había follado dos veces y paseado un rato? El corazón mandaba y siguió sus pasos. Buscó a Jake y tuvo que desdecirse de todo lo que le había contado, que en verdad uno sí podía enamorarse de otra persona en apenas un momento. Jake estaba solo, Allen estaba solo. Solo si se juntaban dejaría de existir la Soledad.
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