Telenovela. Capítulo Uno: D.O. regresa para follarse el culazo de Pietro Duarte y regarle la cara de lefa | MEN

La vida del pequeño Pietro Duarte no había sido lo que se dice un camino de rosas, o de pétalos de rosas mejor dicho, porque lo que sí estaba era llena de espinas. Al poco de cumplir los diez años perdió a sus padres y desde entonces su tio se convirtió en su tutor legal. Y digo se convirtió porque si por él hubiera sido, nunca se habría quedado a cargo del pequeño. Fue más una adjudicación del juez que un acto de bondad para con su fallecido hermano y su sobrino. Digamos que él tenía otros “asuntos” que dedicaban todo su tiempo. Circunstancia que pasó totalmente desapercibida para Pietro, cuyo tio era el único familiar y ser querido sobre la faz de la tierra que le quedaba.

A los trece años, una mañana de sábado en que descubría que definitivamente los hombres le atraían, de la mano de una revista porno, el pequeño Pietro se sobresaltó al escuchar voces y ruidos de cristales en la cocina. Abrió la puerta de su habitación, con la polla todavía empalmada se acercó hasta el comedor y se le bajó repentinamente al ver una dantesca escena, su tio tendido en el suelo con un cristal clavado en el cuello y de pie a sus amigos D.O. y Jean Franko con las manos ensangrentadas.

Sin que nadie se diese cuenta, el pequeño Pietro salió por la puerta trasera de la casa y corrió hasta donde más lejos pudo, hasta la montaña. Y allí, junto a un gran árbol, como una silueta dibujada contra el sol del alba, llorando y levantando el puño contra el cielo, juró venganza. ¿Qué me dicen? Como sacado de una telenovela, ¿verdad?

Y aquí estamos, con el ahora joven Pietro ocultando a Jean amordazado en el sótano, a punto de cumplir su juramento. A una cuenta de tres para apretar el gatillo de la pistola y cumplir la mitad de su promesa. Si no fuera porque justo en ese momento se presentó D.O. en la casa. Hasta para subir planificó su venganza, dejando un chorro de aceite en las escaleras.

Al saludar a D.O. puso las cartas sobre la mesa, pero D.O. lo negó todo, dejando ver que su tio ocultaba secretos que él no conocía, e intentó camelarse con palabras bonitas al zagal, diciéndole que siempre había querido a su tio y que podía verle en sus ojos cada vez que le miraba. Bueno, pensó Pietro viendo al hombretón que tenía enfrente tan varonil y apuesto, si se lo iba a cargar, por qué no dejar que antes le follara.

Así fue como echó mano al paquetón y se abandonó a los brazos del traicionero amigo de su tio, se puso de rodillas, le dio un repaso con la lengua desde la base hasta el cipote y le comió la grandísima polla que tenía entre las piernas, tan gorda y grande que apenas le cabía en la boca.

Tan masculino, tan fuerte, tan bestia. Si su tio había disfrutado de ese pollón, ¿acaso no era él el digno sucesor que debería hacer lo mismo? Dio la espalda a su agresor, abrió un poco los cachetes del culo y le dejó el paso abierto para meterse dentro. Sintió el cabezón de la polla duro, gordo y caliente partirle el ojete y después de seguido todo ese inmenso rabo rozando las cachas de su suave culete, insertándose cada vez más dentro de él.

El ritmo de la follada se volvió más intenso. Hizo tumbarse a D.O. en el suelo mientras él se montaba sobre sus piernas, pajeando con su joven culo esa polla tan grande, experta y madura. El joven Pietro se aventó los huevos, dejando escapar una fuente de chorros de lefa de su tiesa polla. Volvió a ponerse de rodillas y abrió la boca, dejando claro a D.O. cuál debía ser su próximo movimiento. D.O. se arreó una paja delante de la cara del chaval y le dejó todos los lefotes encima sobre el pelo, la mejilla y la barba.

Pietro pensó en perdonarle, sobre todo si todas sus tardes iban a convertirse en una fiesta sexual a partir de ahora, pero D.O. escuchó ruidos en el sótano y se empeñó en bajar. “No tienes por qué hacerlo“, le dijo el joven. Pero ya saben, amigos, la curiosidad mató al gato.

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