Koldo Goran empala sin condón a Olyver Vega entre los matorrales del bosque | Fucker Mate

Con el calor que hace, no es que esté muy aconsejado hacer senderismo, pero Koldo Goran y Olyver Vega son unos valientes y tiran millas mochila al hombro. Acostumbrados a viajar kilómetros sin cruzarse con nadie, cada uno en direcciones opuestas se ven por primera vez a lo lejos, apenas cubiertos por unos speedo y los dos piensan “joder qué tio tan bueno“.

Y mucho mejor que se ven estando cerca, cuando ven la silueta dibujada de sus paquetes en movimiento, cuando están uno frente al otro y sin disimulo se magrean los paquetones, intentando dilucidar qué tamaño tienen, cuando sin pensárselo dos veces, abandonan el camino y se introducen en la madre selva, entre tierra, arbustos y árboles que darán cobijo a su amor.

Exploran las inmediaciones para encontrar el lugar perfecto, se despojan de las mochilas y dan rienda suelta a su pasión. Se besan para conocerse mejor y parece que ya han decidido quién se va a follar a quén, no sabemos si por cuestión de tamaño. Es por cuestión de tamaño. Olyver saca el rabo a Koldo en bandeja, tirando de la goma de los gayumbos hacia abajo y dejando que se pose toda caliente y enorme sobre su mano.

El cabrón ya la tiene casi del todo dura. Se la agarra con fuerza de la base y le hace una pajilla. Koldo se pone cachondo, entorna los ojos de gusto y da embestidas con el culo follándose el puño de Oly, que al final acaba de rodillas intentando digerir ese rabo enorme. Koldo es consciente de que tiene una gran polla y se aprovecha del hambre que su miembro provoca en los tios para follarles la jeta y obligarles a tragar un pelín más.

Olyver es un chico aplicado y lo intenta. Se queda relamiendo la puntita como los gatos y cuando la tiene bien barnizada, acopla el pollón a la entrada de su boca y se la intenta comer. Cierra los ojos, arrastra un poco los labios sobre la piel del rabo, nota cómo el cipote se le está colando más allá de la campanilla, pero ni con esas, se queda a medias, demasiado grande.

Ni uno ni otro cejan en su empeño. Koldo está deseando ponerle los cojones en la barbilla. Se pone de pie, deja la cabeza de Oly entre sus piernas y le folla a saco la boca haciendo que se atragante unas cuantas veces. No hay manera. Casi lo consigue sentándose sobre su cabeza hincándole el rabo dentro. Al menos ha conseguido rozarle un poquitín con los huevos en nel bigote. Suerte que la habilidad de Olyver para comer pollas está más que confirmada. Su piercing en la lengua hace maravillas rodeando el capullo y tiene un apetito voraz relamiendo las pelotas.

A ver si todo lo que no ha podido tragarse por la boca consigue metérselo por el culo. Tiene una buena raja el chaval, perfecta para hundir buenos rabos como ese. Ahora es Koldo el que se pone en cuclillas para degustar el ojal por el que va a meter la lana para coserle el culo a pollazos. Se levanta, acaricia con su cipote mojado todo el culete y la parte baja de la entrepierna a Oly, se la acopla dentro del agujero y su cara cerrando los ojos y abriendo la boca lo dice todo. Ya está dentro.

Puede que llevara algún condón en la mochila, pero ninguno de los dos lo vio necesario. Al fin y al cabo, qué animalillo de bosque corría a ponerse un condón estando en el fragor de la batalla. Ahora sí Koldo aplicó toda la rabia dentro de ese culazo y se la metió hasta el fondo. Le daba igual que el chaval gritase, porque sabía que al final ese dolor se convertiría en gusto y se lo agradecería.

Con una mano, Oly intentó frenarle un par de veces para que fuera más despacio, pero Koldo ya estaba acostumbrado a que le dijeran eso por el tamaño de su miembro y se había convertido por naturaleza en todo un experto. El secreto consistía en no hacer ni puto caso, es más, en hacer todo lo contrario, follár más a saco y empalarles hasta dejarles los cojones pegaditos a los cachetes del culo.

Un mirón no habría tenido las mejores vistas para hacerse una paja disfrutando a espuertas de este par de dos haciendo picnic. Rodeados entre la maleza, estaban protegidos ante miradas de curiosos. En esta merendola de tarde no abundaban ni los sandwiches ni el queso, pero sí las salchichas, los huevos, los plátanos y los melocotones y los dos tenían un apetito voraz.

Koldo se tumbó en el suelo y Olyver se sentó sobre sus piernas clavándose hasta el último centímetro de polla. Hasta él mismo flipaba. Se la dejó ahí un buen rato dentro, sin pajearla, sintiendo cómo formaba parte de su ser y le completaba el hueco. Echó una mano entre las piernas de los dos y la rozó con sus dedos. Los huevos cargados de lefa, la base de un gordo pollón y después su agujero, todo perfectamente conectado.

El tocón de un jóven árbol selló el amor de estos dos hombres que acababan de conocerse. No iban a dejar precisamente corazoncitos tallados para recordar su efímera relación, sino un rastro de macho. Olyver hizo alarde de su elasticidad y puso una pierna completamente estirada hacia arriba apoyándola en la madera. Koldo se acercó por detrás y le enchufó la polla a pelo.

Volvieron al suelo y Oly volvió a sentarse sobre las piernas de Koldo, esta vez frente a frente. Con el rabo ensartado, se incorporó un poco y se cascó un pajote muy lechero. Koldo aún tenía toda esa lefa pagadita al torso. Dejó que Oly ocupase su lugar y se puso a su lado haciéndose él también una paja, con la polla pegada a su cuerpo. En cuanto le vino la corrida, acercó el pollón a la cara de Olyver y le dio de comer lefa. Acercaron las bocas y se quedaron disfrutando de dulces besos como animalillos enamorados. Con este calor les habían entrado ganas de quedarse desnudicos de cintura para abajo, enseñando el rabo.

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