Gang bang al benjamín y mamadas de pollones latinos lecheros en la habitación de hotel | Latin Leche

El plan para esa noche era o salir con los colegas buscando chavales sin saber si iban a terminar la noche metiéndola en un agujero calentito o alquilarse entre los cuatro una habitación de hotel sabiendo de seguro que entre los cuatro se podrían hacer un apaño chupando mingas y follando, así que, en vistas a que hacía frío y lo seguro siempre es un blanco fácil, terminaron en bolas en la habitación de hotel dando rienda suelta a las necesidades que, como hombres, tenían.

Puede que su novio se sintiera un poco celosillo, pero el benjamín del grupo tenía un hambre voraz de rabo y como los demás tardaron mucho, el amigo en común que tenían y él comenzaron la fiesta. El chavalín estaba tumbado en la cama, poniéndose las botas con ese rabaco largo, metiéndose la minga hasta la garganta y disfrutándola cuando el cámara llegó con una visita especial, su propio noviete. De parejas iba la cosa.

No tardó el nuevo invitado en tumbarse al lado del chavalito y besar su boca con olor a rabo. De hecho la habitación ya se estaba impregnando del aroma a hombre y estaban tan cachondos que entre el amigo y el novio del cámara empezaron a desnudar al chaval, a besarle, a meterle la mano entre las piernas, a colarle los deditos por la raja del culo hasta alcanzar su precioso y apretado agujerito.

Seguían sonando los gemidos, pero ahora apagados, porque el novio del cámara y el chaval tenían las bocas ocupadas mamando rabo. El benjamín estaba hecho todo un cabroncete y tenía bien claro lo que quería. Poco a poco se fue metiendo entre las piernas de su mejor amigo, con sus pelotas en la boca, alzándoselas con la lengua, dejando que cada cojón colgase por separado, cayendo sobre la comisura de los labios.

El hambre de pollla no se le iba ni de coña. Cuanto más olía a rabo, más ganas tenía. Se acomodó entre los dos tios y se dio un atracón de mingas mientas esos dos, que recién acababan de conocerse, intimaban con un buen morreo.

Llegó el novio. Lejos de ponerse celoso por ver a su chico con la boca llena de rabo, lo que se puso es cachondo y con ganas de unirse a la fiesta. Se desnudó y se puso de rodillas en la cama rodeando a su chico junto a esos dos tios. Ahora ya tenía tres rabacos para gozarse y uno de ellos lo conocía como la palma de su mano. El más gordo y grande de los tres, el de cipote grueso y descapullado, el que le hacía abrir el culo como nadie.

Se tomaron turnos para follarle la boca. El chaval tenía los morros llenos de babas. Cuando el cazador acercó la cámara, casi estuvo a punto de convertir ese cuarteto en una orgía a cinco, porque el sonido que se colaba por los altavoces, con el ruido de las mamadas, se la estaba poniendo dura. Sólo acertó a preguntar al chaval si quería que ahora esos tres se lo follasen a pelo. La respuesta estaba clara y espesa.

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