Oz Daddy cumple su deseo más lujurioso follándose el precioso culito de Oliver Carter sin condón por el día de San Valentín | Say Uncle X Family Dick
Dick Beats Chocolates For Valentines: A Raw Fuck Before She Finds Out
La debilidad de Oz Daddy eran jovencitos como Oliver Carter. Su condición de profesor de educación física le llevaba a ver desnudos a chicos como ese cada día en los vestuarios, bajo las duchas, con sus cuerpos atléticos, los rabos campaneándoles entre las piernas, brincando cuando se gastaban bromas, el agua chorreando por sus penes como si estuvieran meando, montones de chicos, todo un equipo entero. Oz se mantenía al margen para no cortarles el rollo, pero había una razón más que obvia para no unirse a ellos, y es que se le pondría bien tiesa y tendría que dar explicaciones, así que prefería espiarles desde una esquinita, pajeándose mientras sus ojos se quedaban atrapados entre las bondades de todos esos yogurines.
Hacía tiempo que se había encaprichado de uno de ellos. Su pelo rubito revuelto, su carita guapa, sus ojazos azules, su cuerpecito delgado, marcando algunas costillas pero también destacando sus incipientes abdominales gracias, en parte, a su gran labor como profe de gimnasia. Este enchochamiento le llevó a urdir la mayor mentira de su vida, pero una que le granjearía mil y un placeres, la de camelarse a la madre del chaval.
Sabiendo que los chavales tendían a pajearse a solas en su habitación por las noches antes de agarrar el sueño, no había día que Oz no fuera andando de puntillas hasta la habitación de Oliver, entornando un poco la puerta y despertando su imaginación al ver el movimiento bajo las sábanas, la mano de Oliver subiendo y bajando por una tienda de campaña. A menudo también solía entrar a mear o a afeitarse mientras se estaba duchando. Ya solo con eso a Oz bien le valía compartir cama con alguien a quien en realidad no amaba, pero desde muy joven había aprendido a tener que sacrificarse para lograr sus objetivos.
No pensó en ir más allá hasta que se le presentó una oportunidad de lujo el día de San Valentín. Estaba preparando la decoración de la casa inflando globos para la celebración de esa noche, una cena romántica, cuando Oliver llegó del instituto. Mamá no llegaría hasta la noche y estaban los dos solos. Como profe de educación física, Oz tenía la potestad de vigilar la alimentación y el avance de la complexión física de sus alumnos.
Para Oliver, tener a su profe en casa era un privilegio frente a los demás chicos del instituto. Gracias a él había progresado mucho y ese día Oz le sentó a su lado y le hizo sacarse la remera para ver los resultados. Oz recorrió su torso con las manos, alabando el avance del pechote y deteniéndose en los abdominales, los que sin duda destacaban sobremanera.
Las ganas que Oz tenía de trincárselo no eran ni medio normales. Estaba tan cerca… qué ojazos, qué labios. Le pasó una mano por detrás de la nuca y se lanzó a por todas. Le preguntó a Oliver si le gustaría practicar un tipo de entrenamiento que le convertiría en todo un hombre y le haría dar un paso de gigante respecto a los otros compañeros de su clase.
«El entremamiento es activar el cuerpo follando, ¿sabes lo que es follar?«, le preguntó Oz. Oliver asintió con la cabeza. Nunca había hablado de sexo ni con su padre biológico ni con mamá, se sentía extraño y vulnerable a la par que ansioso por descubrir cómo sería hacerlo en realidad, no viéndolo desde fuera en la tablet. «Pero eso se hace con una chica, ¿no?«, preguntó tragando saliva. «A falta de ellas, también podemos hacerlo entre tios, yo te enseño«, sentenció Oz.
Dicho esto, fue acercando su cara a la de Oliver, enamorado por sus ojos azules, dejándose atraer como un imán. El chaval hizo lo mismo y acabaron fundiéndose en un beso. El corazón de Oz iba a mil, nervioso paseó la mano por la cara del chico, deleitándose con sus labios. Oliver no se quedó quieto. Oz sonrió al sentir la mano del chaval rozándole el paquete con los nudillos, entonces le comió la oreja y sintió cómo Oliver gemía y se derretía entre sus brazos.
Todo iba viento en popa. Oz miró de reojo a la entrepierna de Oliver. Se alegró al ver que había formado una buena tienda de campaña y que el sentimiento era mutuo. Le puso de pie y le bajó los pantalones de deporte. El rabo salió brincando después de toparse con la goma de la cintura. Buenos genes le había dejado el padre, con un pollón bien largo y gordo, y todo para que luego otros cerdos como él se lo zamparan.
Resistiéndose a inclinarse justo en ese momento y posar los labios sobre el cipote, Oz mantuvo la calma sentado en el sofá y se dio unas palmaditas en las piernas, animando a Oliver a tumbarse bocabajo sobre su regazo. Los ojos en blanco al notar el roce de sus pelotas calientes, de su pito duro y bravo entre los muslos. Por fin, lo que tanto había ansiado estaba delante de él, un culito joven, redondo, terso y suave.
Un fuego le recorrió el cuerpo de pies a cabeza cuando rozó las nalgas con sus manos. Simplemente precioso, qué hermosura. Se inclinó para darle besitos, algún que otro mordisco dejándole la marca. Se juró a si mismo cuidar a ese chaval todos los días de su vida, al menos el tiempo que permanecieran bajo el mismo techo, antes de que volara del nido o que mamá le pillara, lo que antes sucediera.
Desplegó sus nalgas con ambas manos descubriendo una rajita profunda y peluda, sumergió la cara dentro y sintió el calor que desprendía ese ojete por primera vez. Volvió a separarse de él para admirar su belleza y le escupió encima, soltando un buen gapo en mitad de la raja. No paró de manosearlo, de rozar la entrada con la yema de los dedos, de besarlo y cuidarlo nerviosito perdido.
No era el único que se lo estaba pasando bien. Oliver se estaba poniendo cachondón y de forma natural se fue abriendo de piernas, con las bolas bien destacadas entre los muslos. Oz le puso el culete en pompa y le forzó sacándole la polla bien dura entre las piernas, dejando a la vista la triple tentación, culazo, huevetes y pollón. Se la agarró fuerte y comenzó a masturbársela bien rico. Ante los gemidos del chaval, acompañó la paja con unas buenas caricias en el ojete.
Bajo los pantalones de pana, Oz no podía esconder su orgullo. En cuanto se incorporó para sacarse la camiseta, dejó a la vista su empoderamiento y Oliver, por su cuenta y aplicando lo que había visto en las pelis guarras, se dirigió hacia una esquina del sofá dándole la espalda y entregó su culete. Oz estaba deseando tomarlo, pero sabía que quedaba tiempo por delante antes de que regresara mamá a casa, así que puso la cabeza a la altura de ese culazo juvenil y se dio el lote paseando los morros por la raja, succionándole los huevos y relamiendo su pene, haciéndole la triple comida.
Penetrar ese culito con condón hubiera sido un pecado. A falta de lubricante, Oz necesitaba bien de saliva y el único que podía regalársela era Oliver. Se incorporó y comenzó a desabrocharse el botón de los pantalones, a bajárselos bajo la atenta mirada de Oliver. La polla le apretaba demasiado ahí dentro. Se la sacó toda grande y bien gorda y le encantó escuchar un «guau» de la boca de Oliver.
Acostumbrados a ver mingas más finas y largas, era normal que los jovencitos quedaran impresionados al ver una polla hecha y derecha, veterana. Oz dejó escapar algo de precum que le inundó la raja cuando el chico posó la manita en su miembro viril. Le colocó la mano por debajo de la barbilla y le acarició los labios con el pulgar, deseando que los posara en su polla.
Cerró los ojos para aguantar el flujo de leche que se le vino de repente al ver cómo le posaba los labios encima y le atrapaba una polla demasiado grande para él, que apenas le cabía dentro. No supo muy bien cómo lo hizo el cabroncete, pero después de unas chupaditas, consiguió zampársela entera, la boca abierta a tope y la vena del cuello hinchada. Se la estaba amando.
Tras darle un besito en la boca y ver lo precioso que era, le ordenó volver a la esquina del sofá. Se pajeó admirando el culazo. Observó su polla, grande y gorda, luego el culo del chaval que jamás había probado una. La idea de desvirgarle le tenía el alma en vilo, pero presentía que le iba a destrozar el ano con esa verga. Pensó que antes de que ese zulo se lo gozara otra persona, primero sería él. Con esa idea, avanzó, se colocó detrás de Oliver y le fue penetrando lentamente y sin condón.
«Este entrenamiento al principio duele, pero en un rato te gustará«, le dijo acariciándole el hombro, la espalda, empoderando las caderas, abriéndose hueco dentro de él. Cuando sus muslos se toparon con las nalgas de Oliver y tenía ya toda la polla dentro, comenzó a follárselo. Fue lento, dejando que ese agujero se acostumbrara a ese objeto grande y extraño que había decidido perforarle.
Le temblaban las piernas de las ganas que le tenía, no pudo contenerse e incrementó el ritmo. Sus piernas fuertes y peludas chocando contra sus muslos atléticos, empacándole las pelotas en todo el pandero con cada pollazo. Le hizo darse la vuelta y se lo folló bocarriba. Abierto de piernas, Oliver no dejaba de mirarle, de pajearse. Oz le cogió una piernas y le lamió el pinrel, paseando su lengua por los dedos, metiéndose en la boca el dedo gordo, mirando a su chico a los ojos mientras lo hacía.
Como no podía ser de otra manera en un chico de su edad que descubría cosas nuevas y excitantes, Oliver estaba borracho de placer, con los mofletes sonrojados por el vicio. Gimiendo como un perro abandonado, se corrió encima ante el ataque repentino de Oz, que le dio por empotrar a lo loco. Oz miró al cielo, rezó a todos los santos, deseando poder aguantar al menos un ratito más ahí dentro.
No llegó a sacarla. Se inclinó hacia el chaval, con el cuerpo dando espasmos de placer, empapado en sudor, dejando fluir su semen dentro del ano del chico, preñándole. La cara roja, los bufidos de gusto proliferando por su boca, su vientre expandiéndose y hundiéndose en una respiración abrupta y agitada, intentando volver a tener el control.
Se acercó a la cara del chaval y le besó, todavía dando espasmos, todavía con la leche fluyendo por su polla. Se incorporó y sacó poco a poco el rabo del interior de Oliver, empapado de lefa, el poso de la leche alrededor del agujero del chico. Cuánto había deseado ese momento. Se quedaron un rato besándose, los dos desnudos y corridos, Oliver todavía abierto de piernas y las de Oz empujándolas hacia afuera. «Ni se te ocurra contárselo a tu madre«, le hizo prometer. Oliver le miró a los ojos, asintiendo con la cabeza y Oz supo que estaba diciendo la verdad.
Nota: Las imágenes, el vídeo y el texto reflejan una obra de ficción. Los actores no tienen ninguna relación de parentesco real.









