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Charlie Cherry se folla a pelo el culazo de su becario Cristian Blanco en el estudio de grabación y le pregunta si su semen sabe salado | Men At Play

MAP Records: A&R

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Dos planetas, cada uno en su propio mundo. La colisión podía ser explosiva. Cristian Blanco, el becario de Artistas y Repertorio de la firma de discos MAP Records, llevaba meses codo con codo y admirando la música de Charlie Cherry. Se quedaba embelesado mirándole cuando este no se daba cuenta, ahora igual, desde la puerta del estudio de grabación, mientras Charlie escuchaba sus canciones por los cascos a los mandos de la mesa de mezclas.

Sus manos grandes y varoniles bajando y subiendo los ecualizadores, el ritmo de su cuerpo al compás de la música, luciendo una camisa que le quedaba como un guante en un cuerpo que se adivinaba fuerte y musculoso, la barbita en su guapísima cara, una que le recordaba a cierto personaje de Marvel, del que ahora no podía recordar su nombre, dispuesto a salvar el mundo y a sus gentes.

Sí, cada uno estaba en su propio mundo, él embobado mirándole y Charlie todavía con una comida de olla descomunal, soltando una pregunta que no venía a cuento y que pilló al becario totalmente desprevenido cuando le pilló mirándole desde el umbral de la puerta. «Una tia con la que me lo monté anoche me dijo que mi lefa sabía salada. Me dejó ralladísimo, tio. Ahora tendré que esperar a la siguiente que quiera tragarse mi esperma para preguntarle«.

Por suerte para Charlie, no iba a tener que esperar otra noche ni a la chica adecuada para que respondiera a la pregunta que seguía dándole vueltas a la cabeza, porque el becario iba a catársela allí mismo. Charlie se puso cachondete cuando el chaval se ofreció. A ver, no tenía tetas ni coño, pero el chico era bastante guapete y parecía con ganas de chupársela. Lo comprobó en cuanto se abrió un poco de piernas y se fue desabrochando la bragueta para sacársela, porque Cristian se relamió los labios y le miró a los ojos.

No sabía si se la esperaba tan grande y gorda porque el cabroncete no decía ni mu. Ellas siempre se lo decían. «Qué grande la tienes«, le decían. Y se volvían locas. Pero el becario no decía nada, se limitaba a chuparle el cipote porque apenas le cabía más trozo de pene en la boca, ya la tenía bien rellena solo con la punta. El chico se cogió la corbata y rodeó la polla con ella, masturbándosela. El agradable tacto sedoso de la tela provocó una reacción en cadena, haciendo que Charlie se volviera loco, gimiendo y echándose hacia atrás en el asiento del puto gusto.

Se levantó encabronado, cogió la cabeza del chaval a dos manos y le obligó a tragársela hasta las pelotas. Nunca podría olvidar el brillo y las lágrimas en los ojos del chaval al sacársela y mirarle. Le dio la vuelta, le inclinó sobre la mesa de mezclas, le bajó los pantalones descubriendo y hermoso culito blando y redondo de fantasía y se lo destrozó a pelo metiéndosela con fuerza.

El momento de la verdad estaba cada vez más cerca. Que se la chupara y habérsela follado era un paso necesario para llegar a ese momento, pajeándose sobre la cara del becario, corriéndose en sus morros, en su bigotito, en los labios, la leche colándose por el interior de su boca. No le había dicho antes lo grande que la tenía, pero ahora necesitaba una respuesta. «Qué, ¿sabe salada o no?«, le preguntó abiertamente observando el descomunal pollón sobre la jeta del chaval, que se relamía los labios mirándole a los ojos.

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