Charlie Cherry da matraca a pelo a Luciano con su descomunal pollón en el corredor y los baños del trullo | Raging Stallion

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La prisión era de máxima seguridad, pero cuando se tenían buenos contactos y se gozaba de buena reputación y un buen comportamiento, a veces los seguratas hacían excepciones teniendo en cuenta que los presos tenían unas necesidasdes básicas que cubrir, una de ellas y primordial, el sexo. Y en una cárcel eminentemente masculina, uno se agarraba a los rabos como a un clavo ardiendo.

Cuando la necesidad acuciaba y llamaba a tu puerta, era fácil olvidarse con el tiempo de comer almejas y sentir una erección palpitante al sobar entre sus manos un buen par de tetas. De repente comenzabas a fijarte en cosas que normalmente siempre habías pasado por alto y la sensualidad masculina ganaba enteros. Cada vez más desafiante, morbosa y excitante.

Luciano y Charlie Cherry llevaban un tiempo teniendo encuentros. De momento les dejaban verse en los corredores, separados por barrotes o la cristalera de las visitas. De cada uno de esos encuentros se volvían a la cama cada vez más cachondos, dándole a la manija sin control, cerrando los ojos y rememorando sus atractivas caras, la lengua humedeciendo sus labios, las camisas entreabiertas, descubriendo sus pectorales, su virilidad, las manos rozándolos de una forma lividinosa y sensual.

La noche en que por fin les dejaron tener su primer encuentro carnal sin barreras de por medio, dieron rienda suelta a todo lo que llevaban acumulado este tiempo atrás. Se morrearon con lengua, paseando sus lenguas por  los labios, comiéndose con ganas. Se desnudaron, juntaron los rabos y los rozaron uno contra otro, deslizándolos suavemente uno sobre el otro, enfrentaron los cipotes acariciándoselos con las rajas llenas de precum por la excitación.

Luciano la tenía larga y bonita, pero no dejaba de mirar hacia abajo, entre los dos, impresionado por el descomunal tamaño de la de Charlie, una que ni en sueños habría podido imaginar de un tio que, aunque alto y de cuerpo atlético, era jodidamente tocha, larga y bien gruesa, más del doble que la suya, diferencia que se notaba no solo a lo ancho, sino en el pedazo de cipote capaz de rellenar una boca bien hambrienta y dejarla saciada.

La boca de Luciano era un puto deseo. El chaval era guapísimo, con una mirada de cachorro encantadora y sus labios quedaban enmarcados perfectamente entre su barbita y su bigote, realzando su majestuosidad. Los tenía húmedos y suaves. Charlie vio cómo su cipote se iba envolviendo en ellos, desapareciendo en el interior de su boca, que se abrió después a tope, se le hinchó hasta la vena del cuello, para cazar un buen trozo de chistorra caliente.

Dios, qué carta tan bonita y qué boca tan juguetona, siempre húmedos los morros, mirando de cerca el pollón y comiéndoselo, plantando la manita allá en el trozo de polla al que no llegaban esos labios y pajeándola con la misma suavidad que le caracterizaba, una que no paraba de llenarle a Charlie de leche los huevos. Luciano se inclinó un poquito más a gatas hacia adelante y Charlie pudo verle el culete ahí al fondo, redondito, blanco, suave, con una buena raja. Quería que se la siguiera chupando, pero ahora le estaban entrando unas ganas terribles de tocar ese pandero alucinante.

Le hizo ponerse de pie y le comió la boca, que ahora sabía a polla, a su polla. Charlie se agachó y puso la cara junto a su cadera, mirando por detrás de su espalda, acariciándole ese culazo tremendo. Le separó las nalgas y bufó al ver el hueco que tenía en medio directo hacia el agujero, perfecto para calzarle el tamaño de su pene. Qué gusto daba rozarle el ojete con la yema del dedo. Ni un solo pelito, suave como él solo.

Le puso mirando hacia el boquete de la pared en obras y le metió la polla sin condón hasta el fondo. Le cogió por las caderas y empezó a empotrarle con fuerza desde el principio. Le abrazó por detrás y continuó haciéndole el amor, comiéndole la oreja, echándole el aliento y los gemidos en la boca, que supiera que estaba ahí detrás, protegiéndole, que no le iba a dejar escapar.

Se lo llevó al baño. Luciano se apoyó en el lavabo. Charlie le pasó una mano entre los muslos elevándole una pierna y volvió a metérsela dentro. En esa postura, Charlie se vio obligado a doblar un poquito las rodillas para asegurarse de que lo penetraba bien. También le permitía ver la pija de Luciano, ahora completamente dura y tiesa. Mientras se lo follaba, Luciano se masturbaba. De nuevo le abrazó por detrás y le hizo suyo.

El baño estaba hecho unos zorros. Tuberías y grifos oxidados. Un cartel que en la entrada a las duchas advertía bien claro y mal escrito «no te hagaches a x el javon es una tranpa«. Un ambiente propicio para desatar el morbo masculino. Regresaron al boquete de la pared, Charlie sentó sus posaderas en los ladrillos descubiertos de la parte de abajo y Luciano lo cabalgó empalándose su tranca. Entre salto y salto se fue haciendo un pajote. Un gemido de gusto, se echó hacia atrás para dejar que Charlie también lo viera y le enseñó cómo se corría, lanzando un buen chorrazo blanco y cargado al aire, ensuciándose el puño, dejando caer al suelo un buen colgajo de semen.

Charlie siguió sentado en el hueco de la pared. Se masturbó efusivamente mientras Luciano se agachaba y le comía las pelotas. Echó la cabeza hacia atrás, mostró su afecto y empezó a expulsar borbotones de lefa por la raja del grandioso pollón. Mecos bien espesos que resbalaban del cipote hacia atrás, mojándole el pulgar, deslizándose por el rabo hasta quedar pegados a sus ingles. Su cuerpo deliraba, se revolvía, todavía sacando leche, pegaba espasmos de gusto, con la mirada perdida en Luciano, que seguía relamiéndole las bolas.

El chico paseó su mano por el pene grande y duro todavía, ahora mojado y pegajoso. Le pegó una calada al cipote degustando el semen caliente y lo soltó escupiéndolo sobre la polla. Todavía recomponiéndose de la corrida, Charlie se echó hacia atrás, dejando que Luciano siguiera limpiándole el sable. Ahora se estaba dando pollazos en la lengua, aprovechándose de que Charlie todavía estaba bien empalmado.

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