Romeo Delucca se pone cachondo y se desnuda entre zapas y calcetos | The Male Muse

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Cuando cruzo el umbral de la puerta de su piso, me pregunto en qué momento me sedujo tanto Romeo Delucca como para pasar de estar acariciando a su perro mientras daban un paseo por la calle a estar ahora a punto de dejarme follar por él, por un desconocido. Suelta la correa a su perro que va directo a la cocina a beber agua, se pasa la cadena por detrás del cuello, me agarra del pecho de la camisa, me atrae hacia él y me mete un morreo que me deja loco.

Ahora lo entiendo todo. Su gorrita, ese bigotito encima de sus bonitos y sabrosos labios, sus piernas peludas, su cuerpo tatuado, delgado pero bien atlético, lo atractivo que es. Caí de lleno con unsa sonrisa suya, me invitó a pasarlo bien y aquí estamos. Tiene la casa hecha unos zorros. Calcetines, zapas y calzones tirados por los suelos. Me mira y me dice «lo siento«, pero con la boca chica, porque se sienta en un rincón y me mete en su jodido universo de cerdo.

Cuando lo veo esnifarse unas adidas a la vez que se toca el paquete, sé que con ese tio no va a ser como con los demás. Que me voy a llevar gapos, que vamos a mezclar saliva, que voy a oler y a meterme su sudor hasta donde nunca pensé que podría metérmelo, que me voy a llevar una buena somanta de hostias en la cara cuando me ponga a comer rabo. Joder, tengo el corazón que se me desboca.

Mi mente calenturienta es cerda a más no poder, pero estoy a punto de comprender que la realidad va a superar todo lo que había imaginado. Sigue impregnando sus napias con el aroma de las zapas, se mete una mano por el lateral de los calzones y se saca la minga, bien larga, descapullada. Se levanta y se baja los pantalones. Lleva unos calzones abiertos por detrás y me muestra su culete delgadito pero bien formado, algo peludete.

Al darse la vuelta, se convierte en un chico tímido, tapándose el bulto del paquete con las dos manos. Me fijo en su torso, tatuado, con los músculos bien marcados, delgadito como esperaba y esos pelos que recorren su ombligo y que van haciéndose más espesos a medida que se internan más allá bajo la goma de los calzones, me seducen por completo, deseando ver más de él. Con el pulgar tira de la goma y me deja ver una muestra, pero antes de enseñármelo todo, me tumba en el suelo y me pisa como una colilla, primero el pecho, luego la cara. Soy su perro y ya he encontrado un nuevo dueño.


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