Oliver Marks entrega su precioso culazo blanco, suave y redondito al guaperas de Trevor Brooks para que se lo folle a pelo | Falcon Studios

Falcon's Endless Summer

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El verano ya llegó y con él lo hizo también el calor del sol impregnándose con fuerza a la piel del torso desnudo de un sonriente Oliver Marks, que gozaba de esa parte del año como un enano. Cogió su monopatín y se dirigió como cada año al lugar donde le estarían esperando los chicos para inaugurar la temporada estival ganándose unas perras a cambio de limpiar coches, un dinero que luego emplearían para hacerse un viaje sin fin hacia le final del verano.

En el trayecto no pudo ser más feliz. Tios guapos semidesnudos con su tablita de surf, banderolas anunciando las festividades cercanas y sus colegas esperándole cerca del concesionario, que no podían estar más buenos, desnudos de cintura para arriba, con sus bermudas bien ceñidas marcando culo y paquete, dando cera con la esponja y la espuma a un buga rojo que se intuía era de un tio rico.

Ya no eran aquellos niños que se distraían con cualquier cosa. Sus cuerpos se habían transformado, ahora convertidos en unos hombrecitos y cada vez tenían más claro qué les gustaba. Y Oliver tenía claro que le gustaba Trevor Brooks. Su carita de guaperas, su pelazo con un buen tupé y un torso perfecto. Cuando él estaba en el grupo de amigos, se sentía seguro y distinto, a veces con la necesidad de gustarle.

Las risas ya no eran sólo risas, eran seducción, las bocas de las mangueras ya no eran sólo bocas, simulaban agarrar sus pollas meando, la espuma y el agua resbalando por sus pectorales y abdomen ya no eran sólo agua, eran el rico caldo de cultivo para posar la vista en las protuberancias de sus músculos. Alguno, todavía sumido en un tiempo entre la niñez y la adolescencia, se permitió hacer un calvo restregando su culo por la carrocería.

Había cola de tios esperando con el coche en punto muerto, deseando ver los cuerpazos de los chicos limpiando. Todo un espectáculo. Oliver acabó su turno y animó a Trevor a ir juntos a ducharse y cambiarse. No pensó en ese momento que una vez que estuvieran a solas, tan cerca, al ver la sonrisa de Trevor, sus ojazos brillantes, caería presa de su influjo.

Le apetecía tanto que se liaron allí al fondo del concesionario dándose el lote. Oliver miró hacia abajo. Algo asomaba por encima de la goma de las bermudas de Trevor. Si era su polla erecta, la tenía bien larga. Se agachó y efectivamente comprobó que el chaval estaba dotado con una buena minga. Le bajó las bermudas y comprobó de primera mano lo larga y grande que era, tan bonita como él entero.

Le comió la polla y se lo hizo como nunca se lo había hecho a ningún otro chico, haciendo un hueco en su garganta para dejarle pasar. Le encantaba cuando un tio se ponía perraco cuando le estaban chupando el pijote y empezaba a follarse la boquita, a agarrar fuerte del pelo, atrayendo y alejando la cabeza del mamón hacia él, haciéndole tragar. Era un acto de sumisión que Oliver estaba dispuesto a pagar por estar con ese chico que tanto le gustaba.

Oliver no estaba acostumbrado a que le devolvieran los favores, por eso se sorprendió al ver cómo Trevor le sentaba encima del palé y le comía el rabo. Hasta ese momento Oliver no fue consciente de que él también estaba muy bien dotado, de que la tenía bien larga y gorda. Lo supo al ver a Trevor abrir la boca y comérsela, sus ojazos azules mirándole desde abajo.

Un dulce momento que supo apreciar, pero al final todos querían la parte de su cuerpo que más les flipaba, su culazo redondito, blanco y suave. Era un blanco fácil para cualquier tio. Precioso, con una hendidura profunda y con un agujero que hacía perder el sentido. Apretadito y acogedor, cada chico se lo comía a su manera, pero todos se lo comían genial, haciéndole gemir de gusto.

La lengua de Trevor forzando su entrada, sus labios y morros restregándose por el interior de la raja, su aliento agitado entrando por el agujero. Trevor se puso de pie y frotó su polla dura y caliente hundiéndola en la raja, luego la enfiló hacia el agujero y se la clavó sin condón. Al sentir tremendo pollón jodiéndole por dentro, a Oliver se le puso la piel del culito de gallina. Un gusto indescriptible recorrió todo su cuerpo.

Qué firme la tenía y qué bien sabía moverse dentro de él. Al girar la cabeza le pilló lanzando un gapo certero sobre la polla. Estaba clarísimo que tenía muchas tablas follando. En cuanto se acostumbró al apretón del ojete, el tio se lo folló arreándole unos buenos pollazos, dándole por culo sin descanso hasta que la luz del sol comenzó a extinguirse poco a poco por el horizonte. Pero todavía quedaba tarde y ese culito relucía resplandeciente, suave y precioso bajo el sol, bien follado.

Oliver se dio la vuelta tumbándose sobre le palé y se abrió de piernas. No quería que esa primera vez con Trevor concluyera con un desafío por la retaguardia. Quería ver su cara de chulazo, sentir su mirada penetrándole, su cuerpazo atlético dándolo todo. Fue tremendo verle follar, tanto que Oliver se estaba arreando una paja y tuvo que parar para no correrse al momento. Cuando Trevor se inclinó sobre él juró que se había enamorado.

Qué ojos tan bonitos, qué para tan guapa. Algo hizo click en la cabecita de Oliver que le llevó a correrse encima como una fuente, desperdigando toda su estirpe por encima de su cuerpo. Al ver la rabia con la que Trevor se la metía, su cara cada vez más roja y excitada, Oliver pensó que le iba a meter una preñada. Ningún chico se había corrido nunca dentro de él.

Le hubiera dejado aún si no se lo hubiera pedido, pero Trevor sacó la polla y le soltó el semen en el agujero del culo. Al final fue casi como si le preñara, puesto que acto seguido, después de soltar el grueso de la corrida, le enfundó el arma de nuevo por el ojete y terminó de descargar dentro.

Al volver con los demás, Oliver se dio cuenta de que algo había cambiado dentro de él, de que ya no era un niño. La vida pareció cobrar un cariz diferente. Donde antes había diversión limpiando coches por puro entretenimiento, ahora conllevaba un sacrificio y dinero como recompensa. Donde antes había un hombre pagándole por la ventanilla por sus servicios, ahora veía además una mirada lujuriosa posándose en su trasero, deseándolo. Los chicos habían dejado de ser de repente simples amigos para ser pretendientes en potencia, todos y cada uno de ellos. Oliver estaba creciendo y supo al instante que ese iba a ser el verano que cambiaría su vida para siempre, un verano sin fin.

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