Especial San Valentín: Jack Vidra pide a Max Konnor que le meta un último pollazo | MEN

Tragando palomitas como un puto cerdo, sentado de cualquier forma en el sofá de la habitación de hotel de lujo en el que se había gastado una pasta, con el pijama puesto desde hace varios días, llorando como una nenaza con cualquier escena romántica de cuzalquier película de tres al cuarto. Jack Vidra se empezó a dar cuenta de que el amor no es como lo pintan.

Adiós mariposas en el estómago, adiós paseos por la playa descalzos bajo el romántico telón del atardecer dibujado sobre le horizonte, adiós veladas de cena alrededor de una mesa con dos velas. Su ruptura con Max Konnor, demasiado ocupado con el trabajo, sin tiempo para mantener una relación sentimental estable, lo había dejado así, hecho polvo, sintiendo nauseas irreprimibles en su estómago, sintiendo que la tormenta se cernía sobre su cabeza y con la camiseta del pijama llena de palomitas. Esa era la imagen real de su amor y no la que él soñaba.

Iba a ser difícil superar a su negrazo, tan machote y con una polla tan gigantesca como la suya que le diera tanto amor, pero cuando uno está casi enterrado en el fango, siempre aparece alguien para echarte una mano y por suerte Jack tuvo una mano amiga que le prometió una noche loca de pasión para olvidar su mal de amores. “Date una ducha, quédate con la bata puesta al salir y espera“, fueron sus consejos.

Apagó la tele, terminó de tragar la última palomita, se frotó la camiseta hasta quitarse todas las migajas de encima y se dirigió al baño. Nada como una buena ducha, una lluvia para que se llevara todas las penas. Agradeció cara chorro como si fuera agua bendita y no sin cierto recelo, siguió los consejos de su amigo, que prometió llevarle al mejor chico de compañía que había visto en mucho tiempo.

Sonó la puerta y con desgana le invitó a pasar. Había dejado el candado abierto. Ni siquiera se paró a mirarlo de frente. Le dijo que se pudiera cómodo en la habitación, salió del cuarto de baño y se encontró con que quizá cupido les hubiera tocado con una de esas putas flechas que llevaba el muy cabrón a la espalda, porque el escort era su novio Max. Y entonces volvieron las mariposas en el estómago, los paseos por la playa, los atardeceres, pero Jack tenía que hacerse el duro y seguir con la tormenta sobre su cabeza.

Duró poco antes de volver a salir el sol, todo hay que decirlo. Jack se lanzó de nuevo a sus brazos y fue bien recibido. Se puso de rodillas e hizo lo que más le gustaba. Tiró de los pantalones de Max con fuerza hacia abajo. Allí estaba algo que echaba tanto de menos como sus besos. Un pollón enorme, largo como una barra de pan. Tiraba y tiraba de la goma y aquella polla parecía no tener fin d elo larga que era, hasta que terminó saliendo y rebotando delante de su jeta, gigantesca, portentosa, llena de vigor, como la de un semental preparado para inseminar a una hembra.

Se la agarró con la mano con fuerza y juraría que jamás había tenido tanta hambre en su puta vida, porque ya desde el primer trago casi se la metió hasta las pelotas. Ese pollón tan grande merecía más diversión y caña que la que él podía ofrecerle con la mano y la boca. Se tumbó en la cama, se recogió sobre sus piernas elevando el culete y se lo regaló a su macho, para que se lo volviese a desvirgar igual que ya hizo la primera vez hace mucho tiempo.

Dos manazas grandes y negras le cogieron por los cachetes del culo y entre medias la cabeza de Max se iba acercando con la lengua preparada para penetrarle el ojete. Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Jack. Había pasado mucho tiempo sin sentir algo que penetrara su preciado trasero. Por si acaso hubiera perdido la memoria, Max le ayudó a recordar metiéndole la gigantesca polla por el culo, taladrándole de arriba a abajo, machacándole el culazo blanquito por detrás. Un pollón que se le metía hasta más allá de los pensamientos. Al final iba a resultar que el amor existía y que el puñetero cupido era un ser de más cabroncete que te puedas echar a la cara.

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