Carlos Leao cubre el ojete de Alejandro Rubio con su gigantesca polla y sus grandes huevos | Fucker Mate

Al principio de la relación de convivencia como compañeros de piso, Alejandro Rubio no podía creer la suerte que había tenido de curzarse con Carlos Leao. Siempre sexualmente activo, el cabrón no paraba de llevar cada noche a su cama a un chico diferente, a veces más de uno y Alex se quedaba mirando por la rendija de la puerta de la habitación haciéndose una paja, observando cómo les daba por culo y les hacía comer rabo.

Aunque a Alex le dio palo que Carlos le pillase un día de mirón, eso hizo que la relación entre los dos fluyese hacia tiempos mejores y desde ese día él tuvo acceso preferente a su rabo antes que ningún otro chico. Desayunando, viendo la tele, daba igual el momento, en cuanto los dos estaban libres, juntar rabo y culo se había convertido casi como en una necesidad primaria.

Todo era muy directo y no se andaban con tonterías porque los dos sabían lo que andaban buscando. Se iban a la habitación medio en pelotas y Carlos conducía la mano de Alex hacia el lugar que más le gustaba, su paquete. De lo larga que tenía la picha, a Carlos se le salía por encima de la goma y se la tenía que guardar como podía, porque para cuando Alex se agachase, quería tenerla preparada para lo que se venía.

Y es que a Alex le encantaba destapar su regalo. Era como descubrir el aroma al abrir un libro nuevo. Esnifar el olor a rabo era una delicia que se convertía en un puto vicio y ver cómo se meneaba libre al viento al bajar los calzones, mucho más. Entonces el apetito se incrementaba y Alex se veía en la necesidad de comerse toda esa polla por muy grande que fuera.

Grande era una palabra muy pequeña para el tamaño de ese pollón. Gigante se acercaba más a la descripción adecuada y si Alex quería chuparla entera, tenía que aprovechar ahora que estaba morcillona, porque aunque se consideraba todo un tragón de pro, había algunas pollas tan grandes que ni un superhéroe podría tragarse hasta las pelotas.

Lo que más le molaba de esa polla morena, además de que era larga y gorda incluso desde su estado flácido, era su textura. Como comerse un trozo de pastel de chocolate y pringarse los morros como un cerdo. A medida que se la iba mamando, iba creciendo y poniéndose más dura dentro de su boca. Cada vez le costaba más ponerse los huevos en la barbilla, pero lo seguía intentando, algo a lo que ayudaba que la piel de ese enorme rabo estuviera lubricada de forma natural.

Carlos se pajeaba y gemía mientras él le comía los huevos. Se aplicaba para succionárselos. Notaba el tacto rugoso pero resbaladizo de la bolsa de sus pelotas en sus labios. Le encantaba hacerlos bailar. Primero cogía uno y lo estiraba con la boca. Lo dejaba rebotar devolviéndolo a su posición original entre las piernas y cogía le otro para hacer lo mismo.

Mientras lo tenía dentro de su boca, apenas se daba cuenta del tamaño de rabo que se estaba comiendo, pero cuando se lo sacaba y lo debaja caer sobre el cuerpo de su dueño, entonces ese pollón adquiría unas dimensiones extraordinarias, casi la medida de medio torso de ese macho, cayendo hacia un lado sobresaliendo por su cadera y gorda para partir culos.

Culos como el suyo, que después de tanto mamar un rabo tan suculentamente atractivo, estaban más que preparados para recibirla por detrás. Alejandro se puso de rodillas mirando hacia el respaldo del sofá. Carlos estaba detrás de él, cobijando los cachetes del culo entre sus fuertes piernas. Sintió el pinchazo que le llevó a los cielos. De repente un objeto no identificado le abdujo y le llevó a otro universo paralelo.

Cada centímetro de esa gorda y enorme polla se introdujeron resbalando por su raja en el interior de su agujero y al final unas pelotas rebosantes de alienígenas taponaron la entrada. Sentía que su cuerpo ya no era suyo, sino propiedad de otro hombre. Por su espalda resbalaban los músculos de ese otro cuerpo caliente que se abandonaba al placer de follarle.

No había dolor, porque la polla era tremendamente suave, sólo había placer. Alejandro recobró el sentido y le dio por mirar hacia atrás. No cabía dentro de su cabeza cómo un pollón tan gigante podía entrar dentro de su estrecho agujero, pero estaba entrando, que era lo realmente importante. Podría tirarse así horas y horas, con esa picha desplazando sus cachetes para sumergirse en su interior, sintiendo el impacto de esos maravillosos cojones a cada empotrada.

Se sentó sobre sus piernas y le masturbó un rato la polla con el culo. La tenía tan larga que le hizo el avioncito sin sacársela, saltando de nuevo sobre ese churrazo grande y moreno. Tras darle ese merecido descanso, Carlos volvió al ataque. Puso a Alex con la espalda sobre el reposabrazos del sofá, le cogió de las piernas abriéndole bien el culo y sin usar las manos, con un simple bandazo de su polla, el cipote encontró el camino hacia su agujero otra vez para darle por culo.

Ese rabaco cubría todas sus necesidades y sus pelotas eran enormes, comparables al tamaño de una de las posaderas de su culazo. Volvió a ponerse de rodillas en el sofá, con los pies pegaditos al trasero y ahora, además de la embestida, podía sentir el roce de los cojones colgantes en sus talones. Alex se tumbó boca arriba y se arreó un pajote mientras aún le estaba dando por detrás, dejándose el cuerpo cubierto de rica leche.

Carlos redujo el ritmo de la follada y se detuvo a mirar cómo se corría su chaval. Dejó que se recuperase, le sacó la polla del culo, se puso en pie e hizo que Alex se agachase de nuevo a comerle los huevos mientras él se hacía una paja. Con su gran mano se la zumbó de lo lindo desde la base hasta el cabezón y tras cuatro decenas de descapulladas, la leche le salió volando del cipote, cogió por detrás de la cabeza al chaval, se corrió en su cara y se la sacudió como si acabase de echar una meada, salpicando lefa.

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