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Mi novio y yo nos follamos a su padre Rodrigo sin condones en el trastero del garaje y hacemos que se corra a lefazos | Latin Leche

Desde que dejamos meterse un día a Rodrigo, el padre de mi novio, en nuestras relaciones sexuales, ahora incluso las disfrutamos más que antes. Me encanta darle de comer rabo a mi noviete mientras su papi le castiga a pollazos por detrás. Me le quedo mirando fijamente, deseándole, porque el cabrón está buenísimo. Risueño, atractivo, pelito corto moreno, barba y bigote y un rabaco descomunal que me recuerda tanto al de mi novio.

Es como tener dos rabos gemelos, aunque por uno han desfilado multitud de tetas, bocas, chochitos y a saber cuántos ojetes de varones. Aunque es un daddy jovencito de apenas treinta y tres tacos, se ve que ha tenido tanta vida sexual intensa follando coños, que ya se ha cansado de ellos y ahora va en busca de rabos y culitos prietos de chavalines como ellos dos.

Pero a pesar de su dilatada experiencia como follador, hay algo que todavía no ha experimentado, algo que el cámara me ha prometido que sería una sorpresa muy especial reservada expresamente para mí. Rodrigo ya había cerdeado todo lo que había querido y más con ellos dos y ahora era el turno de convertir al papi de mi novio en un cerdete, ahora iba a ser mi turno para follarme su culo de macho.

En relaciones normales es el padre el que dice al hijo lo que tiene que hacer, pero desnudos en casa, despojados de ropa y de parentescos durante el rato que estábamos pasándolo bien, no existían ni padres ni hijos, sólo hombres dispuestos a divertirse. Rodrigo le estaba comiendo el rabo a su hijo, poniéndosela bien dura. A mí se me empezaba a levantar sabiendo que en breve mi polla estaría dentro del culo de ese hombre, que sería el primero en sus treinta tacos en penetrar su interior.

No paraba de masajear ese culazo tan masculino, intentando encontrar la forma de dar por el culo a un tio que tenía que tener el esfínter más cerrado que el ojo de una aguja, por el que no cabría ni el pelo de una gamba. Desvirgué al padre de mi novio con derecho a roce en el trastero del garaje. Apenas podíamos ni ponernos de pie porque nuestras cabezas daban contra el techo.

Rodrigo se puso contra la pared, levantó una pierna y yo metí mi polla tiesa entre sus nalgas completamente a pelo. Entró muy pero que muy ajustada y a punto estuve de correrme pensando que yo era el primero. Era extraño follarse al padre de tu pibe mientras este estaba mirando cómo me lo zumbaba, así que comprendí perfectamente que el padre sintiera eso mismo al ver a otro chico follarse a su hijo.

Él tan varonil, con ese cuerpazo de macho peludete, sacándome media cabeza y yo detrás, apenas con pelos en las piernas y los sobacos, más jovencito y con los musculazos que se me estaban marcando con la edad y el gym. El hijo animando al padre a culear y yo beneficiándome metiendo la zambomba dentro de ese culo sagrado.

Me volví loquito entre el padre y el hijo. Tenía ganas de sacarme la leche de los huevos. Había tenido pocas relaciones antes de conocer a mi pibe, pero aquello era lo más cercano a meterse en una relación de pareja consentida. Rodrigo estiró el brazo hacia atrás y me cogió de la cadera animándome a darle más duro. Pasó esa misma manaza por mis curtidos abdominales y estábamos tan calientes que le besé.

La situación se estaba desmadrando y yo estaba tan caliente, a punto de reventar la polla, que el cámara propuso a Rodri Jr. follarse a su papi. El padre le preguntó si quería, él dijo que sí. No había más que hablar. Cuando se decidieron, saqué mi rabo del culo y cedí el testigo a mi novio. Como si de pequeño no hubiera dado suficiente por culo a su padre, ahora lo volvía a hacer, pero literalmente y sin condón. Era una puta pasada. Besé a mi novio. Sentí en mi boca el calor de su aliento, de sus gemidos. Sabía lo que estaba sintiendo, porque minutos antes yo había acaparado ese culo, pero lo suyo era mucho más íntimo y apenas podía ni imagir lo que sentía.

Dejé un rato de intimidad a padre e hijo cuando dejaron de follar. Se quedaron morreándose con mucho vicio, pajeándose mutuamente los rabos. Era hora de terminar la cerdada que habíamos empezado. Hicimos sentarse a Rodrigo sobre una mesa vieja y sucia de madera. Le metimos los dedos por el culo mientras él se masturbaba y los dos asistimos a una magistral lluvia de lefa, con los chorrazos de semen saliendo de su polla a gran altura, cayendo sobre los pelos negros de su torso y mojando todo lo que pillaban a medida que se corría moviendo el rabo, soltando manguerazos. Rodrigo acabó con la mirada perdida, corrido, mirando a sus dos chavales, embriagado de gusto.

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