
Cesar Paulino se deja follar a pelo por Franklin Acevedo y le come hasta la última gota de lefa del cipote | Fucker Mate
Cuando comenzaba a descubrir el mundo del sexo, a menudo cogía las revistas de mi hermana en la que salían tios buenorros. En una de ellas leí un reportaje acerca de cómo las chicas podían descubrir si sus hermanos se estaban haciendo pajas, como por ejemplo si al pasar por la puerta de su habitación, escuchaban gemidos apagados. No comprendí esto hasta que me hice mi primer pajote y entendí que cuando estás de puta madre cascándote la polla, no puedes contener los instintos más primarios como hombre.
Como tampoco podía Franklin Avecedo contenerlos al sentir los morritos de Cesar Paulino recorriendo toda su enorme polla. El cipote rosado adoraba esa boquita de caramelo. Lubricado en saliva, entraba y salía de entre sus labios apretados para acariciar sus mejillas y volver a colarse dentro. Cariño en estado puro, acompañado de un par de manos que se posaban en la barra y apretaban fuerte, arrastrando el pellejo de la polla hacia arriba y hacia abajo en un movimiento acompasado.
Aunque Frank la tenía bien dura y Cesar se manejaba como pez en el agua con ella mamándosela sin manos, su polla era tan larga que la muy puta a veces al salir y resbalar se iba hacia la derecha a posarse contra la cadera. Cuando eso sucedía, Cesar ya estaba al quite para agarrarla con la manita y conducirla por el buen camino.
Al chupársela tumbado en la cama, no pudo apreciar un detalle que le iba a dar mucho placer después y que sí pudo disfrutar cuando Frank se puso de pie: sus grandes cojones colgando. La delicia de chupar un pollón enorme y ver de fondo un par de huevos pesados balancéandose y de vez en cuando rozándote la cara, era de lo más exquisito que uno podía sentir mientras limpiaba un sable.
Eso, meterles un buen agarrón con la mano mientras te atrancas la garganta con el cabezón y que te diesen pollazos en la cara, una regla fundamental cuando tienes delante una buena butifarra. Cesar sabía perfectamente cómo seguir las reglas del manual del buen mamador, era todo un experto.
Si en lugar de estar haciéndome una paja, la situación hubiera sido esta y mi hermana hubiera abierto la puerta de la habitación, una de dos, o se hubiera escandalizado y salido por patas al ver la escena, o se hubiera quedado para hacerse unos dedos. Fuera como fuera, la imagen era digna de correrse allí mismo. Frank de espaldas, las piernas semi abiertas y entre ellas el par de cojones colgando sin medida, sublimes, moviéndose turgentes con la consistencia del flan. La cabeza de Cesar apoyada contra el borde de la cama y la polla larga y gorda entrando por el interior de su boca, penetrándole la garganta.
Cesar hubiera deseado tener una garganta más ancha para abarcar todo aquello y que los cojones le taponasen las narices. Los miraba con ganas y se esforzaba, pero ahí estaban los cabrones, a escasos diez centímetros de distancia. Se resignó y empezó a tragar mientras Frank le follaba la boca y sin querer sintió el roce de las pelotas en su bigote.
Le encantaba meterse entre las piernas de los homnbres y comerles todo el percal como un cerdo. Lo mismo que los hombres deseaban disponer de su apretado culito. Franklin le pegó un repaso con la lengua a la entrada del agujero, decorando los bordes con saliva. Parecía demasiado ajustado cuando colocó la punta de la polla en el ojete, pero fue empujar un poco y entró perfecta a pelo.
La primera tacada fue despacito, dejando que Cesar se acostumbrase a su tamaño. Lo hizo enseguida, porque a los pocos segundos ya estaba el muy perro culeando hacia atrás para meterse más rabo. Que el par de cojones le sobasen los cachetes del culo, no hacía sino incrementar sus ganas de que se la metiese hasta el fondo. Tios así con un buen par de huevos colgando merecían sacarles todo el provecho posible.
Dejar que un macho así te cubriera el culo entre sus muslos y te taladrase o montarle el rabo pajeándoselo bien con el trasero, eran algunas de las otras reglas principales que aplicaban a tios con una buena dotación de rabo, lo sabe cualquier hombre. Cesar siguió esas reglas al pie de la letra sin saltarse ninguna.
Se tumbó boca arriba en la cama, se abrió de piernas y dejó que ese cabrón con gorrita se la metiera hasta el fondo. No hacía falta que le dijera que aquel culazo era sólo para él, ya lo había entendido y lo estaba agujereando como un animal. Cesar aprovechó que el pollón se impulsaba hacia su interior para cascarse una paja.
Frank le dejó correrse pero se la sacó enseguida del culo y fue corriendo a masturbarse frente a su cara. Del gordo pollón salió leche espesita y blanca para hacer un buen postre. Un primer lefazo a la barbilla, otro colándose por la boca. El gusto de la corrida hizo que por un momento se alejase de la boca de Cesar con la lefa resbalando calentita entre sus dedos. Cesar lo persiguió con la lengua y disfrutó dle festión de los últimos mecos brotando de la raja del cipotón. Era la otra regla a aplicar con tios dotados: cómetelo todo y no dejes nada.
ENJOY NOW FRANKLIN ACEVEDO AND CESAR PAULINO AT FUCKERMATE.COM
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