John Brachalli deja entrar a pelo a Alexandro Cabrera en las profundidades de su garganta y de su prodigioso culazo | Raging Stallion

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Uno sabe perfectamente cuándo está entrando en territorio reservado solo para hombres. Ocurre en los baños, en los vestuarios, en las duchas, en la sauna. Ocurre en la penumbra de las profundidades de una mazmorra llena de celdas tras cuyos barrotes los tios esperan a que llegue un macho que les ponga calientes y les haga lo que está destinado a hacer allí.

En cuanto le ve llegar, John Brachalli sabe que Alexandro Cabrera es el adecuado y sale a su encuentro. El gusto en conocerse es mutuo. La conexión con los ojazos y la guapísima cara de John es inmediata. Notan el calor de sus cuerpos cada vez más juntos, se miran a los ojos, a la boca, deseando probarse los labios, ronrronean frotando sus caras, echándose el aliento, sin llegar a ese contacto.

Sus corazones laten ardientes, el calor se va apoderando de ellos y comienzan a dejarse las prendas por el suelo. John mete mano a Alex por el frontal de los pantalones y lo que toca le dibuja una sonrisa en la cara, le mola. Alex hace lo propio con John, desnudándole por detrás, descubriendo su culazo grande y redondito. Se sacan los pantalones por los pies, frente a frente, badajo con badajo.

Están empalmados y muy bien dotados. John coge el rabo de Alex con una mano, le soba los huevos con la otra y se la empieza a templar. Al momento está de rodillas, la mano de Alex sobre su cogote intentando atraerle hacia su entrepierna. El pollón largo y enorme destaca sobremanera en la entrepierna de ese macho, apuntando firme hacia su cara. Lo posa sobre sus morros raspándolo con su bigote y su barbita y se lo mete dentro de la boca.

Le hace una mamada bien rica. Alex no interviene a las primeras de cambio, todavía tiene que sobreponerse a esa cara tan guapa, a esos ojazos mirándole desde abajo y al apretón de esos labios, pero en cuanto se acostumbra, pone a trabajar a John cogiéndole la cabeza a dos manos, una en su nuca y la otra en la frente. Le folla la boca hasta que en una de esas le trinca como a un pavo metiéndole todo el pollón hasta el asador, hasta el fondo de la garganta, dejándole sin respiración.

Al sacarla, John recupera el aliento y se aparta, con las babas colgando por su barbilla, pero sonriendo. Lo hacen un par de veces más, en cuanto Alex ve que John está cerca de tragarla enterita, le abraza la cabeza y la atrae hacia él con fuerza logrando que culmine. Después de eso, John no quiere otra cosa y acaba con lágrimas en los ojos, la cara roja y un montón de babas en los morros.

A cuatro mirando hacia el respaldo de un asiento sostenido por grandes cadenas, John se entrega a ese hombre brindándole su apetitoso culazo. Alexandro se lubrica un poco más la polla escupiéndose encima, se acerca por detrás de John y se la mete con cuidado hasta que la tiene dentro y empieza a follárselo sin condón. Se aparta obsrvando cómo su gran pene perfora esa majestuosidad, con esas nalgas tan grandes y dedontitas. Se pone cachondo y le mete una buena tunda de pollazos hasta caer rendido sobre John, con su torso sobre la espalda, abrazándole, comiéndole la oreja.

Abierto de piernas, John por fin puede ver de qué pasta está hecha ese tiarrón. Su musculoso cuerpazo dedicado al follaje, brillante por el sudor que empieza aflorar por los poros de su piel bronceada, la decisión dibujada en ese rostro de machote fornicador, su energía viva, su impresionante pollámen, hecho para dar placer a cualquier tio que se le ponga por delante.

El asiento de la mazmorra no es un asiento cualquiera y más que para tumbarse y abrirse de piernas, o ponerse a cuatro, está hecho para que que un hombre tome asiento y otro le cabalgue agarrándose a las asas que hay encima. Eso es lo que hace John, empalarse en el pollón de Alexandro, aferrarse bien a los asideros y saltar sobre su verga de lado, dándole un buen masaje con el culo.

Las bondades de tener encima a John son muchas y Alex no puede reprimir las ganas, así que toma el control tirando de fuerza de caderas y abdómen para encularle desde abajo. Se tumban de lado en el asiento y hacen la cucharita. Alex se convierte en una taladradora humana, dedicado a dar placer a ese culazo, manteniendo a John bien abierto de piernas, empujándoselas con sus muslos.

Incapaz de controlarse más, John se la está tocando y sucumbe a la paja, dejándose toda la leche encima del muslo izquierdo. Alex sale de su interior y se la empieza a pelar duro, a punto de correrse en la raja de ese pandero, cuando John empieza a jadear, pidiéndose que se la dé en la carita. Quién es él para decir que no. Se pone de pie y se masturba apuntando hacia esa carita tan guapa. John le espera con la boca abierta y la lengua por fuera.

El primer lechote sale fino, rebotando sobre su lengua, introduciéndose por su boca. Los espasmos de gusto y los manotazos hacen que la cague saliéndose de la línea. Nunca se le dio bien dibujar bajo presión. El resultado es un tio guapo con una dedicatoria de amor en los morros, los mecos retozando por los pelazos de su barbita y su bigote. John se la sigue limpiando, es más, coge con la mano parte de su propia paja y embadurna con ella el gigantesco pollón de Alex para conducirlo de nuevo a su boca y disfrutar de la mezcla de dos leches, contagiando a Alex con su apetito, que acaba por levantarle y pegarle un morreo, con la lefa disfrutona entre sus bocas y John traspasando a Alex un buen lefote de barbilla a barbilla.

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