John Brachalli se deja llevar con el jovencito guaperas y dotado Grant Ducati, follándose a pelo su culazo blanco y redondete | Falcon Studios X Men At Play

To The Nines

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Siempre preparado para la ocación, esa era la premisa de John Brachalli. Vestirse frente al espejo era uno de sus momentos preferidos de la mañana. No iba a negarse a sí mismo un poco de narcisismo, con esa cara guapa y atractiva que tenía, esos ojazos y su excitante torso varonil. Bajo ese traje con corbata, se ocultaba toda una fiera en la cama que ya llevaba, por si acaso, el arnés de cuerpo puesto y encajado sobre sus pectorales.

De entre todos los magnates inmobiliarios de The Nines, quizá él era el que más vías de escape necesitaba. La ciudad se estaba empezando a llenar de tiburones que le comían el negocio, pero Paddy siempre estaba dispuesto a hacer que su día a día fuera más reconfortante. Una llamada de teléfono y una dirección. Allí, en uno de los pisos todavía en venta, le esperaría el jovencito Grant Ducati para acabar con todo el estrés que tuviera.

Paddy siempre acertaba con sus gustos. El cabrón tenía un ojo impresionante para los tios. Nada más entrar y ver la carita de Grant, tan bonita y sonriente, tan tierna, esos ojazos claros de cachorrito indefenso, como si no hubiera roto nunca un plato, era justo lo que John necesitaba, alguien que le despertara el rabo de su letargo, que le hiciera desear follárselo hasta el siguiente amanecer. Y los chavales así de guaperas y modositos eran sus preferidos.

Jugó con él un poco a ver hasta dónde podía llegar cuando estuvieran en faena. Le ató la corbata al cuello y lo puso a cuatro en la cama como un perrete. El chaval no dudo en poner culo y eso le encantó, esa entrega. Se lo azotó y parecía disfrutarlo. Lo que encendió la llama fue que John se destapara la camisa cual Superman. Los jovencitos como ese no podían resistirse a los encantos de un santo varón con semejante torso, pectorales y velludo. Se volvían locos ante alguien tan diferente a ellos. Gran se lanzó a sus labios.

Dominando la situación y sabiendo que no había ido allí a por un rollito ni a enamorarse como si estuviera en los asientos de atrás de un cine cualquiera, John lanzó al chaval en la cama y volvió a ponerlo a cuatro. Le desgarró el pantalón por detrás por la parte del trasero y descubrió su impresionante culito de apariencia virginal, de esos redonditos, suaves, blancos e inmaculados, con una rajita lo suficientemente profunda como para fantasear y un ojete rosáceo.

Exploró ese hueco primero con la corbata metiéndole la puntita. Grant emitió un gemido de dolor. Estaba cerradísimo, así que iba a tener que emplearse a fondo, porque cuando le metiera la pedazo de polla que tenía para él, si no estaba preparado, lo iba a flipar. Le metió la lengua, le raspó con la barba y el bigote, le lubricó con bien de saliva.

Seguía estabndo complicado ese agujero, pero quizá se abriera un poco más si le enseñaba la polla. Le dejó darse la vuelta sobre la cama y se la mostró. Larguísima, bien gruesa. John sintió que algo de precum le bañaba la raja del cipote cuando vio esa manita pajeando su pene, esos labios bonitos desnudando su capullo una y otra vez. Desde el principio se le llenaron los huevos de esperma. El chico se la estaba chupando como si fuera un puto inexperto, pero en realidad era una putita de armas tomar, lo presentía.

No lo presentía, lo sabía, lo supo cuando se la estaba chupando y el cabroncete le lanzó una sonrisa pícara desde abajo, mirándole a los ojos, relamiendo su polla. Menudo granuja. John se tumbó en la cama y dejó que Grant lo hiciera a su voluntad. Él decidía el siguiente paso. Sin quitarse la ropa, aprovechando que tenía la parte de atrás desgarrada, dio la espalda a John, se sentó sobre sus piernas, agarró la polla y se la hundió dentro del culo, sin condón, al completo, hasta sentir en sus nalgas la bolsa de los huevazos de su nuevo macho.

La hostia puta, cómo subía y bajaba el pandero tragando rabo y qué apretadísimo estaba. El gustazo fue tremendo. John escuchó cómo el chaval se desgarraba aún más los pantalones para sacarse la cola. Y menuda cola resultó tener. Incrédulo, John miró por encima de la pierna. Ya tendría tiempo de definir tamaños, pero juraría que el pequeño cabrón la tenía incluso más grande y gruesa que la suya y también con un par de cojones colgando, de esos estaba seguro porque los estaba sintiendo chocando con los suyos cada vez que Grant se la clavaba entera al sentarse sobre sus muslos.

No esperaba que tuviera esa pollaza. Cuando el chaval se la dejó suelta y la vio ahí brincando, fue consciente de su enorme tamaño, descomunal. De repente John sintió una atracción irresistible que le llevó a comer la boca a Grant. Lo necesitaba. Miró de arriba a abajo al chico. Esa carita mona con una sonrisa provocadora, sus ojazos claros, sus mejillas sonrojadas por el rubor y ese pollón ahí dando latigazos de un lado a otro, de arriba a abajo. John también sonrió, de puto vicio. Salta, salta, pequeño cabrón, que siga viendo esa pollaza brincando entre tus piernas.

Fue divertido hasta que se convirtió en un gran problema, cuando Grant decidió hacer lo mismo pero frente a frente, mirando hacia John. Sentir el golpeteo y el roce del rabo y las pelotas en el vientre no fue tarea fácil de sobrellevar para poner freno al chorro que estaban deseando soltar sus cojones llenos. Con una palmadita en el culete, le hizo ponerse a cuatro una vez más. John se puso de pie y hundió su polla a pelo en ese tremendo culazo.

Qué linda quedaba su polla dura, larga y bien gorda penetrando ese culo blanquito y achuchable. Desde que le había metido la lengua hacía unos minutos, anda que no se había dilatado ese ojete. Ahora, cada vez que le sacaba la polla, latía deseando más, mostrando su fondo oscuro e infinito. Le dio por culo, luego le abrió de piernas y se lo zumbó en la cama.

Se lo gozó de lo lindo. Le encantaba ese chaval y lo que ofrecía. Grant se agarró la polla dispuesto a tirarse una paja. En un renuncio, cuando se la dejó suelta, John se la cogió y le hizo el trabajo. Pues sí, iba a ser que la tenía más larga y gruesa y tocar una más grande que la tuya siempre era excitante, sobre todo si no lo esperabas. El chico volvió a tomar el control de su pene y, sin dejar de sonreir, se disparó encima, soltándose un buen par de lefazos que viajaron lejos, uno directo a la camisa y el otro a su muslo.

John apuró hasta el último segundo templando ese culazo y cuando la sacó ya se estaba corriendo, descargando su leche sobre la mano y las pelotas del chaval. Aquel era un piso en venta, poco amueblado y por supuesto sin papel higiénico. John tiró de la corbata de Grant para limpiarse la polla antes de guardársela en los pantalones y se la metió con toda la corrida encima en el bolsillo de la chaqueta. Toma, como recuerdo. John también se acordó de Paddy y de The Nines. Si había más chicos como ese en la ciudad, quería conocerlos.

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