Qué hijo de puta. Todavía y después de vérsela así tantas veces, Hazel Hoffman no podía comprender cómo podía caber una polla tan grande en un cuerpo bajito como el de Drake Von. Sin duda había chicos que suplían la falta de altura en vertical con la longitud en horizontal. Joder, es que los ojos se iban solos a esa tranca gigante y gruesa apuntando hacia el techo, toda tiesa y dura, en ese cuerpecito bronceado, musculado y con esa carita de niñato que estaba para comérselo y no parar.
Siempre preparado, cada vez más cerca, consiguiendo que ni el cansancio más extremo lograra eclipsar las ganas de follar del otro tio. Siempre decía que una y no más, que esa sería la última vez, pero al final siempre acaba rendido a sus encantos. Vaya perraco, cuando se paseaba la mano por el rabo, todo excitado, persiguiendo convencer a Hazel para que se la tocara un rato.
No fallaba, un besito en la boca y ya lo tenía en la palma de su mano, luego le bastaba con acercar la polla a la boca y Hazel se derretía de gusto chupándosela. El cipote, media polla, un trocito más, relamiendo el trondo de arriba a abajo, haciéndole ojitos y paseando la lengua por un lado del pollón. Después totalmente quieto mientras Drake le follaba la boquita, intentando perforarle la garganta.
También Hazel tenía un peso pesado entre las piernas. Una longaniza bien larga y gorda que caía por su propio peso, acompañada de un buen par de cojones. Todo eso embutido en unos bonitos calzones ajustados que le hacían marcar un buen paquete. Se le estaba poniendo morcillona. Drake le animó a quitarse los gayumbos. Los dos se quedaron de rodillas sobre la cama, pajeándose mutuamente.
Era ese, el momento decisivo en el que dos tios sorteaban sin palabras el futuro de una buena velada. A Hazel le flaqueraon las fuerzas. La voluminosidad de la pollaca de Drake le volvía loco, así que acabó inclinándose una vez más para comerle la verga. Drake se le echó por encima de la espalda buscando su lujurioso culito blanco y lo encontró apetecible y abierto. Blanquito, achuchable, con un agujerito rosáceo.
Drake se lo abrió y lo cerró unas cuantas veces, sintiendo el apetito. Escupió encima. Su saliva rodeó el agujero del ano y resbaló por las pelotas. Hazel se había pasado el pene por debajo de ellas, ahora más durito, apoyado y forzado contra el colchón. Drake se lo cogió y le metió una calada. Qué ricas las vistas del tres en uno, la polla, los huevetes y el culazo, todo a tiro para su boca y su lengua juguetona.
Lo disfrutó antes de ponerlo a cuatro, situarse detrás de él de rodillas y hacerle sentir el calor y la dureza de su polla sobre la raja del culo. Le rozó el ojete con el cipote, vio que se abría para él y entró. Duro, ajustado, sin condón. Al sentir esa enorme polla perforando su ano, Hazel gimió como un puto cabrón, de gozo. Drake se fue acomodando y se subió encima de él eculándolo desde arriba, protegiendo ese culito que era suyo y de nadie más.
Ahí, muslos con muslos, pegaditos, echándose un baile, haciéndolo suyo, penetrándolo hasta el fondo, posándole los huevos en el ojete. Menudo falo tenía el benjamín. Drake se tumbó bocarriba en la cama y Hazel se enfundó esa polla por el culo cabalgándola de forma muy sensual, moviendo sus caderas para hacer que entrara enterita. La quería sentir dentro muy adentro.
Se echó sobre Drake. Quería sentir su aliento, mirarle de cerca a los ojos mientras le meneaba la polla con el culo y lo llevaba al límite. El rabo y los cojones de Hazel entre los dos cuerpos, aplastaditos, frotándose bien. La idea de dar por culo no se le iba de la cabeza a Drake, que acabó llevándose a Hazel hasta la cómoda junto a la pared, follándoselo por la retaguardia.
Así era como más le gustaba, teniendo el control. Pero Hazel lo llevó por el mal camino, volvió a sentarlo en la cama y a montarlo, esta vez dándole el costado, dejando que Drake viera cómo se contoneaba su largo rabo de lado a lado, golpeándole los muslos a cada salto, hueveándoselos. Joder, vaya pedazo de minga, una puta butifarra larga como ella sola y bien pesada.
Pajote y soltar, pajote y soltar. La mano de Hazel iba a su miembro, se lo masturbaba y lo volvía a soltar. Acabó dándole vida. Un último manotazo, la soltó de nuevo y la leche escapó de su enorme rabo regándolos a los dos, como un puto aspersor. Drake sonrió al sentir cómo la leche les salpicaba. Se puso de pie, tiró a matar y Hazel ya lo estaba esperando de rodillas y con la boca abierta. Le dejó su leche en toda la carita, despegándose por la barbilla. Drake s ela recogió con los dedos, la probó y luego acercó esos mismos dedos a Hazel para que la degustara. Un último besito con los labios pringados. Siempre decían que esa sería la última vez.









