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Lucio Saints se folla sin condón al musculoso Heracles y le riega la cara con un facial | Kristen Bjorn

A Matter of Trust

Desde que lo había dejado con su chica, Heracles estaba en baja forma, si es que se podía decir algo así de un tiarrón atractivo, guaperas y cachas como él. Por suerte tenía a su entrenador Lucio Saints que, aparte de sacarle lo mejor, siempre le daba ánimos. Le dio un último consejo antes de darle aceite por todo el cuerpo y prepararle para el entrenamiento: olvídate ahora de las chicas, esto es una cosa de hombres.

Aunque Heracles era un tio hiper musculado, con un cuerpazo duro como una roca construído a base de puro músculo, su corazoncito no era de piedra. A falta de amor, el roce de las manos grasientas de Lucio rozando su cuerpo hicieron que el chaval se pusiera contentillo y el bulto debajo de sus ajustadísimos calzones empezó a crecer.

A su entrenador, que en ese momento estaba agachado frotando sus muslos, le vio el tremendo paquete y le entró un calor que se tuvo que quedar desnudo de cintura para arriba. Lucio también se había puesto cachondón y al levantarse no pudo esconder lo que le colgaba entre las piernas. En ese momento la mano de Heracles agarró su paquete y le dijo que si él tuviera unos atributos así de grandes no sabría dónde meterlos al competir. Lucio no supo si interpretar eso como una invitación para hacer algo más, pero se olvidó de esa idea e hizo concentrarse a Heracles en lo más importante. Eso sí, Lucio se quedó con el nabo morcillón, se quitó los pantalones grises de algodón que llevaba puestos y se quedó en gayumbos. Blancos, marcándoselo todo.

Dio la vuelta a Heracles luciendo su espalda y su culo. Menudo culazo. Musculoso, redondo, impactante. El chaval debió sentir cómo Lucio le deseaba, porque al girarse ya no le cabía nada más en esos ajustaditos calzoncillos. Tenía el rabo completamente duro formando una curva hacia su cadera siguiendo la fina goma. Tiró hacia abajo y se la sacó buscando reconocimiento, intentando encontrar respuestas al por qué su chica le había dejado.

Salió rebotando, durita, larga, firme. Lucio soltó un bufido. Sabía reconocer dónde había una buena polla y estaba dispuesto a dejarle claro que si le habían dejado no había sido por el tamaño de su verga. Lucio se sacó la suya, mucho más larga y grande, mucho más gorda, morenota, colgando hacia abajo completamente morcillona. No era momento de comparar las chorras porque de todas formas habría salido ganando. Empujó a Heracles sobre la cama, lo tumbó, elevó sus piernas y le dio placer donde seguramente nadie le había dado placer antes. Comenzó a comerle el culo.

El placer de una carita descompuesta de felicidad y vicio, ojos en blanco, al sentir que por primera vez te comen el ojete. Lucio se lo trabajó a base de lametones y escupitajos y se lo hizo tan bien que el agujero del chaval palpitaba cada vez que no tenía su lengua. Al subirse a la cama, Lucio ya tenía el pollón durísimo y le había crecido el doble. Con un par, empujó las caderas hacia adelante y puso a comer rabo a Heracles.

El tio le cogió gusto enseguida a eso de chupar polla. Al principio parecía un inexperto, boqueando, comiéndosela como un pez a que acabaran de sacar del agua, pero tardó cero coma en mamar la pirula como un pro, llenándose los mofletes, disfrutando del tamaño del pollón, de su cipote, de su piel gruesa y blandita cobijándose por todos los recovecos de su boca, posando una mano en la base de la polla y haciéndole una paja de tornillo a la vez que él se masturbaba la suya.

El cabrón la succionaba de lujo con esa boquita y dejaba los ojos en blanco al notar cómo el cipote le llegaba hasta el fondo. Guapo y con los morritos sucios llenos de babas de tanto chupar, estaba de vicio. Cuando Lucio le puso a cuatro patas sobre la cama, sintió que se iba a follar a un señor tarzán de tomo y lomo. Estaba riquísimo. Sólo le faltaba el taparrabos.

Miró su ojete profundo y misterioso, apenas medio centímetro abierto a la vista por el que colar un pollón de más de seis de diámetro. Incrédulo pero confiando en el poder de su polla, se colocó detrás de Heracles y se la metió por detrás. Entró perfecta, apretadita, de lujo, y lo que antes era incredulidad se convirtió en una mueca de satisfacción y de sorpresa al ver cómo tragaba ese musculitos.

Con cada pollazo, Lucio le hizo mecerse hacia adelante y atrás una y otra vez. Le veía tan grandote, tan fuerte, tan firme, que le reventó el ojal con la polla entera embistiéndole a toda potencia. Lucio se tumbó en la cama, puso firme su rabo en vertical y esperó a que Heracles hiciera una sentadilla clavándosela antes de comenzar a culearle desde abajo. Después fue Heracles el que cogió el ritmo y empezó a saltar sobre la verga, metiéndose la pija entera hasta desplazar los huevos de Lucio con las nalgas.

Bocarriba, le agarró por los tobillos y le separó las piernas para atravesarlo con su gigantesca porra. Metió y miró con vicio ese cuerpazo meciéndose sobre la cama, todo músculo, cachas y atractivo, una buena polla reposando dura sobre sus abdominales de hierro, su escroto rugoso, sus pectorales moviéndose como flanes cada vez que le machacaba el ojal.

En las últimas batidas, Lucio contuvo la leche en los huevos pensando dónde quería correrse. Al final se decantó por su cara. Heracles no opuso resistencia. Abrió la boca, sacó la lengua. Lucio dio un pasito hacia adelante con las rodillas y se pajeó sobre su jeta mientras el chaval le comía las bolas. Heracles se cascó un pajote por ahí abajo dejando brotar la semilla de su estupendo rabo y Lucio continuó la celebración desperdigando su esperma por la cara del chaval y más allá.

Con la cara mojadita de leche, Heracles se metió la polla de Lucio dentro de la boca y empezó a mamarla como si fuera un biberón. A la vez siguió entrenando sus biceps. Con este nuevo entrenamiento, Lucio había conseguido que se olvidara de la novia y que ganara confianza, preparándole para ganar la dura competición.

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