Tim Kruger infla el culazo de Iggy Lopez a pollazos sin condón y le da de comer lefa | Tim Tales

Qué bien sentaba un montadito después de cenar, pero un montadito de culo como el de Iggy Lopez que Tim Kruger se estaba llevando entre pecho y espalda. Le estaba cabalgando, viendo cómo su robusta y ancha polla entraba y salía de su agujero cada vez que saltaba, estaban agarrados por el brazo y Tim dirigía la mirada hacia su larga polla y sus huevos colgando, que no paraban de mecerse hacia arriba y hacia abajo fostiándole la barriga.

Iggy creía que se las conocía todas, pero cuando le metían una buena tranca a pelo por el culo bien que se retorcía de placer y dolor gimiendo y acallando sus gritos contra el colchón. Para Tim su ojete se convirtió en un pozo sin fondo. Tan pronto descubrió que el cabrón dilataba a tope y se tragaba sus veiticinco centímetros de polla dura y ardiente, se la clavó hasta los huevos. Él ya tenía las bolas rojas de tanto azotarle el pandero pero Iggy tenía igual la cara roja como un tomate aguantando las embestidas.

Dejarle bocarriba así como se puso, como si un ladrón hubiera entrado en su casa a robar, con las manos arriba, desnudo, enseñando musculitos y la pija tiesa reposando sobre su vientre, abierto de piernas, no fue la mejor idea, porque lo que más le apeteció hacer a Tim en ese momento era sacársela y meneársela encima de ese cuerpazo.

Aguantó y menos mal que lo hizo, porque de otra forma se habría perdido el mejor momento, tenerlo en volandas con la espalda apoyada contra su torso, penetrando el culito tierno y sabroso mientras Iggy intentaba encontrar en sus muslos un punto de apoyo para sus pies. La polla de Tim no sería un fusil de largo alcance, pero la munición que llevaba en los huevos no defraudaba en tiempos de guerra.

Iggy abrió la boquita como si supiera la forma en la que iba a salir el semen de su enorme polla y entonces el rabo explotó como un volcán en erupción, con la lava de leche rezumando por la raja del cipote, cayendo sobre la lengua de Iggy que se la tragó enterita. Y todavía le quedaron las sobras en la comisura de la boca, un chorrete blanco que entraban ganas de relamer.

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