Master Aaron da de comer rabo y se folla a pelo a su esclavo Pierre Rubberax | My Dirtiest Fantasy

Pierre gets wrecked

Los calcetos, unas zapas deportivas de número grande pisándole el paquete, una sacada de minga delante de su jeta, como si su cara fuera el urinario que ve pasar miles de pollas al día, de todos los tamaños y colores. Pierre Rubberax se sentía el hombre más afortunado del mundo y también el más cerdo, atado a unas tuberías, dejando que su amo Master Aaron le diera cachetazos en las mejillas con la pija antes de metérsela por la boca.

Pierre mantenía los ojos abiertos, degustando la exquisitez de esa polla gorda y larga que para nada estaba limpia, que olía a chorra encerrada en la huevera, con sabor a saladito. La chupaba un poquito y al rato Aaron la retiraba de su boca, dejándole con la miel en los labios, mientras veía cómo se alejaba, dando bandazos la muy puta, a un lado y a otro, demostrando la pedazo tranca que tenía entre las piernas, haciéndole desear rabo más que nunca.

Por suerte no iba a tardar en volver a tenerla enbtre sus labios, apenas unos segundos en que Aaron se liberaba de la poca ropa que llevaba y se quedaba apenas con el arnés de cuero entre el pecho y la espalda y esos calcetos y zapas que a Pierre le ponían tan cachondo.

Si se portaba bien, si chupaba como tenía que hacerlo, corría la suerte de ser liberado unos minutos. Aaron se tumbaba entonces en un colchón sucio, lleno de marcas de sus zapas sucias, doblaba las rodillas y hacía que Pierre se sentara sobre sus piernas para darle por culo sin condón. Ahí sí que Pierre se abandonaba al placer y cerraba los ojos, imaginando esa dote dura y varonil penetrando la cavidad entre sus nalgas, los cojones gordos de Aaron subiendo y bajando entre sus muslos, cargaditos de leche.

A Aaron le gustaba mirar hacia abajo mientras le forjaba el culo a pelo, ver cómo el rabo y las pelotas del chaval sumiso le acariciaban el vientre y retozaban alegres alrededor de su ombligo. Sólo al final, cuando se lo follaba bocarriba, Aaron dejaba que Pierre lo mirara a los ojos. Una mirada penetrante y lasciva, una cara guapísima, que hacía que Pierre quisiera ser una y mil veces más su agujero preferido, su calcetín mojado, el paño de las lágrimas de su polla.

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